La caída de los arrogantes produce carcajadas en los dioses.
Albert Einstein
Un analista estadounidense describe como una fórmula letal, la combinación de la arrogancia con la ignorancia, la estupidez y el hambre de poder y fama. Es un coctel destinado a la explosión social, la implosión individual y a la eventual caída de los megalómanos, que son los arrogantes.
Ningún ejemplo describe mejor la aparatosa caída de un arrogante que la de Anthony Fauci, el autodenominado “Médico de América”, vocero y facilitador del Covid19. En verdad, un Maquiavelo moderno cuya prepotencia, escoltada por el egoísmo, el orgullo y la ceguera ante la realidad, lo convierten en un necio de proporciones medievales.
El intocable
Como director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID), Anthony Fauci disponía de más de 6 mil millones de dólares anuales para la financiación pública de investigaciones científicas dudosas. Con semejante poder, dictaba los temas, el contenido y el resultado de la investigación científica de salud en todo el mundo.
Seducidos por el egocéntrico galeno y financiados por la industria farmacéutica, los proxenetas de la comunicación, convencieron al mundo de que Fauci era un héroe. El hombre llamado a salvar a la humanidad. Un sabio con las soluciones para contener el virus.
Nada más lejos de la realidad. Fauci utilizó el poder financiero y político a su disposición, de manera solapada, para garantizar su influencia sobre hospitales, universidades, revistas y miles de médicos y científicos influyentes. Con igual compulsión promovió, recompensó o destruyó carreras e instituciones a su antojo.
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Artificial intelligence has moved from the realm of technological promise to the center of a global political, economic, and ethical debate. What was once seen as a neutral tool to improve efficiency and innovation is now raising fundamental questions about power, governance, security, and even the future of human freedom.