Jesús, apenas iniciando su misión, tiene una confrontación con los fariseos. Estos le reclaman que sus discípulos estaban haciendo algo prohibido, arrancar espigas en sábado, y no tiene mejor respuesta que recordarles lo que había hecho uno de sus antepasados y, además, les regala una profunda lección: el ser humano es más importante que cualquier ley, la persona está siempre por encima.
Es imposible no recordar a la luz de este texto del Evangelio, cuántas veces de pequeña escuché que no era justa la ley del embudo, lo ancho para mí y lo estrecho para ti. La justicia es bastante difícil de aplicar, ya lo decía nuestro José Martí: _“ser bueno es fácil, lo difícil es ser justo”._
Los cubanos, en su gran mayoría, estamos sometidos permanentemente a la injusticia. Otros deciden por nosotros, otros piensan por nosotros, otros hablan por nosotros y, cuando algunos se deciden a hacer valer sus derechos, entonces son marginados, burlados, humillados, vigilados, censurados con desconexión telefónica forzada y, lo peor, muchas veces sin posibilidad de defenderse.
En el silencio de un central parado, las máquinas oxidadas parecen recordar tiempos mejores. El olor a bagazo húmedo se mezcla con la frustración de los obreros que, tras décadas de experiencia, saben cómo producir azúcar, pero carecen de lo más básico: combustible, piezas de repuesto y caña suficiente. La zafra azucarera, otrora columna vertebral de la economía cubana, atraviesa una de las peores crisis de su historia.
Cinco años de desplome. Las cifras hablan por sí solas:
En 2019 2020 se produjeron 1,2 millones de toneladas de azúcar.
- En 2020 2021, 816 000.
- En 2021 2022, apenas 473 000.
- En 2022 2023, 350 000.
- En 2023 2024, 250 000.
- En 2024 2025, solo 150 000 toneladas, la peor en más de un siglo.
- Y en 2025 2026, con una meta oficial de 400 000 toneladas, menos de una decena de centrales han arrancado, muchos paralizados por falta de combustible y roturas constantes. El desplome no es coyuntural: es estructural. Los ingenios envejecidos, los cañaverales agotados y la crisis energética han convertido la zafra en un símbolo del fracaso nacional. Los centrales: reliquias de otro tiempo. Salvo los últimos seis o siete construidos después de 1959, la inmensa mayoría de los ingenios que hoy siguen funcionando fueron levantados antes del triunfo revolucionario. Más de seis décadas después, el castrismo no ha sido capaz de renovar ni ampliar de manera significativa su infraestructura industrial. En Villa Clara, el Quintín Bandera arrancó y se detuvo varias veces hasta que finalmente fue paralizado.
La detención de Ernesto Medina y Kamil Zayas es una advertencia a los cubanos menores de 40 años: emigren antes de que la represión los alcance
La Habana/Mi generación ha hecho las maletas. Y los pocos que aún permanecemos dentro de la Isla hemos tenido que aprender otra forma del desgarro: despedir a nuestros hijos. Verlos irse no solo con una mochila al hombro, sino con la certeza de que quedarse implica el riesgo de la mordaza, la pobreza perpetua o la cárcel. Los jóvenes cubanos viven hoy un dilema cruel: permanecer en el país donde nacieron, amordazados y sometidos a una crisis sin fecha de caducidad, o marcharse a territorios donde todo comienza de cero, pero donde al menos se puede hablar sin miedo. El arresto, ayer viernes, de Ernesto Medina y Kamil Zayas, integrantes del proyecto El4tico, es una advertencia descarnada dirigida a los cubanos menores de 40 años: emigren antes de que la represión los alcance.
"Si están viendo o leyendo esto, es porque finalmente encontraron la manera de trancarme, de intentar ponerme la mordaza temporal", dice Zayas en un mensaje escrito antes de su detención y difundido este sábado. "No me arrestan por robar, por agredir, por traficar ni por ningún delito común", aclara. "Me arrestan por el único ‘crimen’ que una dictadura no tolera: atreverse a mirar de frente y decir en voz alta lo que todos notamos: sus faltas garrafales, sus ineficiencias crónicas, sus injusticias sistemáticas y la opresión que aplasta la dignidad de un pueblo entero".
Ese testimonio no es una pieza retórica, sino un acta de acusación. En un país donde demasiados jóvenes están atrapados en las garras del químico, otros pasan las horas sentados en las aceras sin nada que hacer y una mayoría sueña con lanzarse al mar o subirse a un avión que los saque cuanto antes de aquí, estos dos holguineros han optado por el camino más peligroso: quedarse y hablar. Con sus videos han incomodado al poder porque han renunciado al lenguaje cifrado, al miedo y a la autocensura. Frente a una vieja pizarra y con un ventilador que más que aire parece intentar mover la inercia social, Medina y Zayas han conectado con una audiencia harta de consignas y necesitada de relatos pegados a la vida real.