El patrón de alianzas del castrismo: tres intervenciones que revelan su lógica de poder.

Durante más de seis décadas, el castrismo ha tejido una red de alianzas que, lejos de engrandecer a Cuba, la han atado a regímenes autoritarios y corruptos. La narrativa oficial habla de “internacionalismo solidario”, pero la realidad muestra otra cosa: intervenciones militares y de inteligencia que sostuvieron dictaduras, alimentaron guerras civiles y dejaron cicatrices profundas en pueblos hermanos. Tres casos bastan para ilustrar esta lógica de poder.

En Etiopía, La Habana envió miles de soldados para apuntalar al Derg de Mengistu Haile Mariam, un régimen queCuban PT tank in Luanda, 1976 convirtió la represión en método de gobierno. Las purgas internas, las ejecuciones sumarias y la brutal campaña contra los eritreos marcaron una época de terror. Cuba, actuando como operador geoestratégico del PCUS, cobró en especie: armas, subsidios y soporte económico, mientras legitimaba con su presencia a un tirano que pasará a la historia por sus desmanes.

En Angola, la intervención cubana entronizó al MPLA de Agostinho Neto y José Eduardo dos Santos, marginando a los demás luchadores independentistas y consolidando un partido único que se hundió en la corrupción y el saqueo de los recursos nacionales. La guerra civil, alimentada por la presencia cubana y soviética, dejó miles de muertos y un país devastado. Sin embargo, al final, la propia sociedad angolana abrió paso a una transición democrática que desmintió la retórica de La Habana: los angolanos se rebelaron contra el molde totalitario que se les quiso imponer y, aunque el camino hacia la democracia aún es largo, demostraron que la voluntad popular puede quebrar la imposición externa. Los acuerdos de 1988 y el inicio de la retirada en 1989 marcaron el principio del fin de aquella aventura militar.

En Venezuela, la asesoría cubana ha servido para apuntalar una dictadura que acumula violaciones flagrantes de los derechos humanos, fraudes electorales y acusaciones de narcotráfico en tribunales internacionales. El informe de la Alta Comisionada Michelle Bachelet documentó ejecuciones extrajudiciales y torturas, mientras la oposición liderada por María Corina Machado ha demostrado con pruebas técnicas los fraudes más recientes. Los soldados cubanos caídos allí fueron tratados como mercenarios desechables, sin siquiera recibir un pésame oficial de Caracas. La Habana convirtió el duelo en propaganda, movilizando apoyo al socialismo en lugar de protesta por las vidas perdidas. Para colmo, mientras se exaltaba la “solidaridad” en Cuba, Delcy Rodríguez se reunía con altos funcionarios de inteligencia estadounidense, mostrando que para el chavismo los cubanos eran piezas prescindibles de su aparato de poder: Cuba exportó represión y recibió subsidios; vendió épica y cosechó desprecio. Las supuestas “hazañas internacionalistas” no dejaron libertad ni progreso, sino atraso, corrupción y muerte. Incluso sus aliados terminaron tratándola con frialdad, como proveedor de servicios de seguridad y no como socio estratégico.

Es hora de que las fuerzas vivas de la nación, incluido el propio Partido Comunista, destierren de una vez estas injerencias en la vida pública de otros países. Cuba debe abandonar la política de exportar control y de hipotecar su dignidad en alianzas que solo producen tragedia. El futuro exige una política exterior basada en respeto, transparencia y dignidad, no en la repetición de viejas aventuras que han marcado con cicatrices a pueblos hermanos y han reducido a la isla a un peón de intereses ajenos.

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