La neurocientífica Leor Zmigrod pionera de la nueva ciencia de la neuro política, parece haber identificado, por fin, los mecanismos que dan forma a las creencias políticas, sociales y religiosas en el ser humano.
En su libro más reciente El cerebro ideológico (2025), postula cómo las creencias radicales o ideologías, no solo afectan la arquitectura neuronal y moldean la manera en que se percibe el mundo a nuestro alrededor, sino que transforman por completo el cerebro.
La científica, educada en universidades del Reino Unido, Alemania y Francia, revela el por qué algunas personas se fanatizan y de cómo las ideologías radicales programan el cerebro.
El pensamiento dogmático
El método Zmigrod combina la neurociencia con la psicología y la filosofía y explica el cómo, la razón por la cual algunos individuos son más propensos al pensamiento rígido y dogmático, tendría una raíz genética.
El resultado de su estudio es un llamado urgente a cultivar una mente flexible, informada y resistente frente a las ideas que buscan imponerse sin matices. Se trata, además, de una lectura esencial para entender el auge de la polarización y del extremismo en nuestra sociedad.
| «El cerebro ideológico» explora cómo las ideologías transforman nuestra arquitectura neuronal, revelando por qué algunas personas son propensas al pensamiento dogmático y cómo podemos cultivar una mente flexible. |
Nuestras ideas políticas dependen de la forma de nuestro cerebro, señala el Dr. Zmigrod, quien también ha estudiado las conexiones entre la biología y la ideología. En su libro ilustra la intersección entre la neurociencia y la política, analizando cómo las ideologías afectan la cognición y la biología humana. Investiga, además, la susceptibilidad de los individuos a las ideologías extremas y cómo estas pueden moldear su conciencia y su comportamiento.
Esta obra subraya la importancia de comprender el impacto de las ideologías en la salud mental y la libertad personal. Tener una mente enfocada en una sola cosa puede generar comodidad, pero las creencias obsesivas pueden llegar a poseernos.
El temor y la incertidumbre son un peligro real para la libertad en una sociedad. El ser humano que no piensa por sí mismo, absorbe las convicciones ideológicas con vigor y anhela la seguridad que proporciona un sistema que le diga cómo pensar y qué hacer.
Las emociones peligrosas
Los experimentos de Zmigrod comenzaron durante el referéndum del Brexit en el Reino Unido y las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos. Utilizando un método llamado Test de Clasificación de Tarjetas de Wisconsin, rastreó cómo respondían las personas en el estudio, cuando estaban sujetos a un cambio repentino y arbitrario en las reglas. También llevó a cabo estudios sobre la amígdala cerebral, la estructura en forma de almendra en cada hemisferio del cerebro que procesa las emociones, como el miedo y el asco.
Zmigrod fue ponente en el Hay Festival y en TEDx, y sus investigaciones han sido publicadas
en medios de comunicación como The New York Times, The Guardian, Financial Times y New Scientist. Es asesora de legisladores de las Naciones Unidas, del gobierno británico, del estadounidense y de varias organizaciones internacionales. Está incluida en la lista “Forbes 30 Under 30” de ciencia y ha sido galardonada por el Women of the Future Science Award y el Glushko Prize.
La joven científica y escritora afirma que con su estudio busca la honestidad intelectual. Según ella, los ideólogos tienden a ser cognitivamente rígidos. Su resistencia a cambiar de opinión les hace lentos para adaptarse a nueva información que desafíe sus creencias. Y cita investigaciones realizadas por la psicóloga Else Frenkel-Brunswik, quien huyó de Austria durante la Segunda Guerra, después de la anexión por parte de Alemania. Al instalarse en Berkeley, California, Frenkel-Brunswik se propuso averiguar el papel del etnocentrismo en el comportamiento fascista.
