Las elecciones en democracia deben ser “libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo”. Estas características deben concurrir y coexistir con los otros “elementos esenciales de la democracia” que son “el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales, el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho, un régimen plural de partidos y organizaciones políticas y la separación e independencia de los poderes públicos”.
Manipular los mecanismos de la democracia para suplantarla y detentar indefinidamente el poder con “elecciones controladas en las que el pueblo vota pero no elije”, es la metodología del socialismo del siglo XXI o castrochavismo. Sin ninguno de los elementos esenciales de la democracia, amañando elecciones que no son “libres y justas” son las “dictaduras electoralistas” de Bolivia, Venezuela y Nicaragua. Ni los pueblos ni la comunidad internacional pueden aceptar nuevamente el fraude institucionalizado.
Dictadura electoralista es “el régimen que por la fuerza o violencia concentra todo el poder político en una persona o en grupo, que reprime los derechos humanos y las libertades fundamentales y utiliza las elecciones como medio de simulación y propaganda para mantenerse indefinidamente en el poder”. Sistema autoritario, tiránico o totalitario con elecciones.
Las elecciones en democracia deben ser “libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo”. Estas características deben concurrir y coexistir con los otros “elementos esenciales de la democracia” -contenidos en la Carta Democrática Interamericana- que son “el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales, el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho, un régimen plural de partidos y organizaciones políticas y la separación e independencia de los poderes públicos”.
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Cada cierto tiempo a la derecha española le asalta una crisis de identidad que hace aflorar agónicas reflexiones sobre su centrismo. En los primeros años de la Transición, Fraga se sintió despojado del centro sobre el que había teorizado en las postrimerías del franquismo con la vista puesta en el final del régimen. La gran operación política de Adolfo Suárez creando la Unión de Centro Democrático como pivote de la reforma democrática, desplazó a Fraga y a la Alianza Popular que él fundó hacia un espacio de derecha minoritaria que, paradójicamente, sobrevivió a UCD y ofreció la estructura orgánica y el recambio generacional necesario desde el que acometer la refundación del centro derecha bajo las nuevas siglas del Partido Popular. Sobre estas bases, fue José María Aznar el que lideró la integración de todo lo que estaba «a la derecha de la izquierda», culminando con éxito una tarea decisiva que despegó en el congreso de Sevilla, en 1990, precisamente bajo el lema Centrados en la libertad.
primera experiencia de gobierno del PP a partir de 1996, se produjeran grandes conflictos entre política y gestión. Hubo de las dos, y en las dosis necesarias para formular y desarrollar una alternativa al socialismo que encontró apoyo electoral creciente. La crisis de identidad centrista regresa al PP tras la derrota de 2008. Se intentó resolver en el congreso de Valencia en el que Mariano Rajoy hizo una reinterpretación de lo que significaba ser de centro –el centro como voluntad de serlo– pero precedida por la insólita invitación a liberales y conservadores del PP a abandonar el partido y buscar otros aires. Parece que algunos terminaron por hacerle caso.
¿Cuándo surgió el primer pensamiento sobre la libertad? No lo sabemos con certeza. ¿Quién pronunció por primera vez en la historia la palabra libertad? Tampoco lo sabemos. Ama-gi es el más antiguo grafismo conocido de la palabra libertad y proviene de una tablilla de yeso escrita en el año 2300 A.C. en la ciudad- Estado de Lagash (Sumeria).
Kristian Niemitz, Head of Political Economy at the IEA, wrote a book last year in which he explores the reasons why the idea of socialism persists as a viable economic system. In “Socialism: the Failed Idea that Never Dies” Niemitz notes that whenever real-life events demonstrate, yet again, that socialism, in all its guises as an economic system, simply doesn’t work, its ever-faithful adherents in the West declare that what failed wasn’t “real socialism”.