He estado pensando… (143)

Padre Alberto Reyes

    He estado pensando en uno de los cimientos del marxismo-leninismo

 Siendo niño, una noche miraba la televisión con mi familia. Ponían una obra de teatro en la cual un grupo de jóvenes bolcheviques se organizaba como un comando revolucionario. Una pareja del grupo había empezado a a enamorarse, y hay un momento en el cual el líder del grupo se lamenta con otro por esa situación. Su razón era: “Se perderán para la causa”.

Esa reacción, colocada en el contexto de aquel grupo que buscaba “el bien para toda la sociedad”, “el fin de la opresión y la injusticia”, hacía ver el ideal de la revolución como el bien supremo ante el cual valía la pena sacrificarlo todo.

Pero mi infancia se fue, y con ella la ingenuidad, y llegó a mi vida ese don que se llama “pensamiento crítico”, que no es otra cosa que aprender a pensar por uno mismo, en lugar de aceptar las ideas de forma automática.

Bajo esta luz, aquella expresión, “se perderán para la causa”, pasó de ser un ideal romántico a una conclusión que me horrorizó y me horroriza: que para el marxismo–leninismo y todos los hijos que ha engendrado, la persona no importa.

No importa su vida, ni su proyecto personal, ni su presente, ni su futuro.

No importa su familia, ni sus hijos, ni sus padres, ni siquiera su pareja. Lo que importa es “la causa”, el ideal de sociedad revolucionaria que, por otra parte, lo único que hace es succionar toda tu energía, toda tu vitalidad, para mantener en el poder a los nuevos amos y para luego desecharte cuando ya no eres útil para la causa. No importa tu vida.

 No importa si mueres. De hecho, la muerte de los 32 cubano caídos en Venezuela es un “más” en una lista demasiado larga.

La lista de millones de cubanos dentro de la isla que por más de 60 años lo han dado todo por la “Revolución”, todo a cambio de nada.

 La lista de miles de muertos que hemos ido dejando aquí y allá, en Argelia, el Congo, Bolivia, Angola, Etiopía, Nicaragua, Ucrania… por sólo citar algunos ejemplos.

Muertos en conflictos totalmente ajenos a nuestra patria. Muertes que significan dolor y soledad para sus familias, porque aquellos que los mandaron a morir desde la seguridad suya y de sus hijos ya no pueden retornarlos, pero tampoco ofrecerán a sus familiares -parejas, padres, hijos- un soporte para llevar una vida mejor.

Los felicitarán por la “valentía” de los que murieron, y se olvidarán de todos, excepto cuando necesiten a “los familiares de los héroes” para un acto de reafirmación revolucionaria.

Y la lista inmensa de personas que se separaron de sus familias para irse de “misión”, para poder ganar un poco más y dar a los suyos una vida más digna, pero que pagaron el precio del daño irreparable a los que querían salvar: matrimonios rotos, padres abandonados, hijos afectivamente heridos para siempre.

 Todo por una “causa” vacía, por una dictadura que se vende como el ideal de los pueblos y te hace sentir un héroe mientras te utiliza hasta el final.

Y ante esto, ¿tenemos alguna defensa? Sí, y es sencilla, se reduce a dos letras: “No”: No entraré en el juego, no me dejaré utilizar, no me pondré en una situación donde puedan manipularme y desde donde luego, sea prácticamente imposible salir.

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