La justificación de la opresión
Frenkel descubrió que los padres que fomentaban la imaginación y la empatía, promovían la flexibilidad cognitiva de sus hijos. Por el contrario, los padres que imponían su autoridad, producían hijos pasivos agresivos. Para estos niños, “todas las relaciones son desiguales y, por naturaleza, abusivas” y generalmente son los mismos que después, repetían la rigidez en sus propios hogares. En su programación, el sadomasoquista idolatra a un padre estrictos. Esa adoración es una forma de “justificar sus propias opresiones, la militarización en su imaginación y en sus deseos”.
Pero Frenkel-Brunswik notó algo inesperado. Los niños criados en hogares autoritarios mostraban señales tanto de “desintegración como de rigidez”. Sentían fascinación por el caos, los trastornos y la catástrofe. Exigían orden al mismo tiempo que fetichizaban el desorden.
En sus experimentos, Leor Zmigrod encontró algo parecido. Reunió 300 estadounidenses que respondieron un cuestionario sobre sus visiones ideológicas del mundo y participaron en un videojuego que medía decisiones tomadas en fracciones de segundo. Los participantes dogmáticos tenían dificultad para ensamblar la evidencia perceptual de forma eficiente, pero no aceptaban que eran pensadores lentos.
“La maquinaria cognitiva inconsciente de bajo nivel de una persona dogmática es más lenta”, anota Zmigrod, pero sus personalidades autoconscientes de alto nivel hacen que tomen decisiones impulsivas y que disfruten destruyendo el sistema. Es esta temeridad lo que distingue al extremista, radical o fanático, del individuo cauteloso.
La ideología denigrada
Leor Zmigrod cree que la comprensión popular de lo que es una ideología se ha vuelto demasiado ideológica. Pone como ejemplo la experiencia del conde Antoine Louis Claude Destutt de Tracy, un noble encarcelado durante la Revolución Francesa que acuñó el término “ideología” para referirse a lo que esperaba sería una ciencia legítima que usara métodos objetivos para determinar cómo los humanos generan creencias.
Los ideologistas originales esperaban una sociedad que enseñara a los individuos a pensar de forma crítica. Sin embargo, el planteamiento de Tracy fue ridiculizado por sus detractores, como Napoleón Bonaparte y Karl Marx y otros promotores de la noción de identidad colectiva.
El término Ideologiste dio paso a idéologue, una transformación lamentable, de acuerdo con Zmigrod. La connotación real de lo que es “ideología” —el estudio desapasionado de las creencias— se ha perdido con el tiempo, y ahora transmite lo opuesto: un compromiso apasionado con las creencias.
Una buena noticia es que existe una forma de liberar o desprogramar el pensamiento dogmático, y aprender a conocer nuestra apertura (o resistencia) al cambio a través de una simple tarea cognitiva. En El cerebro ideológico, su autora ofrece una vía para el crecimiento personal y colectivo: aprender a detectar nuestros propios prejuicios y empezar a resistir las normas irracionales, para abrazar la ambigüedad como signo de libertad mental. Esa desprogramación, similar a la que se lleva a cabo con las víctimas de cultos, es una terapia psicológica, accesible y productiva en la actualidad.
“La persona no ideológica aspira a la humildad intelectual, manteniéndose siempre abierta a actualizar sus creencias a la luz de evidencia creíble y equilibrando una dosis saludable de escepticismo ante las prácticas creadoras de mitos”, escribe Zmigrod.
En la frase final de su libro, la neurocientífica aboga por el día en el que podamos pensar con una mente libre de ideología y creencias falsas. Sería una señal innegable de que estamos progresando emocional y políticamente.

Gloria Chávez Vásquez es escritora, periodista y educadora. Es autora de las colecciones de cuentos: Crónicas del Juicio Final, Depredadores de Almas y Caliwood, y su libro mas reciente, Mariposa Mentalis, están disponible en Amazon.com, Buscalibre y Verbum.com, entre otros. Reside en Estados Unidos.
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