
He estado pensando en el efecto del tiempo
Pasan los días, los meses, los años, y el tiempo implacable nos sumerge sin pausa en una espiral aparentemente interminable. Una espiral hecha de oscuridad, de miseria, de dificultad continua, de libertad ausente y sueños rotos. Y nos hundimos sin poder evitar que resuene la pregunta de siempre: “¿Hasta cuándo?, ¿hasta cuándo?, ¿hasta cuándo…?”.
Ha sido muy largo: largo el sufrimiento, larga la destrucción, largo el cansancio. Y sin embargo, la excesiva duración de esta pesadilla puede que nos deje una gran bendición: la bendición del “nunca más sobre esta tierra”. Porque no hay mejor filtro que el tiempo.
Si Fidel Castro hubiese muerto en la Sierra Maestra, y con él hubiese muerto la idea de la “Revolución cubana”, muy probablemente habríamos salido de la dictadura de Batista y hubiésemos restaurado la democracia, pero Fidel habría quedado en nuestra mente como la gran promesa de una Cuba mejor. Hoy lo veneraríamos, lo tendríamos por poco menos que un santo. Y ante cada problema social, ante cada injusticia, ante cada atisbo de miseria, hubiésemos movido la cabeza diciendo: “Si Fidel no hubiese muerto, esto no habría pasado”, “si Fidel hubiese triunfado, este país sería una maravilla”.
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