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Doctrina Social Cristiana

Precursores de la Doctrina Social de la Iglesia

Written by christianhumanism.us on 04 July 2026. Posted in Doctrina Social Cristiana.

Destacamos a dos pensadores, Luigi Taparelli SJ y Wilhelm von Ketteler, que fueron los que tuvieron la mayor influencia inmediata en la formacion de los conceptos sociales católicos que se cuajaron en las primeras encíclicas sociales.  Ellos dos fueron practicamente contemporáneos y vivieron en distinto países, así que luce que desarrollaron sus ideas independientemente, pero basados en el mismo fundamento principal de los escritos de Santo Tomás de Aquino.

Luigi Taparelli SJ

Durante la década de los 1820's, el filósofo jesuita Taparelli fue rector y profesor del seminario jesuita en Roma.  Entre sus estudiantes estuvieron Matteo Liberatore SJ y Vincenzo Pecci, el futuro Papa León XIII,[1] autor de la primera encíclica social Rerum Novarum. Matteo Liberatore SJ escribió el  manuscrito final de esta encíclica.[2]

En su principal obra, Ensayo Teórico de Derecho Natural Apoyado en los Hechos, Taparelli trata de revitalizar la filosofía moral de Santo Tomás y sus discípulos, tratando de exponerla a "la luz de la evidencia."[3] Aquí vamos a analizar nada más que algunos puntos de este largo documento, los que son los más relevantes a las encíclicas. Taperelli reconoció que el escribía para filósofos,[4] y sus argumentos son complicados, pero pueden ayudar a fundamentar los principios.

La Justicia Social

Taparelli desarrolla su pensamiento social partiendo de un análisis de la naturaleza humana y de su contexto social, y establece que el orden en la sociedad requiere que se respeten una serie de derechos y deberes recíprocos.   Su contribución más reconocida es el haber sido el primero en usar el término de "justicia social," aunque el no ofrece una definición concisa:

La justicia social es para nosotros justicia entre hombre y hombre... es decir, del hombre considerado cuanto a las solas dotes que entran en la idea de humanidad, del hombre considerado como animal racional. Considerado bajo este aspecto, es claro que entre hombre y hombre la relación que media es de perfectísima igualdad... De donde tengo que concluir que la justicia social debe igualar de hecho a todos los hombres en lo tocante a los derechos de humanidad...

Por tanto, si se atiende a la sola razón de humanidad, todos los hombres tienen igual derecho a hacer las obras que reputen mejor ordenadas a su propio bien, y nadie puede impedirles que las hagan, ni contradecir el derecho de los otros, sin pecar contra el orden de justicia de que depende este derecho... Todo hombre puede por tanto emplear cuantas fuerzas ha recibido en procurar su verdadero bien, esto es, el bien ordenado mientras no toque al derecho de otro.[5]

Asociaciones

Taparelli afirma que la manera mas propicia de fomentar el bien social es en la cooperación a través de asociaciones: "Así los literatos forman academias para hallar el bien mediante el estudio hecho en común; los  especuladores fundan sociedades de comercio esperando el bien por medio de un lucro común; los cónyuges la sociedad marital buscando el bien por medio de su mutuo auxilio y de la propagación de la prole."[6] Dado que se busca el desarrollo personal, las asociaciones tienen que ser limitadas en tamaño, para que cada individuo pueda contribuir y ser ayudado:

De donde resulta ser una necesidad de la misma naturaleza la división orgánica de las grandes sociedades en consorcios menores, pudiéndose demostrar con el mismo raciocinio que si los consorcios menores contuviesen tal número de asociados, que superase con las necesidades las fuerzas de uno solo empleado en remediarlas, deberían a su vez de dividirse en otros grupos, siguiendo así en descenso hasta llegar a un número que permita a una sola inteligencia conocer plenamente las necesidades de todos y proveer facilmente a su remedio con aquellos auxilios externos que la sociedad está destinada a prestar.[7]

Lógicamente, esto requiere una función subsidiaria entre las organizaciones, que se conoce en filosofía social como el "Principio de Subsidiaridad." Este principio ha sido expresado de muchas formas a través de los siglos. Entra en las encíclicas a través de estos dos precursores, pero von Ketteler lo expresa más claramente como veremos más adelante. Taparelli explica:

La autoridad suprema conoce solo necesidades del todo... Pero cuando se trata de aplicar estas disposiciones universales dentro de las sociedades menores a los individuos que hacen parte de ellas, esta aplicación individual puede hacerla mejor quien mejor conoce los individuos, y está en contacto con ellos... La acción del supremo ordenador será tanto mas eficaz y suave cuando pase a los inferiores por manos de la autoridad subalterna: es así que dicha acción debe ser todo lo más eficaz y suave que sea posible.[8]

