Durante más de seis décadas, el castrismo ha tejido una red de alianzas que, lejos de engrandecer a Cuba, la han atado a regímenes autoritarios y corruptos. La narrativa oficial habla de “internacionalismo solidario”, pero la realidad muestra otra cosa: intervenciones militares y de inteligencia que sostuvieron dictaduras, alimentaron guerras civiles y dejaron cicatrices profundas en pueblos hermanos. Tres casos bastan para ilustrar esta lógica de poder.
En Etiopía, La Habana envió miles de soldados para apuntalar al Derg de Mengistu Haile Mariam, un régimen que
convirtió la represión en método de gobierno. Las purgas internas, las ejecuciones sumarias y la brutal campaña contra los eritreos marcaron una época de terror. Cuba, actuando como operador geoestratégico del PCUS, cobró en especie: armas, subsidios y soporte económico, mientras legitimaba con su presencia a un tirano que pasará a la historia por sus desmanes.
En Angola, la intervención cubana entronizó al MPLA de Agostinho Neto y José Eduardo dos Santos, marginando a los demás luchadores independentistas y consolidando un partido único que se hundió en la corrupción y el saqueo de los recursos nacionales. La guerra civil, alimentada por la presencia cubana y soviética, dejó miles de muertos y un país devastado. Sin embargo, al final, la propia sociedad angolana abrió paso a una transición democrática que desmintió la retórica de La Habana: los angolanos se rebelaron contra el molde totalitario que se les quiso imponer y, aunque el camino hacia la democracia aún es largo, demostraron que la voluntad popular puede quebrar la imposición externa. Los acuerdos de 1988 y el inicio de la retirada en 1989 marcaron el principio del fin de aquella aventura militar.
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I have been thinking that it is time to lift our heads.
Comencemos por identificar los principales obstáculos que se nos presentan para alcanzar el futuro que Cuba merece: