A lo largo del siglo XXI en el relato oficial del chavismo persistió la soberbia y la pretensión de su eternidad en el poder, Hugo Chávez vociferaba que “llegaban para quedarse por 50 y hasta 100 años por ahora y por siempre”, entre tanto Maduro se vanagloriaba de haber ganado bajo la sombra del MVR y el PSUV alrededor de 30 elecciones presidenciales, legislativas, regionales y municipales.
En fin, todos discursos coincidentes con los delirios de la galería de dictadores de la historia, Hitler se jactaba con el milenio del tercer Reich, Stalin se ufanaba como la URSS sería el futuro de la humanidad, e incluso en tierras de Latinoamericana Fidel Castro llegó a proferir que Cuba ya había alcanzado el máximo nivel de las sociedades: el Comunismo.
Esa presunción perfumada por la aureola del poder no le permitió olfatear a Maduro que el repudio de la población se acrecentaba día a día y la cercanía de su final en una cárcel de Nueva York. Luego de su ilegal elección de 2018 fraguada por una Constituyente corporativista, por tanto, ilegítima e inconstitucional, en el éxtasis de su mandato perpetró toda suerte de tropelías con un descomunal aparato represivo.
El prontuario de su accionar lo describen organismos internacionales de DDHH en miles de asesinatos, tortura a los presos políticos, destrucción del resto del aparato productivo, censura atroz de los medios de comunicación, implosión definitiva del sistema de relaciones de trabajo, del salario, convenios colectivos y sindicatos. Al mismo tiempo toda esta demolición la disfrazaba con los festejos y bailes de una pareja presidencial, con la puesta en escena de un país en paz donde todo estaba atado y bien atado.
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