Sobre Salarios

En otro libro de  aplicación social más directa, Taparelli critica el uso exclusivo de la oferta y demanda para determinar los salarios:

Los economistas nos dicen que los valores se determinan en el comercio por la oferta y la demanda; y con este principio... aplicándolo a los brazos del pobre, han reducido al proletario al extremo de la opresión, disminuyéndole el salario a proporción que crece la miseria, pues cuan más miserable es el artesano, tanto más obligado se ve a ofrecer sus brazos a ínfimo precio. ¿Pero es esta una medida justa del trabajo? Fácil es comprender que un católico se guiará por otros principios...[9]

El propone que se aplique a esto la enseñanza de Jesús ("Traten a los demás como quieren que ellos los traten ustedes", Lucas 6:31):   "El que compra los brazos del artesano se los pagará al precio que racionalmente quisiera para si mismo; es decir, de tal manera que sea suficiente para el sustento de un hermano, según el antiguo valor de esta palabra."[10] Y recuerda a Santo Tomás sobre el uso social de los bienes: "el rico, respecto de Dios, es más bien depositario que propietario de las riquezas."[11]


Wilhelm von Ketteler

Wilhelm von Ketteler nació en Alemania de una familia de la nobleza, y fue obispo de Mainz de 1850 a 1877. Antes de entrar al sacerdocio, Wilhelm recibió un título de Leyes de la Universidad de Berlín. Su vocación sacerdotal estuvo motivada desde el principio por su compasión por los pobres.[12] El fue obispo durante el proceso de industralización que en Alemanía se desarrolló más tarde que en Inglaterra, y como en otros paises, dejó a las multitudes de trabajadores en una situación de penuria extrema, con horas excesivas de trabajo y sin protección alguna. Como obispo, el fundó numerosas insituciones benéficas y escuelas vocacionales para los pobres. También apoyó la fundación de organizaciones de trabajadores, asistiendo frecuentemente a sus reuniones[13] y participó en la vida política.

Von Ketteler publicó un número de folletos y libros cortos sobre temas sociales, todos de gran influencia. La mayoría de estas obras fueron creadas en un contexto pastoral, así que esto las hizo propicias para ser usadas de una forma relativamnete directa en las enciclicas. El Papa León XIII reconoció su deuda al obispo alemán, sobre el cual dijo “fue mi gran precursor,” y “de él fue que aprendí.”[14] En varios de sus documentos, el obispo expuso la tragedia del trabajador industrial:

“El trabajo humano se ha relegado al estado de mercancía, estando sujeto a las reglas que gobiernan las mercancías… la oferta y la demanda." Los empleadores preguntan '¿Quien trabaja por el sueldo más bajo?'... “Los trabajadores, desesperados por trabajar, aceptan un honorario que no es suficiente para cubrir las nececidades mínimas de el y su familia. Eventualmente esto quiere decir que el trabajdor y su familia carecen de lo que es absolutamente necesario para vivir como seres humanos, como comida, ropa y alberge.”[15]

El Derecho a la Propiedad Privada

En su primer sermón sobre los problemas sociales, von Ketteler expresó claramente el concepto católico de la propedad privada, basado en las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino.

El concepto de de la propiedad de la Iglesia Católica no tiene nada en común con la visión prevalente que considera al hombre como señor absoluto de todo de lo que es dueño... Cuando la Iglesia defiende el derecho a la propiedad, siempre mantiene los tres elementos esenciales de este derecho:

  1.  Sólo Dios es el dueño absoluto de todas las cosas;
  2.  El ser humano tiene tan sólo un derecho restringido al uso de las cosas creadas;
  3.  En el uso de las cosas creadas, los seres humanos tienen que considerar el orden que Dios estableció para el universo...

Los ricos se indulgen en la satisfacción de todos sus caprichos, indiferentes a la tragedia de sus semejantes de menos suerte, que a menudo carecen de las necesidades básicas. En este caso el rico le esta quitando a su hermano las cosas que el Creador designó que tuvieran.[16]

Esto no quiere decir que Santo Tomás o von Ketteler propongan la propiedad solo en común, como en el comunismo:

Santo Tomas escribió que la propiedad privada es la unica forma de mantener el orden necesario para la la administracon eficiente de los bienes terrenos... El comunismo es un pecado contra la naturaleza. Enmascardo como una solución humanitaria solo trae miseria ya que destruye el incentivo y el orden.[17]

Pero los dos mantinenen que que el propietario, como admistrador  o mayordomo, "tiene que estar dispuesto a compartir los frutos con los necesitados."[18] Y esto es "independiente de como se ejercite el derecho a la propiedad," [19] y no es una obligacion de caridad sino de justicia, debido a que el derecho a suplir las necesidades es superior a otros usos.

