Todos hemos sido advertidos: la política, la religión y el dinero son temas de los que no debemos hablar con nuestros invitados. Los economistas, acatando este consejo, tratan de explicar el desarrollo económico sin mucha referencia a la religión y no han tenido en cuenta si las creencias religiosas nos hacen más ricos o más pobres. Sin embargo, muchas sociedades emplean considerable tiempo y dinero en prácticas religiosas. Entonces, ¿cuál es el impacto económico de nuestras prácticas religiosas? En este vacío intelectual, los profesores Rachel M. McCleary y Robert J. Barro, en su libro La riqueza de las religiones, exploran cómo las creencias y prácticas religiosas afectan la productividad y el crecimiento económico. No les interesa la teología ni la doctrina. Su interés está en los costos y beneficios económicos de mantener ciertas creencias religiosas. Esta columna se deriva de ese enfoque.
Debido a la sensibilidad del tema, quizás sea necesario mencionar que este no es un ataque a la religión por parte de autores antirreligiosos. El profesor Barro es un economista que se describe a sí mismo como judío con más afinidad étnica que religiosa. La profesora McCleary es filósofa, metodista y religiosa, y este columnista se describe como católico no practicante. Aparentemente, existe una interacción bidireccional entre la religión y el crecimiento económico. La religiosidad afecta los resultados económicos, y los resultados económicos influyen en la religiosidad. Un sentido de causalidad es la hipótesis de la secularización según la cual, “el aumento de los ingresos, educación y urbanización, disminuyen la religiosidad individual y el papel de la religión en la gobernanza”. En general, el desarrollo económico disminuye la participación religiosa y las creencias.
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Los movimientos de masas se orientan a erradicar todo enfoque del ser humano como "persona" de dos formas:
El socialismo en todas sus variantes (comunismo, fascismo, etc.) ha disfrazado siempre, de manera innata y consistente, su orden dictatorial detrás de una estructura formal “legal”. El hecho de que tenga una cobertura jurisprudencial y que se racionalice con una moral sesgada, no lo hace moral, justo, o de alguna manera conectado con la noción republicana del Estado de derecho. El comunismo cubano se encuentra bajo la amenaza sistémica de las inminentes y masivas protestas populares convocadas para mediados de noviembre y de una huelga general que detonará sin fecha definida. Entre su armamento estratégico para la supervivencia del régimen está la argucia del legalismo socialista.
Todo lo que se reprime sin cauce, se derrama y desordena. La frase que da título a esta columna y que es una paráfrasis atribuida a José Martí, nos lo confirma. La autocensura tiene un límite tras el cual sobreviene la erupción de emociones, iras y desenlaces incontrolados.