He estado pensando en la necesidad de tocar las campanas
Hace años, en los tiempos duros de la persecución religiosa, cuando el gobierno “revolucionario” satanizó a la Iglesia, un sacerdote iba, semana tras semana, a un pueblo rural, a cuyo templo no acudía nadie. Semana tras semana tocaba las campanas, y esperaba, sin que nadie se atreviera a entrar a la iglesia.
Un día, alguien del pueblo le preguntó: “Padre, ¿para qué sigue tocando las campanas, si nadie va a venir a la iglesia?”.
El sacerdote le dijo: “Nadie va a venir a la iglesia, pero van a escuchar las campanas”.
Vivimos en un país atascado. Cuando juntamos la destrucción omnipresente que nos rodea, la vida cotidianamente miserable y dura, el rechazo de este pueblo a los que nos gobiernan, el disgusto social creciente, la falta de perspectivas y de futuro… lo razonable, lo lógico, lo sanamente inteligente, sería poner fin a esta tragedia, convocar a un diálogo nacional e iniciar una transición pacífica hacia la democracia real.
Pero tengo la intuición de que los que nos gobiernan no sólo no quieren abandonar el poder, sino que tampoco saben cómo parar, no saben cómo salir de la trampa que ellos mismos han creado. Atrapados en la inercia del control y del poder, no saben cómo terminar la obra y salir del escenario. Tal vez por la soberbia de no dar su brazo a torcer, o por el miedo a represalias, o porque, sencillamente, no conciben cómo reinventarse en otra geografía.
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Durante décadas, el castrismo logró irradiar una influencia relativa en el hemisferio occidental. No fue nunca hegemónica, pero sí significativa, sobre todo en tiempos en que la izquierda populista y los autoritarismos se dieron la mano y alcanzaron el poder en buena parte de la región. La bonanza de los precios de materias primas y la renta petrolera venezolana permitieron a esos gobiernos repartir sin producir con eficiencia, sosteniendo discursos ideológicos que encontraron en Cuba un referente y un aliado estratégico.
*He visto... Me he visto*
Introducción