
He perdido la cuenta de las veces que el régimen cubano ha estado "a punto de caer". Lo he escuchado en sobremesas de diplomáticos, en análisis de expertos y en predicciones de pitonisos que cambian de fecha como quien cambia de camisa. Un día era la desaparición física del "máximo líder"; otro, la supuesta fractura "inminente" en las Fuerzas Armadas; luego, el colapso económico definitivo que, ahora sí, no resistiría el castrismo. Y, sin embargo, el país siguió amaneciendo con sus colas, su miedo administrado y su inercia política.
Sin embargo, ahora, a diferencia de otros momentos, esos oráculos podrían tener razón. El descontento ya no es susurro, es conversación de esquina, es bronca en la bodega, es hartazgo en la cola de la guagua. Los registros de conflictividad social y protestas reportados por observatorios independientes describieron un 2025 con cifras de reclamos públicos que van en aumento, un termómetro que apunta a un malestar extendido y persistente.
¿Es este el nivel más alto de descontento desde enero de 1959? Nadie cuenta con un instrumento científico de medición para comparar décadas de silencio forzado, pero sí tengo la convicción de que nunca habían coincidido de manera tan visible tres circunstancias: la precariedad material sostenida, la pérdida del miedo en franjas crecientes de la población, y la ruptura del relato épico oficial que durante años sirvió de anestesia y mordaza.
A ese paisaje interno se le suma ahora un entorno internacional más áspero para las autoridades. La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero pasado ha puesto contra las cuerdas a la cúpula de La Habana y ha reactivado la política de presión desde Washington.
Por eso, cuando me preguntan si el régimen está en sus últimos momentos, no respondo con frases de optimismo desbocado y fuegos artificiales por un cercano final. Digo que el escenario es inédito y frágil, porque el malestar social ha dejado de ser excepción y se ha vuelto acto cotidiano; porque la economía ya no ofrece margen para comprar lealtades a través de prebendas y porque el contexto externo se ha endurecido justo cuando la legitimidad interna del sistema parece más erosionada.
Los finales, sin embargo, rara vez ocurren como los imaginan los expertos o los profetas. A veces no son un golpe, sino un goteo, un desgaste que conduce a la extinción. En Cuba, la pregunta no es solo cuándo cae el régimen, sino qué país quedará en pie cuando la dictadura termine de derrumbarse sobre nosotros.
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