Las declaraciones recientes de Donald Trump sobre Cuba han sacudido el tablero político. Al afirmar que no quiere trato con Miguel Díaz-Canel, pero sin rechazar a Raúl Castro, el mensaje es inequívoco: el presidente formal queda deslegitimado como interlocutor, mientras que el patriarca histórico conserva un margen de reconocimiento.
En ese vacío aparece una figura inesperada: Óscar Pérez-Oliva Fraga, sobrino nieto de Raúl, ministro de Inversión Extranjera y primer viceministro, quien en la televisión oficial explicó las reformas de mercado que incluyen la inversión de la diáspora y la apertura a capital estadounidense.
Que sea él quien dé la cara en este momento crítico parece más que una coincidencia. Su perfil técnico, su vínculo familiar y su rol institucional lo colocan como posible rostro de una conducción formal hacia una transición pactada. En otras palabras, podría ser el puente visible entre el castrismo histórico y un nuevo esquema de apertura económica y política.
Pero cualquier pacto entre Washington y La Habana no puede ignorar a la oposición democrática cubana. Ante la eventualidad de un acuerdo, esta oposición tendrá que apretarse los cinturones para exigir su derecho a existir, ocupar el papel protagónico que le corresponde por derecho propio y convertirse en garante de que la transición llegue a puerto seguro. Sin su participación activa, el riesgo es que las reformas se reduzcan a un simple reacomodo del poder dentro del castrismo, sin democratización real.
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La Participatory Democracy Cultural Initiative, Inc (PDCI) y su editora subsidiaria que publica la revista digital DemocraciaParticipativa .net (DPnet) comparten el dolor de familiares y amigos por el fallecimiento de