La independencia de Cuba en 1898 fue el desenlace de una larga epopeya marcada por el ESFUERZO BÉLICO DE LOS CUBANOS, quienes durante tres guerras prolongadas demostraron que la libertad era un destino irrenunciable. Ese sacrificio sembró un precedente glorioso en la historia nacional. Sin embargo, el triunfo final no puede entenderse sin la intervención de Estados Unidos, que con la Resolución Conjunta aseguró que Cuba sería libre e independiente. De este modo, se diferenciaba claramente el destino cubano del de Puerto Rico, donde la monarquía española había intentado replicar el modelo canario de autonomía, y del de Canarias, que ya gozaba de un régimen especial dentro de España. La Corona pensó que esa fórmula podía exportarse al Caribe como solución política, pero en Cuba resultó inviable frente a la insurgencia y en Puerto Rico quedó anulada por la ocupación norteamericana.
El contexto interno explica la fragilidad de la república naciente. Cuba era un país con baja urbanización, escasa alfabetización y sin tradición de autogobierno. Los cubanos nunca habían ejercido el poder estatal y el primer mandato presidencial ya enfrentó tensiones que derivaron en un conato de guerra civil. En ese escenario, la intervención estadounidense fue decisiva en términos prácticos: evitó el colapso institucional y brindó un marco inicial de estabilidad. Pero más allá de lo militar, el aporte más duradero fue ideológico. El modelo republicano, democrático y liberal emanado de la Revolución estadounidense ofreció a los cubanos un horizonte de modernidad y pertenencia a la constelación de repúblicas americanas. Más allá de las consideraciones debatidas, la independencia se hubiera conquistado de todas formas, pero bajo el influjo del ejemplo norteamericano de progreso, libertad y bienestar.
Hoy, el escenario es sustancialmente distinto. La Cuba del presente no es la Cuba de finales del XIX. La sociedad esta urbanizada, con niveles de instrucción y experiencia en organización social, aunque bajo un régimen totalitario. Por ello, la transición hacia la democracia no puede depender exclusivamente de una intervención militar externa, sino de la lucha cívica noviolenta, capaz de formar ciudadanos conscientes y de construir instituciones legítimas desde dentro. La filosofía de la noviolencia ofrece un camino más sostenible: la democracia que nace de la acción ciudadana tiene mayor legitimidad y arraigo que la impuesta desde fuera.
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He estado pensando en San José como referente
Entre cacerolazos y circo, así estamos viviendo hace días, con la miseria de los apagones, la falta de comida, la basura que nos envuelve y unas flotillas que llegan con argumentos de solidaridad, gestos de cercanía con niños que se convierten en falta de respeto, y fotos que nos exponen sin permisos.