Cuba es una fantasía y una realidad triste;
apenas un resquicio de luz
ya es señal de felicidad
Estuve en La Habana en 1990, quizá una quincena. Al cuarto de hora de llegar la ciudad era como mi casa, o así me trataban los cubanos. De tú, rápidamente, de compañero, enseguida; fue enseguida como un abrazo caliente, pero no siempre era así. La mayor parte del tiempo el abrazo fue caliente, pero también pude notar el frío.
De aquella experiencia publiqué un texto en EL PAÍS entonces. Qué tal en Cuba. Al volver, la gente me preguntaba: “¿Qué tal en Cuba?”, y así titulé mi relato de lo que allí había vivido.
Cuba ejerce, ha ejercido, siempre seguirá ejerciendo, una enorme fascinación sobre los que conocen su historia, sobre los que han leído su literatura, sobre los que han vivido allí, sobre los que hayan escuchado contar cómo es de día, de noche y en sueños.
Cuba es una fantasía y también es una realidad triste: lo es para muchos que han sufrido por ser cubanos, o siendo cubanos, y no han podido vivir allí, los que han debido irse, los que no han podido volver, los que viven apenados la falta de libertad para haber sido siempre cubanos y libremente cubanos.
Cuba es un dolor para muchos de los que la aman; cualquier resquicio que la lleve a respirar es también una señal de felicidad, aunque sea pequeña, para los que le deseamos el bien, por su historia, por su gente, por su literatura, por su arte.
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