No sé si fue por la fabulosa –y mentirosa– irrupción de ETA en la campaña de Rubalcaba, que a tantas lágrimas de cocodrilo socialista dio lugar, pero tengo la impresión de que la muerte de Gadafi no alcanzó, al menos en España, el relieve informativo que merecía, vistas la importancia del personaje y la forma repugnante en que se produjo.
Gadafi fue entregado a la horda por las potencias a las que sólo interesaba su silencio. Cualquier otra salida, incluso un juicio tan condicionado como el que se le siguió a Sadam Husein, hubiera significado el riesgo de que hablara. De modo que el camino más sencillo consistía en arrojarlo a los leones. Lo vimos en la tele, filmado y fotografiado con los teléfonos móviles de los mismos que lo hacían papilla. Vencido hasta por los años que hasta ese momento final había intentado disimular con tintes y afeites. Destrozado. Literalmente. A puñetazos y patadas y palos. Con furia.
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