El presidente Díaz-Canel vuelve a entonar el gastado estribillo de siempre: resistencia, unidad, sacrificio y ahora un supuesto plan de recuperación económica y energética. Pero ese plan luce agotado, incapaz de resistir un análisis semiserio, porque responde al mismo comportamiento tradicional que ha hundido al país en la repetición de sus males.
Las bases del problema.
La empresa estatal socialista permanece oxidada, con tecnología obsoleta y administradores maniatados que solo miran hacia arriba antes de decidir. Los salarios no motivan, la corrupción marca la pauta y el sistema financiero es un laberinto de tipos de cambio y créditos confiscatorios.
El partido único es un elefante en una vidriera: rompe todo lo que toca y no deja que nada funcione. Sus cuadros y militantes se presentan como omniscientes, pero en realidad son asignados a funciones para las cuales no están preparados. No son gestores, son instrumentos de dominación.
La soberanía verdadera.
El discurso oficial habla de soberanía del Estado, pero la soberanía que importa es la del ciudadano: la capacidad de participar directamente o a través de representantes escogidos en elecciones competitivas. Sin pluralismo político ni sociedad civil auténtica, la soberanía popular y la del Estado son una falacia.
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He estado pensando en las necesidades que nos estructuran