Podemos no divide a la sociedad
sino que coloca fuera de ella
a quienes considera sus adversarios,
de forma que contradice el pluralismo democrático
y en ese sentido preciso es totalitario
El análisis más común de la estrategia de Podemos señala como su acierto básico el haber trazado un nuevo eje de comprensión y definición políticas y, consecuentemente, haber imaginado una nueva forma de definir al antagonista. Si hasta ahora ese eje utilizaba categorías relacionales cargadas de ideología, tales como izquierda/derecha o progresismo/conservadurismo, el nuevo discurso habría tenido la fuerza para imponer al imaginario de la sociedad española una frontera distinta: la que separa la gente/la casta, una divisoria en la que de un lado cae la ciudadanía normal, plebeya o decente (la nueva política) y, de otro, los privilegiados o corruptos que sólo merecen reproche moral y expulsión como residuo político (la vieja). Estaríamos no más ante una exitosa aplicación de la teoría política del discurso de Laclau y Mouffe ayudada, desde luego, por la coyuntura de una indignación social difusa contra la política normal.
Este análisis es correcto pero insuficiente. Pone de relieve las razones del éxito funcional del discurso y su rentabilidad política inmediata, pero no avanza en definir más objetivamente la naturaleza de esa propuesta, ni tampoco las consecuencias a que ésta conduciría a medio plazo si Podemos se hiciera con una mayoría gubernamental. Es cierto que en la teoría del discurso no tiene mucho sentido remitirse a una objetividad situada fuera del mismo discurso (hors du texte), pero en términos politológicos más clásicos sí es posible indagar en la naturaleza de la propuesta que encubre el discurso. Y, a nuestro juicio, esa propuesta es en términos políticos marcadamente totalitaria, por mucho que no lo sea con los rasgos de los totalitarismos clásicos del siglo XX.
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