He estado pensando en uno de los cimientos del marxismo-leninismo
Siendo niño, una noche miraba la televisión con mi familia. Ponían una obra de teatro en la cual un grupo de jóvenes bolcheviques se organizaba como un comando revolucionario. Una pareja del grupo había empezado a a enamorarse, y hay un momento en el cual el líder del grupo se lamenta con otro por esa situación. Su razón era: “Se perderán para la causa”.
Esa reacción, colocada en el contexto de aquel grupo que buscaba “el bien para toda la sociedad”, “el fin de la opresión y la injusticia”, hacía ver el ideal de la revolución como el bien supremo ante el cual valía la pena sacrificarlo todo.
Pero mi infancia se fue, y con ella la ingenuidad, y llegó a mi vida ese don que se llama “pensamiento crítico”, que no es otra cosa que aprender a pensar por uno mismo, en lugar de aceptar las ideas de forma automática.
Bajo esta luz, aquella expresión, “se perderán para la causa”, pasó de ser un ideal romántico a una conclusión que me horrorizó y me horroriza: que para el marxismo–leninismo y todos los hijos que ha engendrado, la persona no importa.
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