Principios de la DSI - Estructura

Principio de Subsidiaridad

Una de las contribuciones mas importantes de von Ketteler fue la más clara formulación de lo que se conoce come el principio de subsidiaridad, aunque el no usó este término:

Yo no miro al estado como una máquina, sino como un organismo vivo con miembros vivos, en el cual cada miembro tiene sus propios derechos y su propia vida libre. Estos miembros son los individuos, la familia, la comunidad. Cada miembro inferior tiene libertad de acción en su propia esfera, y disfruta de completa autonomía. Tan solo cuando el miembro inferior del organismo no está en posición de lograr sus metas por si solo, de resolver un peligro que amenaza su desarrollo, tiene entonces el miembro superior que tomar la responsabilidad, y el miembro inferior tiene que concederle al superior la porción de su libertad que se necesite para lograr las metas.[20]

En términos sociales o políticos, este principio afirma que es preferible tratar de resolver los problemas al nivel inferior, o sea, al nivel individual o local, antes de llevar el problema al nivel superior estatal o federal. Von Ketteler desarrolló esta definición en el contexto de su lucha contra la campaña de dominación del canciller Otto von Bismark. En términos sociales o políticos, este principio afirma que es preferible tratar de resolver los problemas al nivel inferior, o sea, al nivel individual o local, antes de llevar el problema al nivel superior estatal o federal. Este gran principio práctico busca la darle al individuo o a las  comunidades más pequeñas la mayor libertad de acción o autonomía que sea práctica y coloca las soluciones a los problemas en su nivel más inmediato, donde mejor se entienden, pero recurriendo a niveles superiores cuando sea necesario. Esto también ayuda al individuo a desarrollar mayor sentido de responsabilidad y creatividad, facilitando su crecimiento moral como persona.

Responsabilidades de la Iglesia y del Estado

El obispo von Ketteler expresó su motivación para predicar sobre problemas sociales, lo que considera ser una obligación de la Iglesia:

"Yo creo que tengo el derecho de expresar mis opiniones sobre la condición de las clases trabajadoras, dado a que estamos tratando aquí de las necesidades materiales del pueblo cristiano… Toda cuestión que tenga que ver con aliviar los sufrimientos humanos es por lo tanto esencialmente una cuestión cristiana y religiosa en la cual la Iglesia y todos sus miembros vivientes deben de envolverse intensamente."[21]

Al principio el obispo esperaba que los empresarios católicos oyeran su mensaje y aliviaran la condición de los trabajadores, sin que hubiera intervención del gobierno: “Dios quiere una distribución más justa de la propiedad, pero no por fuerzas externas, sino a través de la reforma básica de las actitudes humanas.” (1848)[22] Pero fue defraudado en esto, y en su última década apoyó el proceso de reformas legislativas.

Vemos aquí al obispo aplicando en la práctica el principio de subsidiaridad. Primero trata de resolver los problemas laborales al nivel de iniciativa privada y motivación religiosa. Como Taperelli, von Ketteler recomienda el uso de asociaciones, sobre todo de trabajadores.[23] Cuando estas iniciativas no son suficientes, acude al nivel superior, o sea el estado, para encontrar la solución necesaria. Vemos este proceso de evolución en sus declaraciones: “El resultado de las leyes inglesas sobre factorías promulgadas entre el 1836 y el 1866 demuestran cuan efectiva puede ser la intervención del estado en esta materia.” (1869)[24] Y finalmente; “El estado tiene que cooperar con legislación sabia.” (1876)[25]

Von Ketteler fue uno de los fundadores de Partido de Centro en Alemania en 1871, de orientación católica, y hasta sirvió brevemente de diputado en el parlamento de Alemania. Con el apoyo de este partido se promulgaron leyes limitando el trabajo infantil y proveyendo el descanso dominical en 1887, seguido por más protecciones del trabajador en 1889.[26]

Solidaridad entre los Empresarios y los Trabajadores

Von Ketteler lamenta la hostilidad tradicional entre los empresarios y los trabajadores y ofrece dos sugerencias y un ejemplo de armonía:

  1.  Un sentido de tradición y lealtad entre los  trabajadores hacia su lugar de empleo.
  2.  Contacto personal entre empresarios y sus  trabajadores.

Hay ejemplos excelentes. Gracias a la actitud del Conde von Laderel, la poblacion trabajdora de 1000 personas en su planta de ácido bórico en Toscanía han sido devotamente leales a su empleador por los 50 anos desde que se fundó la empresa, sin ninguna señal de antagonismo... Las familias de esta comunidad se sienten parte integral de la empresa industrial donde trabajan.[27]


[1] Thomas C. Behr, "Luigi Taparelli D’Azeglio, S.J. and the Development of Scholastic Natural-Law Thought" in Journal of Markets & Morality, Volume 6, Number 1 (2003): 99–115, at 100.

