Revelán responsabilidad de Moscú y La Habana por el daño causado a diplomáticos de EEUU con el "Síndrome de La Habana"

El denominado "Síndrome de La Habana"  —mareos, dolor de cabeza extremo, zumbidos, problemas de memoria y visión— se produjo por primera vez entre diplomáticos en La Habana a fines de 2016 y luego se reportaron en decenas de países más. Se ha revelado que existen dispositivos que demuestran la responsabilidad de Moscú y La Habana en este tipo de agresiones.

 

La CIA analiza dispositivo usado contra diplomáticos americanos en Cuba

 

Se trata del denominado "Síndrome de La Habana".

Informes recientes sugieren que las afectaciones podrían ser causadas por energía dirigida o microondas, y se investiga una posible conexión rusa.

Washington, DC, Ene. 22 (DPnet).– Durante más de un año, el Departamento de Defensa de Estados Unidos ha estado probando en silencio un dispositivo comprado en una operación encubierta que, según algunos investigadores, podría estar vinculado al llamado Havana syndrome (Síndrome de La Habana) y según investigadores federales, podría ser la pieza clave para explicar este misterioso "Síndrome". Se trata de una seria condición debilitante que ha afectado a más de 1.500 funcionarios estadounidenses desde 2016. 

Este hallazgo no es una simple nota al pie en un informe de inteligencia; es la validación tangible del sufrimiento de diplomáticos y personal consular que, durante años, fueron tratados con indiferencia por las mismas agencias a las que sirvieron, negándoles credibilidad. El equipo —adquirido por Homeland Security Investigations (HSI) con fondos del Pentágono y a un costo que fuentes describen como de “ocho cifras”— es una máquina portátil del tamaño de una mochila que emite poderosas ondas de radiofrecuencia.

Según reportes confirmados por fuentes de prensa, el equipo contiene componentes de origen ruso y fue comprado utilizando fondos del Pentágono, mediante una operación encubierta de Investigaciones de Seguridad Nacional (HSI por sus siglas en inglés), una división del Departamento de Seguridad Nacional (DHS por sus siglas en ingles) que colabora de forma estrecha con el Ejército cuando aparecen fuera del país tecnologías que pueden afectar a EEUU. Esta investigación y adquisición encubiertas, han permitido que finalmente se realicen pruebas físicas reales para reproducir los síntomas reportados por las víctimas.

Esos síntomas —mareos, dolor de cabeza extremo, zumbidos, problemas de memoria y visión— surgieron por primera vez entre diplomáticos americanos en La Habana a fines de 2016 y luego se reportaron en decenas de países más. Aunque no todos los casos tienen la misma gravedad, varios funcionarios tuvieron que retirarse con lesiones que describen como permanentes. Médicos que atendieron a algunas víctimas documentaron daños inexplicables en los huesos del oído interno, entre otros síntomas. 

Durante más de un año, tres personas en el Pentágono han estado probando este aparato y los investigadores han demostrado que es capaz de reproducir los efectos devastadores descritos por las víctimas. Esto echa por tierra la narrativa que la CIA sostuvo durante la Administración Biden, cuando se afirmaba en una revisión de enero de 2023 y de nuevo a principios de enero de 2025 que la participación de un gobierno extranjero era "altamente improbable". Marc Polymeropoulos, ex oficial de inteligencia de la CIA y una de las víctimas más vocales tras sufrir daños en Moscú en 2017, ha sido contundente al respecto.

Polymeropoulos señala que la CIA estuvo basando sus evaluaciones en un esfuerzo por demostrar que tal tecnología no existía. Al haberse encontrado el dispositivo, sus suposiciones analíticas quedan, en sus propias palabras, "voladas por los aires". Es aquí donde juega un papel crucial la nueva dirección de la comunidad de inteligencia, bajo el liderazgo de figuras que han prometido actuar con transparencia, como Tulsi Gabbard, Directora de Inteligencia Nacional (ODNI). A diferencia del secretismo y la desidia de años anteriores, Gabbard se ha comprometido a compartir los hallazgos con el pueblo estadounidense y su equipo trabaja sin descanso para no conformarse con información incompleta. 

