El 13 de marzo sigue siendo en nuestro país una fecha histórica. Fue marcada con un grito de libertad protagonizado por jóvenes que dieron su vida por ese sueño. Este año, esta fecha ha quedado marcada por un grito ahogado, como un sueño una vez más interrumpido. Esperamos como pueblo alguna noticia que nos diera un aliento de esperanza, por mínimo que fuera, sin embargo, nos encontramos una vez más con la mentira institucionalizada, asistimos al juego de preguntas y respuestas, al mismo discurso culposo, a la lista de justificaciones que con costo se las cree el mismo gobierno.
Estoy muy molesta, no solo por lo que despierta dentro de mí escuchar tantas mentiras, sino porque una vez más siento cómo vuelve a acontecer la humillación y el insulto a la inteligencia y dignidad de todo un pueblo, como si los cubanos dentro de esta isla hubiésemos perdido la capacidad para distinguir, razonar, pensar.
Quisiera comprender todos los intentos de este gobierno por sacar el país adelante, sin embargo, ha quedado demostrado durante 67 años que no han logrado construir una Cuba próspera y equitativa. Las rectificaciones de errores, las tareas de reordenamiento, y otras medidas implementadas, solo han servido para seguir llevándonos a la desestabilización, la inflación, la pobreza y el descontento creciente de la población, que deja ver con claridad que no se ha encontrado el camino y, como nos dicen los sabios de todos lo tiempos, a veces hay que intentar por otros caminos que pueden asustarnos en sus comienzos, pero que nos podrán llevar a un cambio real, tan necesario.
La independencia de Cuba en 1898 fue el desenlace de una larga epopeya marcada por el ESFUERZO BÉLICO DE LOS CUBANOS, quienes durante tres guerras prolongadas demostraron que la libertad era un destino irrenunciable. Ese sacrificio sembró un precedente glorioso en la historia nacional. Sin embargo, el triunfo final no puede entenderse sin la intervención de Estados Unidos, que con la Resolución Conjunta aseguró que Cuba sería libre e independiente. De este modo, se diferenciaba claramente el destino cubano del de Puerto Rico, donde la monarquía española había intentado replicar el modelo canario de autonomía, y del de Canarias, que ya gozaba de un régimen especial dentro de España. La Corona pensó que esa fórmula podía exportarse al Caribe como solución política, pero en Cuba resultó inviable frente a la insurgencia y en Puerto Rico quedó anulada por la ocupación norteamericana.
El contexto interno explica la fragilidad de la república naciente. Cuba era un país con baja urbanización, escasa alfabetización y sin tradición de autogobierno. Los cubanos nunca habían ejercido el poder estatal y el primer mandato presidencial ya enfrentó tensiones que derivaron en un conato de guerra civil. En ese escenario, la intervención estadounidense fue decisiva en términos prácticos: evitó el colapso institucional y brindó un marco inicial de estabilidad. Pero más allá de lo militar, el aporte más duradero fue ideológico. El modelo republicano, democrático y liberal emanado de la Revolución estadounidense ofreció a los cubanos un horizonte de modernidad y pertenencia a la constelación de repúblicas americanas. Más allá de las consideraciones debatidas, la independencia se hubiera conquistado de todas formas, pero bajo el influjo del ejemplo norteamericano de progreso, libertad y bienestar.
Hoy, el escenario es sustancialmente distinto. La Cuba del presente no es la Cuba de finales del XIX. La sociedad esta urbanizada, con niveles de instrucción y experiencia en organización social, aunque bajo un régimen totalitario. Por ello, la transición hacia la democracia no puede depender exclusivamente de una intervención militar externa, sino de la lucha cívica noviolenta, capaz de formar ciudadanos conscientes y de construir instituciones legítimas desde dentro. La filosofía de la noviolencia ofrece un camino más sostenible: la democracia que nace de la acción ciudadana tiene mayor legitimidad y arraigo que la impuesta desde fuera.
Cristo siempre será nuestro referente máximo, pero los santos, al compartir nuestras mismas fragilidades y, a pesar de ellas, haber logrado vivir en fidelidad al Evangelio, se convierten en modelo e inspiración, en un punto de referencia.
San José es alguien con quien el pueblo cubano puede identificarse con mucha facilidad, porque las condiciones en las que vivió se parecen mucho a las condiciones en que estamos viviendo nosotros.
San José vivió en una época marcada por la pobreza y la necesidad, por la inseguridad y el poder despótico, por la falta de derecho y de justicia, porque el país estaba en manos de una autoridad que no conocía límites y que generaba un ambiente de inseguridad y miedo.
