He estado pensando en el cuidado del alma
Cuba es un país en guerra. No hay balas, ni explosiones, ni bombas, pero cada día, a cualquier hora, en cualquier momento, te disparan, te agreden, te atacan… con la corriente que se va, o que tarda en llegar, con los medicamentos que no encuentras, con la incomunicación agobiante, con lo que se acaba o se rompe y no puedes reponer, con los precios que no puedes pagar, con el calor del que no puedes escapar, con las mañanas sin desayunar y las noches sin descansar…
El día se hace a base de golpes, que aguantas, soportas, esquivas, pero que te van quebrando el alma, te traspasan el espíritu y te dejan exhausto.
Y a veces, es tanta la lucha, que ya ni te das cuenta, es tanto el desgaste que no notas que te quiebras, porque el alma no tiene huesos, y no la ves cuando se rompe.
Por eso, en medio de esta guerra absurda, necesitamos cuidar el alma, pues cuando todo esto cambie, vendrán tiempos mejores pero no menos duros, porque necesitaremos reconstruirlo todo: lo material y lo espiritual, los edificios y a los que los habitan, las carreteras y a los que las transitan. Y será esperanzador, pero muy duro.
Por eso, desde ahora, a pesar de los disparos cotidianos, es tiempo de mirarnos el alma, y de cuidarla, para que no se nos rompa.
Es tiempo de abrazar la fe y de buscar a Dios, de aprender a rezar, de traspasar los umbrales de las iglesias, y de volver a entronizar en nuestros hogares al Cristo que salva.
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He estado pensando en el cuidado del alma
La Cuba de 2026 se encuentra en un cruce de caminos que marcará su futuro político. Las protestas espontáneas, cada vez más frecuentes y masivas, han desnudado la fragilidad de un régimen que se sostiene a base de represión y control. La ciudadanía, agotada por apagones interminables, escasez de agua y alimentos, y una inflación que devora salarios, ha decidido desafiar el miedo. Ese gesto, repetido en barrios de La Habana y otras muchas ciudades y pueblos, es el verdadero motor de cambio.