“La mejor victoria es vencer sin combatir.»
— Sun Tzu, El Arte de la Guerra.
C. S. Lewis
El libro sagrado de la India, el Bhagavad Gita, comienza con el príncipe Arjuna, repleto de dudas en pleno campo de batalla. Teme verse obligado a asesinar a sus enemigos, quienes también son sus parientes, y que esa acción impía cargue su alma de pecado. En ese oscuro momento, Krishna, la suprema divinidad, le revela que está obligado a cumplir con su deber de guerrero. Gracias a ese instante de lucidez, Arjuna acepta que, por encima de sus afectos familiares, su misión es restaurar el orden político sin buscar beneficios personales.
¿Está conectado necesariamente el humanismo con el pacifismo, más específicamente a la no-violencia? Al parecer existen casos excepcionales. C. S. Lewis, el autor de Las crónicas de Narnia y pensador cristiano, nos advierte que un buen ciudadano no puede ser absolutamente pacifista. En su extraordinaria obra La abolición del hombre, nos explica que hay momentos en que hay que tomar las armas en defensa de los valores propios de la dignidad humana.
En este punto, es importante aclarar que, a diferencia de un fascista, por ejemplo, un humanista nunca considera a la violencia como el primer recurso, sino el último. Además, el propósito debe ser la paz y la democracia. Si nos detenemos a limpiar los cristales de nuestra caverna particular, descubriremos, de la mano del filósofo Alfred North Whitehead, que la civilización no es otra cosa que la victoria de la persuasión sobre la fuerza.
La fuerza es el reino de la barbarie, un estado de naturaleza donde los hombres se comportan como bolas de billar chocando entre sí por pura necesidad mecánica. La persuasión, en cambio, es el milagro de convertir al adversario en un «otro yo». Lo que pensaba Lewis no está muy lejos del credo de Whitehead, quien sostenía que, si bien la persuasión debe someter a la violencia, en casos extremos, la misma persuasión debe utilizar la violencia legítima para defender a la sociedad abierta.
Los monjes guerreros de la libertad
Comencemos con esa figura tan malentendida: el guerrero que Platón, el autor inevitable en toda reflexión filosófica, describe en la construcción de la ciudad ideal. En su obra La República, postuló una élite militar cuidadosamente educada. Karl Popper interpretó al guerrero como el defensor de un régimen totalitario, y, por tanto, un opresor de su propia población. Por el contrario, Ronald Levinson concibió al guerrero como el perro guardián, y no como un lobo, de una sociedad justa.
En apoyo a Levinson, podemos alegar que el mismo Platón afirmó que sus guerreros deben ser filósofos. No se refiere a que deban llevar un ejemplar de la Metafísica en el morral para leerlo entre bombardeos, sino a que deben ser obedientes a la razón antes que a sus propias pasiones. En otras palabras, deben mostrar la autonomía moral, el control sobre apetitos y emociones. Esto significa ser capitán de su propia alma, tal como reza el poema Invictus.
El proyecto educativo platónico prescribe que se eduque el cuerpo con la gimnasia, para que sea un siervo leal a la voluntad, pero se educa la voluntad con la «música», es decir, las humanidades, para que el corazón no se convierta en una piedra. Un exceso de gimnasia produce gorilas inalcanzables para el argumento racional, mientras que un exceso de música produce debiluchos ensimismados. Por eso, la educación debe equilibrar estos dos aspectos.
C.S. Lewis parece aceptar plenamente esa idea platónica. Llamó «hombres con pecho» a los individuos que poseen el valor de un león y que, a la vez, su voluntad está regida por la opinión verdadera que sostiene que el bien común es superior al capricho individual. Un guerrero humanista es un monje Shaolin que sabe pelear, y, a la vez, es alguien que ve en la violencia el último y más desdichado de los recursos, prefiriendo siempre el camino largo de la diplomacia al atajo del terror.
Desde la mística pervertida al rebelde ético
Aquí es donde el humanismo se encuentra con la mística. Mientras que los «Maestros de la Sospecha», los santos patrones de la posmodernidad: Nietzsche, Marx y Freud, pasan sus días buscando crímenes detrás de cada virtud, el humanista piadoso reconoce que existe un «abismo de luz», del que nos habla Chesterton, que fundamenta nuestra dignidad.