Ante esto, José es encargado por Dios de ser el inspirador de su hijo, por tanto, es el hombre que, en primer lugar, está presente y atento a su familia: se compromete, lucha, trabaja, protege, cuida… En medio de un mundo convulso, es roca para su familia.
Entre cacerolazos y circo, así estamos viviendo hace días, con la miseria de los apagones, la falta de comida, la basura que nos envuelve y unas flotillas que llegan con argumentos de solidaridad, gestos de cercanía con niños que se convierten en falta de respeto, y fotos que nos exponen sin permisos.
Nos encontramos: con los cacerolazos se vuelven la única posibilidad de expresar nuestro grito ahogado y flotillas que se burlan de nuestra pobreza, ante un gobierno inepto que utiliza esta flotilla para hacer ver que sus donaciones serán un respiro y a un pueblo hundido renunciando a su dignidad.
No estamos llamados a dejar que caminen por encima de nosotros, hemos sido creados en libertad y dignidad, a imagen y semejanza de Dios que dijo que éramos muy buenos, obra creada con cariño de sus manos. Con la conciencia de esa dignidad de humanos no podemos permitir más abusos.
Estamos presenciando en Cuba una situación de extrema miseria, desintegración social y daño antropológico que exige un cambio decisivo de desmantelamiento del sistema totalitario que ha hundido al país. Ante esta situación, se ha despertado el optimismo de muchos sectores y se habla del inminente derrocamiento del régimen actual y hasta del restablecimiento de la Constitución de 1940, pero se contemplan muy pocas opciones claras o viables de cómo lograrlo. ¿Cómo se llega al proceso de transición? ¿Cómo se establecen los parámetros del poder dentro de Cuba que propicien ese proceso? ¿Cuáles serían los pasos que gradualmente habría que dar para evitar el caos o el reciclaje a una nueva dictadura?
Ante todo, es indispensable reconocer que no se puede saltar de un sistema jurídico, por deficiente y negativo que este sea, a otro de 86 años de antigüedad que noguarda relación con muchos aspectos de la realidad social, económica y política actual ni guarda relación alguna con la estructura de leyes civiles y criminales existentes en el país, sin provocar un caos político, social y económico. Por lo tanto, no se trata de "restaurar" ciegamente la Constitución de 1940 de la que la enorme mayoría de la actual población cubana, tanto en la isla como en el exilio, desconoce su contenido, sino de utilizarla como base sólida ("atemperada" o actualizada) en una nueva Constituyente, evitando el vacío institucional durante una transición.
Para llegar a una reforma constitucional y eventualmente a una reforma jurídica amparada por la nueva constitución es indispensable elaborar un Proyecto de Transición muy bien definido que establezca las pautas viables en las circunstancias actuales para lograr el desmantelamiento gradual de la estructura monolítica que hoy día impide un proceso pacífico hacia la democracia y, sobre todo, hacia una amplia democracia participativa.
Tomando como base diversos documentos aprobados por el Comité Gestor de la Participatory Democracy Cultural Initiative (PDCI) en el transcurso de los últimos 20 años, planteo que es indispensable mantener una actitud de pragmatismo que nos permita comprender las limitaciones que el pueblo cubano puede encontrar para dar los primeros pasos hacia la Transición antes de hacer otras propuestas de transición democrática que en las circunstancias actuales no son posibles. Con ese propósito debiéramos seguir tres pasos previos en un enfoque básico que, por supuesto, requerirá mayor elaboración, sobre todo en cuanto al texto de la primera reforma constitucional planteada en referéndum para poder dar el segundo paso aquí sugerido, así como los textos de las “Disposiciones Transitorias” y el “Mecanismo de Transición” que deberán redactarse para facilitar el tercer paso propuesto y que aquí planteo con sólo consideraciones generales para el debate y una mejor y más amplia elaboración de un programa viable.
1. En este sentido, el Proyecto de Transición tiene que basarse inicialmente en lo que hay para poder ir sorteando obstáculos sin estrellarse de lleno con la muralla inflexible de un gobierno intransigente. Si bien cualquier proyecto de esta índole debe descansar en principios fundamentales de la democracia que abarquen la amplia gama de los derechos humanos, el primer paso a dar no debe perderse en el laberinto de los idealismos, los partidismos o las consideraciones abstractas sino orientarse a hacer planteamientos sobre realidades y problemas que pueden resolverse con el apoyo de la voluntad popular, según las necesidades y aspiraciones del pueblo cubano.