Los cubanos somos una tribu singular. En su célebre fábula satírica El Profeta habla de los cubanos, el profesor Luis Aguilar León escribió que «los cubanos intuyen las soluciones aún antes de conocer los problemas». En ese mismo texto concluyó: «reunir a los cubanos es fácil, unirlos imposible».
Mientras más tiempo pasa, más admiro el genio político de José Martí. ¿Cómo logró articular, alrededor de una causa común, a cubanos que, en lo esencial, eran tan diferentes entre sí como lo somos nosotros hoy? Su grandeza no consistió en borrar aquellas diferencias, sino en conseguir que el propósito común pesara más que ellas.
Creo que hoy enfrentamos un desafío semejante. La reflexión histórica es indispensable, pero, si se convierte en un mero inventario de fracasos, puede llevarnos al fatalismo y al desaliento. En un momento como este, lo fundamental es mantener la cabeza fría y las ideas claras.
El primer principio es que, ante la crisis extrema que vive Cuba, la unidad no puede quedar en la invocación de un bien abstracto ni en una aspiración sentimental: es un bien mayor y una urgente necesidad política.
Si aceptamos esta premisa y comprendemos a cabalidad su urgencia, el paso siguiente es precisar qué tipo de unidad no necesitamos.
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He estado pensando en la necesidad de tocar las campanas
Durante décadas, el castrismo logró irradiar una influencia relativa en el hemisferio occidental. No fue nunca hegemónica, pero sí significativa, sobre todo en tiempos en que la izquierda populista y los autoritarismos se dieron la mano y alcanzaron el poder en buena parte de la región. La bonanza de los precios de materias primas y la renta petrolera venezolana permitieron a esos gobiernos repartir sin producir con eficiencia, sosteniendo discursos ideológicos que encontraron en Cuba un referente y un aliado estratégico.