Aunque el equipo adquirido no es “enteramente ruso”, sí contiene componentes rusos. Para muchas víctimas, eso refuerza una sospecha que sostienen desde hace años: que Moscú y La Habana fueron responsables de los ataques. Exagentes de la CIA han acusado a este organismo de inteligencia de minimizar o “suavizar” irresponsablemente la investigación. 

La existencia de este dispositivo obliga a reescribir la historia reciente y pone el foco directamente sobre los responsables. Ya no se está hablando de meros "incidentes de salud anómalos" y abstractos, sino de un arma. Y si hay un arma, alguien la utiliza. Se plantea también otra preocupación: la proliferación. Si la tecnología es viable y relativamente compacta, más de un país podría llegar a tener acceso a un sistema capaz de provocar lesiones incapacitantes sin dejar rastros claros, lo cual sería un desafío mayúsculo para la seguridad diplomática.

Las investigaciones, incluyendo el trabajo periodístico de "60 Minutes" y las declaraciones del abogado Mark Zaid, apuntan a la Unidad 29155 de la inteligencia militar rusa (GRU). Pero Rusia no actúa en el vacío. Aquí es donde entra en juego el papel cómplice y servil de la dictadura cubana. Los primeros casos no ocurrieron en cualquier lugar; ocurrieron en La Habana, auspiciados por el Estados policial más eficaz de todo el hemisferio. La narrativa de inocencia que Miguel Díaz-Canel ha intentado vender al mundo ha quedado desenmascarada. Cuba no es una víctima; bajo el mando de Raúl Castro y su títere Díaz-Canel, la isla se ha convertido desde hace mucho tiempo en una base operativa vendida al mejor postor, un tablero de ajedrez geopolítico donde la soberanía nacional se negocia a cambio de la supervivencia del régimen.

La contrainteligencia cubana, operando desde Villa Marista, no puede alegar ignorancia sobre lo que agentes extranjeros hacen en zonas de alta seguridad como Miramar. Son responsables directos o cómplices necesarios. La denominada "Mafia de La Habana" no solo se dedica a robar el dinero del pueblo cubano y condenarlo a la miseria, sino que ahora queda expuesta traficando con la integridad física de diplomáticos de Estados Unidos para complacer a sus amos del Kremlin. Esta revelación pone a la dictadura en una situación de extrema vulnerabilidad. Se percibe un pánico silencioso en el Palacio de la Revolución, y con razón. La Administración actual en Washington, ha adoptado una postura firme y confirma su negativa a apaciguar tiranías. Tiene ahora la prueba física en manos de laboratorios estadounidenses. Esto podría desencadenar medidas más severas y decisivas contra el régimen de La Habana.

El dispositivo encubierto no cierra el misterio del Síndrome de La Habana, pero eleva el estándar de la discusión: por primera vez, el gobierno tiene en sus manos una tecnología real para probar la hipótesis de energía dirigida como un arma. Ya no se trata solo de derechos humanos o economía; se trata de un acto de agresión directa contra el personal de Estados Unidos en territorio extranjero, con la connivencia del Estado anfitrión. 

La CIA y otras agencias están revisando ahora sus posiciones. La verdad se abre paso, y aquellos que llamaron "locos" a los diplomáticos agredidos tendrán que rendir cuentas. La historia reciente de Cuba ha dado un giro dramático y peligroso, exponiendo al régimen no sólo como un Estado fallido donde impera la miseria y la represión sino como una amenaza activa y ya demasiado prologada a la seguridad nacional de los Estados Unidos. La pregunta ahora no es si hubo un ataque, sino cuál será la magnitud de la respuesta del gobierno americano ante esta agresión coordinada de Moscú y La Habana.

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