[2] Thomas C. Behr, "Luigi Taparelli and a Catholic Economics" in Journal of Markets & Morality, Vol. 14, No. 2 (2011): 607–611, at 611.

[3] Luigi Taparelli, S.J., Ensayo Teórico de Derecho Natural Apoyado en los Hechos (Madrid: Imp. de Tejado, 1866), Vol I, 4.

[4] Ibid., 9.

[5] Ibid., 183-187.

[6] Ibid., 231-232.

[7] Ibid., 405-406.

[8] Ibid., 415-416.

[9] Luigi Taparelli,S.J., Examen Crítico del Gobierno Representativo (Madrid: Imprenta de el Pensamiento Español, 1867), 274.

[10] Ibid., 275.

[11] Ibid., 276

[12] Edward C. Bock, Wilhelm Von Ketteler, Bishop of Mainz: His Life, Times and Ideas (Washington, DC: University Press of America, 1977), 5-11. [todas las traducciones sobre von Ketteler del inglés al español son mías]

[13] Ibid., 20-25.

[14] Rupert J. Ederer, "Introduction" in The Social Teachings of Wilhelm Emmanuel Ketteler, Bishop of Mainz (Washington, DC: University Press of America, 1981), xi.

[15] Wilhelm Von Ketteler, "The Labor Problem and Christianity" (1864) in The Social Teachings of Wilhelm Emmanuel Ketteler, Bishop of Mainz, 321-323.

[16] Wilhelm Von Ketteler, "The Christian Concept of the Private Property Right (1848) in The Social Teachings of Wilhelm Emmanuel Ketteler, Bishop of Mainz, 12-13.

[17] Ibid., 14, 16-17.

[18] Ibid., 15.

[19] Ibid., 11.

[20] Wilhelm von Ketteler, "Open Letter of Representative to the General National Parliament" (1848) in William Edward Hogan, ed., The Development of Bishop Wilhelm Emmanuel Von Ketteler Interpretation of the Social Problem, (Washinton, DC:Cath. University of America Press ,1946), 260.

[21] Wilhelm Von Ketteler, "The Labor Problem and Christianity" (1864), 309.

[22] Wilhelm Von Ketteler, "The Obligation of Christian Charity" (1848) in The Social Teachings of Wilhelm Emmanuel Ketteler, Bishop of Mainz, 30.

[23] Wilhelm Von Ketteler, "Christianity and Social Democracy" (1877) in The Social Teachings of Wilhelm Emmanuel Ketteler, Bishop of Mainz, 592.

[24] Wilhelm Von Ketteler, "Presentation at the Fulda Catholic Bishop Conference" (1869) in The Social Teachings of Wilhelm Emmanuel Ketteler, Bishop of Mainz, 493.

[25] Wilhelm Von Ketteler, "Religion and the National Welfare" (1876) in The Social Teachings of Wilhelm Emmanuel Ketteler, Bishop of Mainz, 543.

[26] William Edward Hogan, ed., The Development of Bishop Wilhelm Emmanuel Von Ketteler Interpretation of the Social Problem, 214.

[27] Wilhelm Von Ketteler, "Presentation at the Fulda Catholic Bishop Conference" , 483. 

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El Ecumenismo de los Pobres de Espíritu

Written by Gerardo E. Martínez-Solanas on 11 May 2026. Posted in Doctrina Social Cristiana.

El Ser Supremo en la conciencia humanaUna de las condiciones naturales del hombre es su búsqueda de un Ser Supremo hacia Quien experimentamos espontáneamente una atracción íntima, necesaria, inherente... Así vemos cómo el niño muestra una característica tendencia espiritual que le inclina hacia su madre y que se inspira en su amor por ella. Conforme se van desarrollando sus facultades y carácter, esta cualidad natural aumenta en intensidad. Entonces, cabe preguntar: ¿Cuál es la naturaleza de esta atracción tan fuerte que el niño siente hacia su madre?

Esta atracción del niño desde que nace es la auténtica atracción que el Creador ha implantado en la naturaleza del hombre. Es un impulso interior que algunos calificarán de “instintivo”, ¡pero es mucho más! porque es la atracción natural que Dios ha implantado en el alma de toda persona: una atracción a la que llamamos AMOR. En otras palabras, es un reflejo de la atracción sobrenatural que sentimos hacia Dios, una atracción que es inherente en la naturaleza humana y que se ha manifestado en todos los seres humanos desde tiempos inmemoriales. Es un ansia de encontrar algo que echamos de menos, algo que nos falta y que nos llene el vacío de nuestra trascendencia cuando no vemos ni comprendemos cuál es el propósito de existir. ¿Por qué y para qué existimos en este Universo en el que prácticamente no somos nada en nuestra ínfima pequeñez?

