Es juicioso distinguir entre lo evidente y lo supuesto. Lo evidente es “lo que filma la cámara”, lo que la realidad nos presenta. Todo lo demás es interpretación, es hipótesis, que puede ser cierta o no, pero que no deja de ser una guía para pensar y actuar.
En este momento, es evidente que existe una crisis sanitaria a nivel nacional, que el Gobierno no ha declarado oficialmente una emergencia sanitaria ni ha hecho nada significativo para remediarla. Por el contrario, ha anunciado la discusión de un paquete de medidas que, de hacerse efectivas, harían mucho más penosa y dura la vida de este pueblo.
Todo esto unido a la precaria situación de escasez, apagones, descalabro del sistema sanitario, etc. Es lógico preguntarse no sólo por qué el Gobierno se muestra tan indiferente frente al sufrimiento extremo de este pueblo sino por qué su actitud apunta a hacer más dura la vida del ciudadano común.
I’ve been thinking about realities that make me think. This reality I am living is happening after 60 plus years of communism in Cuba.
Ever since we made the mistake of letting ourselves be seduced by the word “Revolution,” we have learned to live with countless situations: scarcity, hunger, helplessness, repression, fear, frustration…
We have become experts at adapting to everything, and maybe that is why now we are learning so easily to live with death.
We are dying. Cuba has become an island of rotting streets, where garbage piles up shamelessly, and from those filthy streets a multitude of diseases—so avoidable and yet so transmissible—has spread. Dengue, Zika, chikungunya, arboviruses… what does it matter? But the reality is this: people are dying, many people are dying, in silence, in anonymity, under our impotent gaze—already accustomed to everything—and also under the apathy and inaction of a Government that takes care only of itself, a Government that has nothing to offer and no longer cares to offer anything.
And I think: how have we allowed our souls to be emptied so much that not even death itself pushes us to look for a definitive way out of this nightmare? How can we accept with such passivity the suffering of those we love—those we see suffering before our eyes because they do not even have a basic pain reliever? How can we so calmly accept the death of our loved ones while we wait for a solution from those who neither can nor care to provide one?
_“A la vida le basta el espacio de una grieta para renacer”_.
(Ernesto Sabato)
Encontrarme con esta frase ha sido un golpe de gracia ante el que no puedo dejar que pase más tiempo para volver a expresar lo que llevo por dentro.
Llevamos sufriendo durante décadas, con un empobrecimiento casi absoluto. El sufrimiento en estos últimos meses cobra una fuerza extrema: el paso del huracán Melissa, las respuestas inadecuadas del gobierno, la insalubridad, el brote de enfermedades, la precariedad en los hospitales, la oscuridad como compañía permanente, los presos y sus injustas condenas, las amenazas a quienes disienten, las presiones que obligan a las personas a que se retracten de sus expresiones…
Posiblemente nada de esto es nuevo, sin embargo, se sigue agravando la vida dentro de esta isla. Y ante esta realidad no es justo que se sigan haciendo promesas, no es justo que en los medios de comunicación se diga que no hay nada que dar a los damnificados, cuando en la realidad conocemos que, por citar un ejemplo, los hoteles están llenos de recursos y vacíos de huéspedes.
¿Cómo puede este gobierno no respetar a su pueblo?
¿Cómo puede este gobierno pretender desviar la mirada con un juicio que ahora mismo NO puede ser el centro de nuestra atención?
He estado pensando en realidades que me hacen pensar
Desde que cometimos el error de dejarnos seducir por la palabra “Revolución”, hemos aprendido a convivir con infinidad de situaciones: escasez, hambre, impotencia, represión, miedo, frustración…
Nos hemos hecho expertos en acomodarnos a todo, y tal vez por eso ahora estamos aprendiendo con tanta facilidad a convivir con la muerte. Estamos muriendo. Cuba se ha convertido en una isla de calles podridas, donde la basura se acumula ya sin escrúpulos, y desde esas calles infectas se ha desplegado una miríada de enfermedades tan evitables como transmisibles. Dengue, zika, chicungunya, arbovirus… ¿qué más da?
Pero hay una realidad, hay gente muriendo, mucha gente muriendo, en silencio, en el anonimato, bajo nuestra mirada impotente, acostumbrada ya a todo, y también bajo la desidia y la inactividad de un Gobierno que sólo se cuida y protege a sí mismo, un Gobierno que no tiene nada que ofrecer ni le interesa ya tenerlo.
Y pienso, ¿cómo nos hemos dejado vaciar tanto el alma que ya ni la muerte logra que busquemos una salida definitiva a esta pesadilla? ¿Cómo podemos aceptar con tanta pasividad el dolor de los que amamos y a los cuales vemos sufrir ante nuestros ojos porque no tienen un mínimo calmante? ¿Cómo podemos asumir con tanta serenidad la muerte de nuestros seres queridos mientras esperamos una solución de aquellos que ni pueden ni les importa darla?
Un día el rostro en la pantalla fue el del poeta Armando Valladares, luego vinieron los ataques en el horario estelar de la noche contra Martha Beatriz Roque, Elizardo Sánchez y Dagoberto Valdés, hasta llegó el momento en que vi mi propio nombre en el noticiero rodeado de los peores adjetivos y, ahora, le ha tocado el turno a los editores de El Toque y al economista Pavel Vidal. La hoguera de la lapidación mediática y del fusilamiento de la reputación, que necesita mantener ardiendo el régimen, está urgida de leña, de nueva leña para agregar al fuego del victimismo oficial y a esas llamas que buscan echar a otros las culpas del fracaso del modelo cubano.
Todos y cada uno de los que hemos nacido en la Isla somos potenciales candidatos para aparecer en uno de esos programas en los que se intenta destruir moral y socialmente a una persona. No me salvé yo, no se salvaron tampoco del escarnio, sin derecho a réplica, los condenados en la causa de la Primavera Negra ni las Damas de Blanco, y tampoco te salvarás tú que lees estas líneas. Basta con que, en un instante, digas o publiques algo que no le guste a un grupo de intolerantes que han secuestrado el nombre de la nación, para que caiga sobre ti todo el peso de un poder que actúa con la total impunidad del que sabe que tiene el monopolio de las transmisiones televisivas, el control sobre los tribunales y, lamentablemente, todavía bajo su bota, a millones de seres humanos adocenados.
Como no podemos cambiar la manera en que nos miran desde esa cúpula blindada en la que se han encerrado unos pocos vestidos de verde olivo, lo que nos queda a los vituperados es decidir la actitud que tomaremos ante semejantes intentos de aplastarnos. Van aquí mis modestos consejos, que sin pretender funcionar para todos, me han ayudado a mantener la cordura, la felicidad interior y la sonrisa. A ti, si ya te has convertido en "radioactivo" y te ha alcanzado el encono de la dictadura cubana, te sugiero:
Responde poco o nada a los insultos, porque uno de los objetivos que buscan es distraerte de tus tareas cotidianas, hundirte en el foso oscuro de las justificaciones y la contestación. No te creas aquello de que "el que calla otorga" y prefiere una versión menos neurótica de cómo reaccionar ante la ofensa: "a palabras húmedas, oídos impermeables".