He estado pensando en los signos de muerte y de esperanza
Tengo la sensación de que, para este pueblo, el paso del 2025 al 2026 ha sido un momento emotivamente contradictorio y, a la vez, comprensiblemente lógico. Dejamos atrás un año marcado por signos de muerte que no sólo nos vienen acompañando desde hace mucho tiempo sino que se han agudizado a lo largo del año que ha terminado: la muerte de la luz, de la higiene en las calles, de la salud pública, de la vida digna, de la alimentación adecuada… la muerte de la libertad, de la alegría, del deseo de vivir en esta tierra.
Pero estas muertes parecen haber dado nueva vida a la esperanza. Nunca como ahora hemos sido un pueblo tan hundido, tan maniatado y tan reprimido, y nunca como ahora hemos comenzado el año con la esperanza de que esta pesadilla termine. Nunca como ahora nos hemos felicitado en la última noche de diciembre deseándonos que este sea EL AÑO: el año de la libertad, el año del cambio.
Es verdad que no sabemos cómo podría ser. Ciertamente no esperamos que el cambio arranque de las esferas dirigentes del país. Hace ya casi 70 años una familia tomó el control de la nación y la ha manejado como a su finca personal, ayudados por aquellos a los que esa familia quiso elegir y aquellos a los que decidió dar poder, un poder que, sin embargo, mantiene controlado, para retirarlo cuando lo prefiera.
Durante todos estos años, entre promesas vacías, mentiras repetidas y brutalidad represiva, han controlado la finca, y han ido ahogando todo intento de cambio, de diálogo, de disidencia, mientras la finca se volvía cada vez más improductiva e invivible para todos excepto para ellos. Hemos entrado a un año nuevo, pero con cargas viejas: las cargas del cansancio y el hartazgo.
Estamos hartos de esta no-vida, de promesas vacías y de las burlas continuas a nuestra inteligencia; estamos hartos de pasar tanto trabajo para nada, de tanta escasez y miseria; estamos hartos de la ausencia de nuestros hijos presos o emigrados; estamos hartos de que pedir libertad y expresarse públicamente sean un delito, de ser continuamente amenazados y acosados; y estamos hartos de vivir con miedo.
Estamos hartos de la destrucción de nuestras familias, de los ataques a la labor de las iglesias, de las trabas a todo intento ciudadano de mejorar la economía. Estamos hartos de ser una finca, de ser esclavos en nuestra propia tierra, de arrastrar la existencia y ver volverse nada nuestra única vida.
Y no deja de parecer contradictorio cómo la muerte puede generar tanta vida, pero lo cierto es que toda esta muerte que hemos venido cargando durante años ha vivificado la esperanza: la esperanza de que pase algo que devuelva la luz a esta tierra o la esperanza de que entendamos que entre todos tenemos que hacer algo para traer nosotros mismos la luz a esta tierra.
He estado pensando en los signos de muerte y de esperanza
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