| En el repaso de viejos textos olvidados en discos duros perdidos me encuentro este artículo que creo que publiqué hará diez años en la revista IdentidaD. Tiene gracia como el problema que abordo aquí –¿cómo nos ven los recién llegados?– ha conservado su actualidad. Solamente me he permitido pulirlo y añadirle algún párrafo. Se verá que no hay en estas líneas ni pizca de racismo, xenofobia ni nada parecido, pero tampoco concesiones. Ha que llamar a las cosas por su nombre y no hacer concesiones a lo políticamente correcto. Cuando haces una, estás perdido. Luego terminas aludiendo a Al Capone “presunto gánster” o “subsaharianos” a los negros y magrebí a los moros. |
He tenido muchas relaciones con magrebíes y andinos, tanto en España, como inmigrantes, como en sus países de origen en donde el inmigrante era yo. Lo que sigue son los juicios recogidos de una muestra lo suficientemente amplia de testimonios como para pensar que es posible llegar a conclusiones empíricas razonables y significativas. Así nos ven los inmigrantes... Las opiniones de estas personas son siempre subjetivas, pero basadas en algunos datos reales y, en cualquier caso, suponen una línea de tendencia.
Nos ven como:
1. “Débiles y atontados”
En la cárcel de la Santé –me enteré tarde de que eso de ir por Francia con tres pasaportes, tres carnés de conducir y tres DNI italianos, todos con foto pero ninguno con mi nombre, estaba mal visto; problemas de la clandestinidad y el exilio– conocí a un tunecino detenido por pequeño tráfico de drogas. Era joven y se había criado en Francia. Francia le había ofrecido lo que no existía en su país: educación, subsidios, posibilidades de formación. Era mucho más fácil comprarse un BMW último modelo a sus 20 años, traficando con cocaína. Además, despreciaba a los franceses. “Son débiles y atontados”, me decía. Me ponía como ejemplo que, cuando era tironero en Les Halles, sabía que si un ciudadano lograba detenerlo solamente tenía que gritar “racistes” histéricamente para que lo soltaran. Hubo un tiempo en el que la clase media francesa se asustaba con sólo la posibilidad de que alguien pueda llamarles “racistas”. Todos los delincuentes magrebíes lo saben. En el Raval de Barcelona ya ha ocurrido el mismo episodio: al grito de “racistas”, una pareja de policías debió soltar al delincuente marroquí, intimidados por la reacción de los viandantes. Por eso los inmigrantes consideran a los europeos atontados.
No les cabe en la cabeza que los gobiernos europeos puedan dar subsidios y ayudas de todo tipo a gentes como ellos que tienen muy claro lo que buscan: “pillar”. Piden una mezquita y las autoridades se la dan, delinquen una y mil veces y nunca terminan encerrados cuando en su país les cortarían la mano, después, por supuesto, de la conveniente paliza en comisaría… Vulneran la ley de extranjería, violentan las fronteras y les obsequian con ropa nueva –además de marca, alimentos gratuitos y les trasladan a la península en avión de lujo.
Todo esto les da la perspectiva a los inmigrantes de que los europeos somos DÉBILES y ATONTADOS. Débiles porque no sabemos defender lo nuestro, abrimos la puerta a delincuentes ue vienen a robarnos y ni siquiera hay valor para encerrarlos en las cárceles; y atontados porque no nos damos cuenta de que ellos cada vez son más fuertes y los europeos menos, más sumergidos en la oleada migratoria, retirándonos de barrios enteros en los que la “limpieza étnica” es realizada con extrema eficacia y, todavía, subvencionando al invasor. ¿Cabrían más muestras de debilidad y tontería? Los inmigrantes tienen razón en percibirnos así.
2. “Depravados y afeminados”
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La muerte del ayatolá Alí Jameneí marca un punto de inflexión en la historia contemporánea de Irán. Durante más de tres décadas, su figura fue el eje de un sistema político que combinó teocracia, represión y un aparato militar omnipresente. Hoy, ese sistema enfrenta su mayor desafío: sobrevivir sin su líder supremo en medio de bombardeos externos y protestas internas.
La geografía de Ucrania y el curso de la historia continental la ha convertido en la puerta principal entre Europa y Rusia, que terminó ubicándola muy lejos de Dios y tan cerca de las fauces del Kremlin, vecindad que la ha condenado a vivir un martirio tan solo por pretender existir como nación libre bajo el precepto de instituciones democráticas y soberanas.