Hace apenas tres días, el 23 de octubre, fue un día para recordar con profunda admiración aquellos momentos, hace 70 años, en que comenzó el levantamiento popular y las protestas estudiantiles en Budapest exigiendo libertad e independencia. La rebelión logró el derrocamiento del régimen estalinista y abrió las puertas a un período de reformas democráticas.
No obstante la voluntad popular, el 24 de octubre cruzaron la frontera los primeros tanques del ejército soviético y sus “aliados” del bloque del Pacto de Varsovia. El 25 de octubre llegó un regimiento de tanques soviéticos a Budapest y se produjo una cruel matanza. El 27 de octubre, Imre Nagy asumió el poder como Primer Ministro y disolvió la temida policía secreta, liberó presos políticos, restableció partidos políticos y negoció un alto al fuego que provocó la retirada temporal de los tanques de Budapest.

Fue un breve y engañoso respiro y tuvo que enfrentar horas después la dura reacción soviética. Al enterarse de que nuevas tropas de la URSS volvían a cruzar la frontera, Imre Nagy declaró la salida de Hungría del Pacto de Varsovia y proclamó la neutralidad del país, solicitando el apoyo de la ONU. Entre el 4 y el 10 de noviembre se produjo la trágica invasión con más de 30,000 soldados soviéticos y más de un millar de tanques, que barrió con la resistencia húngara (a la que se había sumado el ejército húngaro), al costo de miles de vidas y destrucción. Imre Nagy fue ejecutado en la horca el 16 de junio de 1958 tras un juicio secreto.
Sobre ese trágico episodio de la historia del comunismo, hay un escrito olvidado, que quiero revivir a la memoria de los amantes de la paz y del progreso por su conmovedor y heroico contenido.
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Cuando hablamos de poder, en general nos referimos “a la facultad, dominio, fuerza o autoridad que alguien tiene para mandar, influir o controlar a otros”.


The Constitutional Convention of 1787 and the fierce ratification struggle that followed produced one of the most deliberate acts of political moderation in human history. Alexander Hamilton, James Madison, and John Jay did not write The Federalist Papers to celebrate pure democracy or concentrated power. They wrote to persuade a skeptical New York that a carefully balanced republic—checks and balances, divided government, an independent judiciary, a presidential system rooted in virtue and limited authority—could endure. Their project assumed a citizenry capable of self-restraint and a political culture that rejected absolutism. They never imagined that one of the two major parties would someday be captured by a radical minority determined to dismantle the very architecture they designed.
El nombre de Prometeo, equivale a previsor, “el que piensa antes”. Es por eso que decidí consultar con el mítico personaje, el dilema actual de la tecnología, confiando en una perspectiva, que no tenemos los mortales. Mis preguntas son un eco de las que se hacen actualmente la élite de la informática y en su máxima expresión, aquellos a quienes preocupa la inteligencia artificial: