El populismo, ya sea de izquierda o de derecha, comparte un patrón que termina debilitando la democracia. En lugar de fortalecer al ciudadano y las instituciones, refuerza la figura del caudillo, que se presenta como salvador y concentra poder. Esa dinámica fertiliza el terreno para el arribo de alguna forma de autoritarismo, pues se socavan los contrapesos y se deslegitima la crítica.
En el plano económico, el populismo suele prometer beneficios inmediatos que generan problemas estructurales: déficit fiscal, deuda pública, inflación y, como consecuencia, el empobrecimiento de los sectores más vulnerables. Los empresarios ven esfumarse sus ahorros y la inversión se retrae, lo que agrava la falta de oportunidades. Así, lo que se presenta como solución termina creando más problemas que los que se buscaba resolver.
Uno de los bienes más preciados que puede tener una sociedad es haber interiorizado cómo se genera riqueza y oportunidades en buena lid. Esa conciencia colectiva es la que permite blindarse contra la trampa de los caudillos sin escrúpulos. Chile, por ejemplo, aparece como la nación mejor posicionada en América Latina para alcanzar el desarrollo, en parte porque rechazó mayoritariamente el referendo constitucional impulsado por sectores de la llamada “izquierda carnívora”. Ese acto refleja una ciudadanía que entiende que el progreso no se construye con atajos populistas, sino con instituciones sólidas y reglas claras.
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Para el continente americano las elecciones presidenciales de Brasil no deben pasar desapercibidas, sus resultados indican una clara señal para quienes ejercen mandatos en los diferentes países de la región, específicamente para quienes conducen gobiernos en América Latina e incluso para los mandatarios de las 2 economías mas desarrolladas en Norteamérica EE. UU. y Canadá.
Hace apenas tres días, el 23 de octubre, fue un día para recordar con profunda admiración aquellos momentos, hace 70 años, en que comenzó el levantamiento popular y las protestas estudiantiles en Budapest exigiendo libertad e independencia. La rebelión logró el derrocamiento del régimen estalinista y abrió las puertas a un período de reformas democráticas.
Cuando hablamos de poder, en general nos referimos “a la facultad, dominio, fuerza o autoridad que alguien tiene para mandar, influir o controlar a otros”.