En un mensaje reciente de SS León XIV al Congreso Teológico Pastoral sobre el acontecimiento Guadalupano, subraya el Papa que: «los procesos pastorales exigen una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas» y explica que es porque «el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi (semillas del Verbo) presentes en las culturas».

En el sentido de lo que nos dice el Papa, en todas las culturas, incluso en las muchas que fueron animistas y veían dioses y diosas gobernando los distintos aspectos de la naturaleza, de los astros, etc., tenemos que reconocer que siempre, en todas, vemos plantadas esas semillas, es decir, encontramos un auténtico reconocimiento de la existencia de un Ser Supremo. Civilizaciones más avanzadas, como los egipcios, los griegos o los romanos, tenían entre todos sus dioses a un Creador. Entre los romanos, por ejemplo, Júpiter (Zeus entre los griegos) gobernaba a los demás dioses, pero tenía un padre creador, Saturno (o Chronos entre los griegos), que regía el tiempo y, por tanto, que era el origen de todas las cosas.

Por supuesto que el concepto del Ser Supremo varía notablemente entre las diferentes creencias, cada una atribuyéndole características únicas y muchas veces antropromorfas. En el budismo, sirve como guía espiritual, mientras que el hinduismo lo ve como un creador inmaculado que mantiene el orden: Vishnú, la deidad última, que conciben originaria de todas las cosas. El jainismo, otra de las religiones de la India, reconoce también a un Ser Supremo (Ahimsa), que es, a su vez, superior a otras cuatro figuras clave en su jerarquía. Del mismo modo, en varias otras perspectivas filosóficas, el Ser Supremo encarna la esencia de toda la existencia, subrayando su significado a través de múltiples tradiciones espirituales y creencias. Lo encontramos en la filosofía del Yoga Integral que pretende alcanzar la realización de un Ser Supremo, al cual conciben y entienden como una Personalidad Divina, poseedora de un Conocimiento Infinito; de un Poder Infinito. Y lo encontramos incluso en tendencias tan dispares como la Nueva Era que concibe a un solo Dios, aunque lo conciben como una ilusión panteísta en forma de energía cósmica y conciencia universal. Y hasta el Satanismo, en su adoración al demonio, lo ve como un rebelde que se enfrenta al Dios creador.

Luego el fundamento último de toda existencia, la nuestra, la de la Naturaleza, la del Universo, para todas las culturas desde la prehistoria, es el Ser Supremo, quien se manifiesta en la conciencia del hombre como una realidad eterna que trasciende todas las limitaciones. Esa es la semilla de la que habla el Papa León XIV. Por tanto, su mensaje implica que Dios no ha querido revelarse como un ente abstracto ni como una verdad impuesta desde fuera, sino entrando progresivamente en la historia y dialogando con la libertad que ha otorgado a los seres humanos a través de las edades.

Los Católicos ven los errores –algunos muy graves– que plagan todas esas creencias, iluminados por la doctrina del Salvador, Jesucristo, e inspirados por el Espíritu Santo a través de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Los Católicos dan un paso más allá: Proclaman que Dios no es un ser en el universo, Él ES. “Yo soy el que soy”, le dijo a Moises. Y eso es fácil de entender: Dios no tiene nombre porque no hay otro como Él y, por lo tanto, no necesita ser identificado con un nombre. Además, Dios no es solo bueno, Él es Bondad, y nada bueno puede existir sino por Él y a través de Él. Esa es la verdadera concepción de Dios que proclaman los Católicos. Pero reconocen, además, que Dios es Creador de todas las cosas, y por tanto, todos somos sus criaturas. Todos somos hijos de Dios, tanto Católicos, como Protestantes, Budistas, Paganos, etc. Todos somos hermanos. Y Jesús proclamó, como uno de los dos mandamientos principales: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y es ese amor al prójimo lo que nos obliga a respetar las creencias de los demás.

Dios creo al ser humano … y el hombre y la mujer, en el curso de la evolución humana que hemos repasado, llegaron a tener conciencia de un Creador y perdieron su inocencia y pecaron al entrar en conocimiento del bien y del mal. En otras palabras, Dios nos dio el “libre albedrío” para escoger entre esas dos opciones e ir en busca de la luz o caer en la oscuridad eterna. Fue así como el hombre se dispersó por toda la Tierra a través de la historia, desarrollando todo ese tipo de creencias y aberraciones que hemos estado señalando al principio, pero sin perder del todo, como ya vimos, esa íntima convicción de la existencia de un Ser Supremo, un Creador. Podemos afirmar que ha sido así porque el Espíritu Santo está siempre presente en la conciencia humana, aunque NO creamos en Él, aun cuando nos desviemos y estemos apartados del camino de la Verdad y de la Vida Eterna.

