Los italianos tienen una frase que siempre me ha resultado muy simpática: “Me la sento di dirtelo”. Es un modo de justificar un impulso verbal, algo así como: “Igual no es el momento, igual no tengo derecho a decirte esto, igual no me toca…, pero siento que te lo tengo que decir”.
Y yo “me la sento” de decir algo a esa realidad que llamamos “la Izquierda”. Sé que soy un simple cura rural, una voz minúscula, pero “me la sento” de dirigirme a toda la Izquierda que vive fuera de Cuba, mi tierra.
Los sueños son hermosos, los ideales también, y durante mucho tiempo mi isla ha sido para la Izquierda, tanto la Europea como la Latinoamericana, el sueño y el ideal de lo que nunca ha existido: un socialismo exitoso, un país marxista-leninista alegre y próspero, donde el pueblo se siente a gusto y protegido, donde no hay injusticias ni miserias, donde el humilde está respaldado y seguro, orgulloso de sus dirigentes y confiado en el futuro feliz y luminoso de sus hijos. Eso es lo que desde una minuciosa propaganda les pidieron ver, y eso es lo que ustedes se han empeñado y se empeñan en ver.
Yo entiendo que les hubiese gustado que Cuba fuera el modelo de un socialismo exitoso y funcional, pero mentiría si les digo que es así. Sé que es duro ver los sueños romperse, y sé cuán difícil puede ser superar el deseo obstinado de querer que lo que no es, sea.
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Esta frase no es mía, sin embargo, me la he apropiado y me ha ayudado mucho en momentos en que me he sentido dispersa.
En el silencio de un central parado, las máquinas oxidadas parecen recordar tiempos mejores. El olor a bagazo húmedo se mezcla con la frustración de los obreros que, tras décadas de experiencia, saben cómo producir azúcar, pero carecen de lo más básico: combustible, piezas de repuesto y caña suficiente. La zafra azucarera, otrora columna vertebral de la economía cubana, atraviesa una de las peores crisis de su historia.