Una y otra vez se ha demostrado de forma empírica, mediante estadísticas y análisis económicos y financieros, la verdad inmutable de que la libertad promueve la prosperidad y disminuye la pobreza. El aumento de libertad económica en todo el mundo (libre empresa, libre comercio, menor intervención estatal) ha disminuido significativamente la pobreza extrema en lo que va de siglo, pese a la desastrosa recesión que azotó el planeta hace pocos años.
La noticia de una disminución del 50% de extrema pobreza en los últimos 20 años –apenas revelada por una prensa que prefiere la noticia tremendista del desastre y la tragedia– ha sido reportada recientemente nada menos que por el Banco Mundial, con el pronóstico de que está realidad va en vías de mejorar la situación de los más pobres en los años venideros. No sólo 900 millones de personas se calcula que han escapado de las garras de la indigencia desde 1995, sino que el Banco Mundial publicó datos indicando que la pobreza absoluta (calculada como producto de un ingreso de menos de US$1,90 diarios) bajó otro 12.8% en 2015, reduciendo el total de indigentes a 702 millones personas o alrededor del 10% por ciento de la población mundial. En este caso, el Banco Mundial predice audazmente que siguiendo las políticas de mayor libertad económica se podría lograr su objetivo de erradicar toda la pobreza extrema del mundo en 2030.
Estos notables logros no ocurren en un vacío. Según el 2015 Global Food Security Index, del Economist Intelligence Unit, hay una correlación directa entre la libertad económica y el acceso a los alimentos de un país. Por ejemplo, los países clasificados entre los últimos 15 de 109 países encuestados se encontraban también en los índices más bajos de libertades democráticas de la encuesta. Por el contrario, los 24 países identificados como democracias plenas (en términos relativos), todos recibieron altas calificaciones en el ámbito de la seguridad alimentaria.
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