Y Dios escogió entonces a un pueblo que en la evolución humana se acercó más a la comprensión monoteísta de un Creador omnipotente. El pueblo judío. Y le dijo a ese pueblo: “Yo soy el que soy”. Y muchos, a los que llamamos “Profetas”, se hicieron eco de las palabras de Dios inspirados por el Espíritu Santo. Escucharon a su conciencia y abrieron el camino cuando anunciaron a través de los siglos la llegada de un Mesías y Salvador. Uno que nos enseñaría que: “Todos somos hijos del Padre y amarás a tu hermano como a ti mismo”.

Ese es el fundamento esencial del Ecumenismo. En las bienaventuranzas, nos invitó Jesús a ser pobres de espíritu. Es decir, a no ser arrogantes; a no rechazar al prójimo, al hermano; a ser comprensivos y tolerantes. En otras palabras, a ser humildes y, por lo tanto, a respetar a nuestros semejantes, sean cuales fueren sus creencias o su personalidad.

Por consiguiente, el ecumenismo de los pobres en espíritu es una forma de comportamiento espiritual basado en la humildad, la conversión del corazón y la dependencia absoluta de Dios para fomentar la fraternidad humana, reconociendo nuestras propias deficiencias y carencias. Es un propósito de unidad cristiana, promoviendo la oración, la santidad y la hermandad humana por encima de las diferencias doctrinales y basado en la primera bienaventuranza: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo 5:3). Significa reconocer la necesidad de Dios y confiar y depender enteramente en él, en vez de pretender ser autosuficientes.

Así lo contempla la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que promueve una forma de unidad que puede entenderse como un "ecumenismo de los pobres de espíritu" o ecumenismo espiritual, centrado en la búsqueda de la unidad cristiana, mediante la cual enfatiza la solidaridad y la opción preferencial por los pobres, unificando a los cristianos en el compromiso de trabajar por el bien común y defender la dignidad humana.

Jesús es el mejor ejemplo de lo que significa ser "pobre de espíritu" porque renuncia a su poder divino para hacerse pequeño y vulnerable entre nosotros, rechazando las tentaciones de poder, vanidad y avaricia que nos enseña a resistir mediante la fe, la Palabra de Dios y la confianza en el plan divino. Nos enseña que el Reino de Dios es de los pobres de espíritu. Están aquellos que tienen el reino de este mundo: poseen bienes y tienen comodidades. Pero son reinos que pasan, se acaban, desaparecen. En este contexto, ser Cristiano y Católico significa conocerse a sí mismo y a Dios y su doctrina, con una profunda comprensión del mundo y sus deficiencias y maldades para poder rechazarlas consciente y coherentemente. Se trata de una postura de mano tendida, pero con una actitud de firmeza en los principios y en la fe.

Es así como la doctrina de Jesús concibe una “Iglesia de los pobres”, es decir, de los pobres de espíritu, que sea un ejemplo de ecumenismo práctico, a menudo llamado "ecumenismo del pobre". Este enfoque proclama el respeto a los que tienen otras creencias para que unidos los Católicos a diversas confesiones cristianas en el servicio y la justicia, basándose en la presencia de Cristo en los marginados y la colaboración en acciones de caridad y dignidad humana, superando barreras doctrinales mediante la acción conjunta, colaboren por el bien de la humanidad. Ecumenismo de la misión: Así lo calificaba el Papa Francisco. quien destacaba que caminar juntos sirviendo a los más pobres es una forma de actuar unidos como hermanos, como hijos de Dios, lo cual es la esencia del ecumenismo. El Papa Francisco solía enfatizar una Iglesia "pobre y para los pobres", pero NO en recursos, sino en espíritu …  y recalcaba que para Dios «nadie está excluido de su corazón, ya que, ante Él, todos somos pobres y necesitados».

Su sucesor, León XIV, nos habla en su Exhortación Apóstolica "Dilexi Te" de «la ilusión de una felicidad que deriva de una vida acomodada que mueve a muchas personas a tener una visión de la existencia basada en la acumulación de la riqueza y del éxito social a toda costa, que se ha de conseguir también en detrimento de los demás y beneficiándose de ideales sociales y sistemas políticos y económicos». Puntualiza también que Dios «se compadece ante la pobreza y la debilidad de toda la humanidad y, queriendo inaugurar un Reino de justicia, fraternidad y solidaridad, se preocupa particularmente de aquellos que son discriminados y oprimidos, pidiéndonos también a nosotros, su Iglesia, una opción firme y radical en favor de los más débiles.» y hace hincapié en todo su mensaje sobre nuestras obligaciones con los pobres.

