La comparecencia de Miguel Díaz-Canel no fue un acto más en la rutina política cubana. Por primera vez, se admitió públicamente que existen negociaciones con Estados Unidos. El tono, lejos de la épica de trinchera que caracterizó décadas de discursos, fue frío, casi burocrático. No se ofrecieron razones ni se explicó el alcance de esas conversaciones. Ese silencio revela lo esencial: las urgencias internas y las presiones externas han empujado al régimen a dar un paso que hasta hace poco parecía impensable.
La puesta en escena fue calculada. No se invitó a medios extranjeros, evitando preguntas incómodas. Los periodistas oficiales mostraban tensión, conscientes de la trascendencia del momento. La selección de asistentes fue rigurosa, con el añadido simbólico de la presencia de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl, sin cargo formal alguno, pero representante de un poder que sigue pesando mucho en las sombras.
El contexto social es determinante. Los cacerolazos, las quemas de basura y las consignas abiertamente anticastristas en barrios habaneros marcan un fenómeno inédito. La presión interna, sumada a la externa, perfila un punto de inflexión en la historia del castrismo. El actor externo ha demostrado no andar con miramientos, y el interno ha perdido el miedo a expresarse.
El anuncio de la excarcelación de 51 presos políticos fue recibido con escepticismo. La cifra es insuficiente para satisfacer las demandas de libertad. El régimen parece jugar al equilibrismo: liberar algunos para mostrar concesión, pero reservar cartas para futuras negociaciones. Los presos políticos, una vez más, utilizados como moneda de cambio.
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He estado pensando en la preferencia de un golpe
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Esta frase de Jesús es de las más contundentes en su mensaje a los discípulos. Los invita a buscar, fomentar y vivir en la verdad; los lleva a comprender el precio de la verdad, tan comparable al de la libertad.