Para el continente americano las elecciones presidenciales de Brasil no deben pasar desapercibidas, sus resultados indican una clara señal para quienes ejercen mandatos en los diferentes países de la región, específicamente para quienes conducen gobiernos en América Latina e incluso para los mandatarios de las 2 economías mas desarrolladas en Norteamérica EE. UU. y Canadá.
Esto no es obra de la casualidad, Brasil es la economía más desarrollada de América Latina con un PIB de 2,6 billones de $, secundada por México con 2,1 billones de $, solo es superada por la economía de EEUU la primera a nivel mundial con 31,6 billones de $ ya que el PIB de Canadá es de 2,4 billones de $. Estos datos resumen la importancia de Brasil a nivel global donde se ubica en el décimo puesto de la economía.
Por tanto, lo que sucede en Brasil repercute en nuestros países al confirmarse el triunfo de Lula, descalificado por las diferentes encuestadoras luego del resultado del primer balotaje del 4 de octubre cuando Flavio Bolsonaro obtuvo una ventaja de 2,5 millones de votos sobre el candidato del Partido de los Trabajadores.
Que pasó entonces para que en solo 3 semanas se revirtiera el resultado que define a Lula como presidente del Brasil al obtener como expresó el Tribunal Superior Electoral (TSE) tras un escrutinio del balotaje que le dio al veterano político de izquierda el 51,7% de los apoyos por el 48,2% de Bolsonaro, senador derechista, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y líder de la votación en la primera vuelta.
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Hace apenas tres días, el 23 de octubre, fue un día para recordar con profunda admiración aquellos momentos, hace 70 años, en que comenzó el levantamiento popular y las protestas estudiantiles en Budapest exigiendo libertad e independencia. La rebelión logró el derrocamiento del régimen estalinista y abrió las puertas a un período de reformas democráticas.
Cuando hablamos de poder, en general nos referimos “a la facultad, dominio, fuerza o autoridad que alguien tiene para mandar, influir o controlar a otros”.


The Constitutional Convention of 1787 and the fierce ratification struggle that followed produced one of the most deliberate acts of political moderation in human history. Alexander Hamilton, James Madison, and John Jay did not write The Federalist Papers to celebrate pure democracy or concentrated power. They wrote to persuade a skeptical New York that a carefully balanced republic—checks and balances, divided government, an independent judiciary, a presidential system rooted in virtue and limited authority—could endure. Their project assumed a citizenry capable of self-restraint and a political culture that rejected absolutism. They never imagined that one of the two major parties would someday be captured by a radical minority determined to dismantle the very architecture they designed.