Por consiguiente, cuando se habla de "Iglesia de los pobres" se está caracterizando a los fieles como "pobres de espíritu", es decir, personas que son ejemplo de humildad, desterrando el orgullo y admitiendo la necesidad de la Gracia y misericordia de Dios en lugar de abrigar una arrogante autosuficiencia y superioridad. Por tanto, la "Iglesia de los pobres" abarca a quienes sienten un auténtico amor al prójimo, revestido de compasión, tolerancia, comprensión, solidaridad y colaboración, así como una dosis generosa de caridad cristiana. Los misioneros, que muchas veces arriesgan sus vidas en lugares remotos, son un ejemplo palpable de esa caridad cristiana en su servicio a creyentes y no creyentes que es fruto de un auténtico amor al prójimo.

El Apóstol Santiago nos dice también en su segunda epístola: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, pero no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta».

En esa notable proclamación que conocemos como "El Sermón de la Montaña", Jesús afirmó: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.» Esto lo identificamos como la opción preferencial por los pobres que realizamos, no por sentido del deber, sino por un sentimiento de agradecimiento por el extraordinario don del amor de Dios. El Católico auténtico que hace suya esta prédica es "pobre de espíritu" porque reconoce que el vacío interior que provoca la vida mundana sólo puede llenarse abriendo el corazón a Dios, consciente de que no se trata de alentar la tristeza ni de renunciar a los recursos materiales sino de esa actitud de corazón abierto al Reino prometido por Jesús con total desapego por los bienes materiales  .

Es así que la doctrina católica y, en particular, su doctrina social nos enseñan que "pobres de espíritu" señala, en pocas palabras, a quienes reconocen su miseria espiritual y la total insuficiencia de sus propias virtudes; a quienes son conscientes de su condición pecaminosa y vacía sin Dios y, por tanto, viven como un "mendigo" de Dios, necesitando su Gracia y perdón. Además, se refiere también a quienes no se apegan a las riquezas o la autosuficiencia terrenal, sino que buscan la riqueza espiritual porque se ven a sí mismos pequeños y necesitados de la misericordia de Dios.

Por consiguiente, esa doctrina nos enseña que tenemos un compromiso de caridad cristiana que demuestre un auténtico amor al prójimo y, en el Nuevo Testamento, vemos múltiples ejemplos de la interacción de Jesús con los más necesitados; pero vemos también que su gestión compasiva, tolerante y solidaria interactuaba en todos los casos, sin excepción, con quienes le suplicaban con humildad, o con los dolientes que se le acercaban con fe, o con los paganos y fariseos que lo consultaban con respeto, como Nicodemo, José de Arimatea o Cornelio. Incluso en la cruz, promete el Paraíso al ladrón arrepentido.

Es esta la enseñanza de todos los tiempos que debemos reconciliar con los problemas de hoy, conscientes de que no basta una indiferente tolerancia. No se trata tampoco de permisividad ni de tolerancia ante el pecado y la maldad, sino de brazos abiertos al prójimo. Brazos abiertos que no juzgan pero que proclaman con firmeza y convicción la virtud frente al pecado.

Un auténtico Ecumenismo de los pobres de espíritu que abra las puertas a un mundo donde reine la fraternidad humana.

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¿Qué significa afirmar que somos una “Iglesia de los Pobres”?

Written by Gerardo E. Martínez-Solanas on 28 December 2025. Posted in Doctrina Social Cristiana.

El Papa Francisco solía enfatizar una Iglesia "pobre y para los pobres", no solo en recursos, sino en espíritu y recalcaba que para Dios «nadie está excluido de su corazón, ya que, ante Él, todos somos pobres y necesitados». Su sucesor, León XIV, nos habla en su Exhortación Apóstolica "Dilexi Te" de «la ilusión de una felicidad que deriva de una vida acomodada que mueve a muchas personas a tener una visión de la existencia basada en la acumulación de la riqueza y del éxito social a toda costa, que se ha de conseguir también en detrimento de los demás y beneficiándose de ideales sociales y sistemas políticos y económicos»(11) y hace hincapié sobre nuestras obligaciones con los pobres.

Cuando se habla de "Iglesia de los pobres" se está caracterizando a sus fieles como "pobres de espíritu", es decir, personas que son ejemplo de humildad, desterrando el orgullo y admitiendo la necesidad de la Gracia y misericordia de Dios en lugar de abrigar una arrogante autosuficiencia. Por tanto, la "Iglesia de los pobres" abarca a quienes sienten un auténtico amor al prójimo, revestido de compasión, tolerancia, comprensión, solidaridad y colaboración, así como una dosis generosa de caridad cristiana. Los misioneros que a veces arriesgan sus vidas en lugares remotos son un ejemplo palpable de esa caridad cristiana que es fruto de un auténtico amor al prójimo.