El tirano, por el contrario, rinde culto al abismo de oscuridad. Para el tirano, el lenguaje no es una herramienta de búsqueda de la verdad, sino un arma de manipulación: es la «neolengua» que llama paz a la guerra y fuerza a la ignorancia. El intelectual que se convierte en «orgánico» —ese eufemismo para designar al pensador que ha vendido su alma al César— comete la falacia lewisiana del Bulverismo llevada al extremo: descalificar la verdad del otro atacando sus intenciones para no tener que enfrentarse a sus hechos.
Frente a la aplanadora de la fuerza, surge la figura del rebelde ético. Tzvetan Todorov, en su libro Los insumisos, nos explica que los insumisos son individuos pacíficos que toman partido por la conciencia moral a pesar de que eso ponga en peligro su seguridad personal. El insumiso no es un rebelde sin causa que quema palacios para ver la luz. Más bien, es el hombre justo que, como Gandhi o Mandela, tiene la audacia de decir «no» a la tiranía porque ya le ha dicho un «sí» rotundo a la Verdad.
El insumiso practica la parresia: habla con amorosa sinceridad, aunque el mundo le amenace con la muerte, las torturas o el exilio. Su fuerza no reside en el tanque de guerra que, como dijo Brecht, tiene el defecto de necesitar un conductor que piensa, sino en su integridad moral.
Dos tipos de humanismo
El humanismo ateo de nuestra época, sin embargo, corre el riesgo de volverse un humanitarismo de pura lástima. Sentir compasión por el hambriento es encomiable, pero tratarlo como un objeto de nuestra benevolencia es otra forma de cosificación. Hay que aclarar que la lástima es una forma pervertida de la compasión, y que alimenta esa enfermedad del alma que es el victimismo.
El verdadero humanismo es sinérgico: busca la colaboración creativa en lugar de la dominación bondadosa. Es lo que Gandhi llamó Satyagraha, la «fuerza de la verdad», un poder que no aplasta al enemigo, sino que lo invita a recuperar su propia humanidad.
A menudo se dice, junto con Clausewitz, que la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero Hannah Arendt nos enseñó que la violencia es el fracaso de la política. La política es el espacio del diálogo entre iguales, un ágora donde la persuasión es la reina. En cambio, la guerra es la irrupción del silencio absoluto. Una democracia saludable es aquella que no teme al conflicto de opiniones, el “agonismo”, pero que huye del odio que convierte al vecino en un enemigo a exterminar, el “antagonismo”.
La paz auténtica no es la «paz negativa» de los cementerios o de los estados totalitarios que imponen el monólogo del mausoleo. La paz es, como dijo Spinoza, una virtud y una predisposición para la justicia. Es una creación constante, una aventura del espíritu que se niega a quedar estancada en el pasado. Esta vocación, de perdonar antiguas ofensas y comenzar una nueva amistad, es lo que Arendt llama Natalidad.
Logos más Eros
Tal como expresaba Chesterton, el mundo moderno está lleno de virtudes cristianas y clásicas que se han vuelto locas por estar aisladas. Tenemos científicos que saben cómo fabricar la bomba, pero han olvidado por qué no deberían usarla, e intelectuales que aman a la «humanidad» en abstracto, pero desprecian al hombre concreto que tienen al lado. El desafío de nuestra era es reconciliar el Logos con el Eros, es decir, la aspiración platónica de unir a la inteligencia con el amor.
Lewis nos pudo haber dicho que debemos aprender de la rosa, que no consulta calendarios para ser perfecta, y del niño, que juega porque sabe que las reglas no son una prisión sino la condición de la alegría. Al final, si la historia es una novela que aún no ha terminado, es nuestro deber, al igual que el del príncipe Arjuna, asegurarnos de que el último capítulo no sea un estallido de furia, sino un acorde de armonía donde la persuasión, por fin, ría última sobre la tumba de la fuerza. En conclusión, la paz no es algo que se encuentra, más bien, es algo que se elige.
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** Wolfgang Gil Lugo es un destacado filósofo, investigador y profesor venezolano. Es Licenciado y Doctor en Filosofía (1995) por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y destaca por su trabajo académico, que se centra en la historia de la filosofía antigua (con un fuerte enfoque en el pensamiento de Platón), la metafísica y la evolución de la conciencia.
Nota de la Redacción – Recomendamos que visiten las páginas del número de Mayo de 2026 de la revista Encuentro Humanista, un número dedicado a analizar y reflexionar en distintos artículos y enfoques las consecuencias de las guerras y las circunstancias que en ciertos casos pueden justificarlas.
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