Es muy curioso comparar las situaciones de los países europeos con los de otros continentes, como América, Asia, África y Oceanía.
La situación de España, a mi juicio, no está bajo enfermedad grave. Puede poner en práctica el "take-off" para ajustarse a la gran coyuntura que se ha venido formando. Su problema está en adaptarse a las normas y principios de la Unión Europea con sus 27 países formando parte en dos grupos: los que están ajustándose a las normas, principios y problemas básicos y por otro lado, las diferencias entre algunos países y el resto de los miembros. Otro principio debe señalar que los gobernantes desde hace 33 años (1978) en que España dio el Gran Cambio al pasar de la dictadura del general Franco (1975+) al país democrático que ya se reclamaba por la época y los deseos del pueblo español en su gran mayoría. Fue el gran cambio a la Democracia Real.
Los últimos meses las Bolsas se han venido abajo, porque el voto bancario y el popular, se han dejado mermar sin tomar las decisiones más inteligentes y poder soportar las nuevas fluctuaciones producto de las faltas de sentido ajustado a la coyuntura económica y política. Desgraciadamente, muchos países están por esa vía y provocaron serias caídas como Grecia, Irlanda (se está compensando), Portugal, Italia y España incluida por lo que he mencionado ya. El partido socialista en el Poder desde hace 7 años y medio no ha retratado la situación distinta y algunos cambios NO fueron fijados por el Gobierno bajo las dos presidencias de José Rodríguez Zapatero. El Siglo 21 exige a los gobernantes un tipo de carácter político para no demorar la identificación y solución global.
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No cabe duda que el derecho a la libre determinación es inalienable para todo pueblo y que la larga y espinosa senda que conduce a la independencia en el caso de los palestinos es ya demasiado larga. Por lo tanto, para muchos puede resultar comprensible en su desesperación el recurso a la violencia como medio para romper las cadenas. No creo necesario para este análisis un recuento histórico en el que cada parte destaca lo que le conviene y tergiversa lo que no, porque basta con poner las cartas sobre la mesa para buscar una solución que se base en la realidad actual. No hace falta anteponer la cuestión territorial que entretiene un debate interminable que se remonta miles de años.