El Apóstol Santiago nos dice también en su segunda epístola: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta».

En esa notable proclamación que conocemos como "El Sermón de la Montaña", Jesús afirmó: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.» Esto lo identificamos como la opción preferencial por los pobres que realizamos no por sentido del deber, sino por un sentimiento de agradecimiento por el extraordinario don del amor de Dios. El Católico auténtico que hace suya esta prédica es "pobre de espíritu" porque reconoce que el vacío interior que provoca la vida mundana sólo puede llenarse abriendo el corazón a Dios, consciente de que no se trata de alentar la tristeza ni de renunciar a los recursos materiales sino de esa actitud de corazón abierto al Reino prometido por Jesús. Es así que la doctrina católica nos enseña que "pobres de espíritu" señala, en pocas palabras, a quienes reconocen su miseria espiritual y la total insuficiencia de sus propias virtudes, son conscientes de su condición pecaminosa y vacía sin Dios y, por tanto, viven como un "mendigo" de Dios, necesitando su Gracia y perdón. Además, se refiere también a quienes no se apegan a las riquezas o la autosuficiencia terrenal, sino que buscan la riqueza espiritual porque se ven a sí mismos pequeños y necesitados de la misericordia de Dios.

Jesús es un ejemplo de lo que significa ser "pobre de espíritu" porque renuncia a su poder divino para hacerse pequeño y vulnerable entre nosotros, rechazando las tentaciones de poder, vanidad y avaricia que nos enseña a resistir mediante la fe, la Palabra de Dios y la confianza en el plan divino. Nos enseña que el Reino de Dios es de los pobres de espíritu. Están aquellos que tienen el reino de este mundo: poseen bienes y tienen comodidades. Pero son reinos que pasan, se acaban, desaparecen.

En este contexto, ser Cristiano y Católico significa conocerse a sí mismo y a Dios y su doctrina, con una profunda comprensión del mundo y sus deficiencias y maldades para poder rechazarlas consciente y coherentemente. Se trata de una postura de mano tendida, pero con una actitud de firmeza en los principios y en la fe. Así vemos a Jesús conmovido ante los mendigos, los enfermos, los marginados y los pecadores en general, pero con firme rechazo del pecado y la falsedad. Como bien lo subraya SS León XIV en “Dilexi Te” (16),  Dios «se compadece ante la pobreza y la debilidad de toda la humanidad y, queriendo inaugurar un Reino de justicia, fraternidad y solidaridad, se preocupa particularmente de aquellos que son discriminados y oprimidos, pidiéndonos también a nosotros, su Iglesia, una opción firme y radical en favor de los más débiles.» Y más adelante recalca nuestra obligación con los pobres: «Debemos comprometernos cada vez más para resolver las causas estructurales de la pobreza. Es una urgencia que no puede esperar…».

Luego tenemos un compromiso de caridad cristiana que demuestre un auténtico amor al prójimo y en el Nuevo Testamente vemos múltiples ejemplos de la interacción de Jesús con los más necesitados; pero vemos también que su gestión compasiva, tolerante y solidaria interactuaba en todos los casos, sin excepción, con quienes le suplicaban con humildad, o con los dolientes que se le acercaban con fe, o con los paganos y fariseos que lo consultaban con respeto, como Nicodemo, Simón o Cornelio. Incluso en la cruz, promete el Paraíso al ladrón arrepentido, pero ignora a Gestas, que opta por rechazar a Dios en la antesala de la muerte. Y perdona a los que "no saben lo que hacen".

El mensaje es claro: abre las puertas de su Reino a los "pobres de espíritu" e ignora a quienes carecen de esa humildad indispensable y viven centrados en sí mismos. No vemos en las escrituras un solo caso que nos muestre a Jesús atendiendo al exigente o al que aspire al perdón sin arrepentimiento ni un claro deseo de redención. Perdona a la adúltera, pero no pasa por alto su pecado y la conmina: "Vete y no peques más". No hay ni un ápice de permisividad en los ejemplos de Jesús en su misión salvadora; perdona, pero reconoce el pecado y lo combate. No muestra comprensión por el adulterio sino compasión por la pecadora y un auténtico mandato de que rechace el pecado.

Es esta la enseñanza de todos los tiempos que debemos reconciliar con los problemas de hoy. No se trata de permisividad ni de tolerancia ante el pecado y la maldad, sino de brazos abiertos al prójimo. Brazos abiertos que no juzgan pero que proclaman la virtud frente al pecado. Sin arrepentimiento ni un firme propósito de conversión, no hay redención ni es correcta una indiferente tolerancia.

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