Los obreros expulsados en el ocaso del castrismo.

Librado LinaresEl periódico Trabajadores repite la retórica vacía: culpar a Estados Unidos y a la burocracia, mientras se aproxima el 22 Congreso de la CTC. Pero detrás de esas consignas, los obreros cubanos siguen atrapados en un sistema que no les ofrece ni sindicatos libres ni un mercado abierto donde puedan prosperar.

En muchos países, los sindicatos han cedido espacio a la libre contratación, creando un terreno fértil para el surgimiento de pequeñas, medianas y grandes empresas. Allí, los trabajadores asumen la responsabilidad de sus vidas mediante la laboriosidad, el emprendimiento y la innovación. Esa dinámica, aunque imperfecta, abre caminos de autonomía y progreso.

En Cuba, en cambio, el castrismo se queda a mitad de camino: sin sindicatos que defiendan derechos, y sin un mercado que permita emprender. El resultado es pésimo para los cubanos de a pie. La UBPC y la cooperativa pesquera asentadas en el faro Bahía de Cádiz, en Corralillo, son prueba viva de ello: desmanteladas y convertidas en la nada, sus trabajadores fueron expulsados sin garantías, con compensaciones ridículas y condenados al desempleo, al subempleo o la informalidad. Y lo más grave: son un botín de muestra de lo que ocurre en el resto del país, donde cada cierre y cada entrega de activos repite la misma historia de despojo y precariedad.

Los congresos de la CTC no dejan huellas renovadoras. Son rituales de obediencia al partido único, ajenos a las necesidades de los trabajadores. El castrismo es antiobrero por definición: ha maniatado a los obreros, negándoles instituciones y oportunidades. En Cuba, los trabajadores están entre los más desprotegidos y empobrecidos del mundo, y los casos de Corralillo son el símbolo más claro de ese despropósito.

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