Islandia cuenta con una población de cerca de 331 000 habitantes, en su mayoría de origen nórdico e irlandés según los estudios de evidencias literarias, genéticas y de tipos de sangre. Uno de estos estudios indica que la mayoría de los varones que se asentaron originalmente en el país eran de origen nórdico, mientras que la mayoría de las mujeres provenía de Irlanda. La isla principal cuenta con 101,826 km², pero la superficie total del país asciende a 103,000 km², de los cuales el 62,7% es tundra. A su alrededor se cuentan hasta 30 islas menores.
Islandia posee una sociedad desarrollada y tecnológicamente avanzada, predominando la herencia nórdica en su cultura. Es la democracia más antigua del mundo desde que en 930 se fundó un parlamento (Althing) que perdura con diversas modificaciones hasta nuestros días. El Presidente Ólafur Ragnar Grimsson actúa como Jefe de Estado en funciones principalmente ceremoniales y diplomáticas, aunque tiene poder para vetar leyes aprobadas por el Parlamento para someterlas a referendo. El Jefe de Gobierno es la Primera Ministro Jóhanna Sigurðardóttir, quien es responsable con su gabinete del Poder Ejecutivo.
Hasta el siglo XX, los islandeses dependían de la pesca y, en menor medida, de la agricultura, pero hoy día cuentan con una economía industrializada de mercado libre, con impuestos relativamente bajos comparados con otros miembros de la OCDE, de la que es miembro, manteniendo un estado de bienestar que provee asistencia sanitaria universal y educación superior gratuita a sus ciudadanos. En años recientes pareció convertirse en uno de los países más acaudalados, y en 2009 fue clasificado por las Naciones Unidas como el tercer país más desarrollado del mundo.
Esta clasificación se produjo cuando Islandia se precipitaba a la crisis financiera que ha asolado a tantos países industrializados desde 2008. El sistema financiero islandés sufrió también un colapso ese año, causando una fuerte contracción económica y desatando manifestaciones que llevaron a adelantar las elecciones parlamentarias, en las que Jóhanna Sigurðardóttir fue elegida Primer Ministro. Mientras tanto se desarrolló la llamada Revolución Islandesa, que provocó una serie de protestas y movimientos de acción ciudadana hasta que, en conjunto con el nuevo gobierno, provocaron el encausamiento del anterior Primer Ministro, Geir Haarde, quien había gobernado durante lo peor de la crisis.
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