El 11 de junio, durante su reunión de primavera en Orlando, los obispos de los Estados Unidos se congregarán en la Basílica Santuario de María, Reina del Universo, para consagrar a los Estados Unidos al Sacratísimo Corazón de Jesús. Esta consagración celebrará el 250º Aniversario de los Estados Unidos; es decir, el ducentésimo quincuagésimo aniversario de la firma de la Declaración de Independencia.
Al vincular el 250º aniversario de la Declaración de Independencia con la devoción al Sagrado Corazón, los obispos nos invitan a reflexionar con gratitud sobre las bendiciones que Dios ha derramado sobre nuestra nación; sin embargo, al mismo tiempo, la devoción al Sagrado Corazón exige que consideremos de qué manera podemos fomentar la verdad, la justicia y la caridad en la vida estadounidense. De este modo, nuestras
celebraciones en torno al 4 de julio promoverán un patriotismo constructivo y con visión de futuro, en contraposición a un nacionalismo divisivo, excluyente y ciego.
En su libro Memoria e identidad, San Juan Pablo II escribió sobre la diferencia entre un patriotismo constructivo y un nacionalismo destructivo: “El patriotismo es el amor por todo aquello que concierne a la propia patria: su historia, sus tradiciones, su lengua, sus características naturales. Es un amor que se extiende también a las obras de los compatriotas y a los frutos de su genio. Mientras que el nacionalismo implica reconocer y buscar el bien de la propia nación exclusivamente, sin tener en cuenta los derechos de los demás, el patriotismo es un amor por la propia patria que reconoce a todas las demás naciones derechos iguales a los que reclama para la propia”. El patriotismo, en otras palabras, conduce a un amor social debidamente ordenado.
Estamos llamados a integrar nuestra fe en las acciones que emprendemos y en las vidas que llevamos dentro de nuestras comunidades. Celebramos las diversas formas en que la Iglesia ha contribuido a la construcción de un mundo más justo, e invitamos a todos los miembros de nuestra sociedad a reconocer el rostro de Cristo reflejado en cada hermana y cada hermano.
En su encíclica Dilexi Te, el Papa León XIV nos invitó a contemplar el amor de Cristo, el cual nos impulsa a salir al encuentro —como parte de nuestra misión— de las hermanas y los hermanos que hoy sufren en el mundo, particularmente a través de nuestro cuidado de las personas pobres y vulnerables.
Al meditar sobre la autodonación de Cristo en favor de todos, nos sentimos naturalmente impulsados a preguntarnos por qué nosotros no habríamos de estar también dispuestos a entregar nuestras vidas por los demás.
En vísperas del 250.º aniversario de nuestra nación, reconocemos que nuestro experimento estadounidense de democracia sigue siendo una obra en curso. Como católicos estadounidenses, reconocemos cuánto dista nuestra nación —en muchos aspectos— de conformar una unión más perfecta.
Pero, si bien reconocemos sus fallas y trabajamos para corregirlas, también valoramos las bendiciones de libertad que disfrutamos en este gran país. A pesar de la polarización extrema, el partidismo acérrimo y las divisiones arraigadas, nosotros, los católicos, no perdemos la esperanza en Estados Unidos.
Amamos a Estados Unidos; pero amémoslo como ama Jesús: no solo con un amor sentimental y dulzón, sino con un amor en la verdad; un amor que es más fuerte que el pecado. Un amor que señala el pecado, no para condenar al pecador, sino para invitarlo a la conversión del corazón y de la mente. Pues el amor que abrió sus brazos en una cruz de madera —y abrió su costado ante la lanza de un soldado que traspasó su corazón— es un amor que cree en la redención del pecador.
Aunque es anterior a la independencia de nuestra nación, la devoción al Sagrado Corazón se ha desarrollado a lo largo de los siglos, a partir de las experiencias de Santa Margarita María de Alacoque (1643-1690) y de las apariciones de las que ella fue testigo en el siglo XVII.
Desde entonces, los papas han elogiado la práctica de consagrarse a sí mismos —así como el hogar e incluso naciones enteras— al Sagrado Corazón. En su encíclica por la que instituyó la Solemnidad de Cristo Rey, el Papa Pío XI —basándose en las enseñanzas del Papa León XIII— recomendó la “piadosa costumbre” de consagrar la nación al Sagrado Corazón de Jesús como un modo de reconocer la realeza de Cristo.
La devoción al Sagrado Corazón — al igual que la más reciente devoción a la Divina Misericordia— se hace eco de la invitación que Jesús formula en los Evangelios a aquellos que se sienten “cansados y agobiados” por el pecado y el dolor: la invitación a acudir a Él en busca de misericordia, sanación y restauración. En efecto, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y la devoción a la Divina Misericordia comparten un mismo mensaje: que la humanidad es buena, que es inmensamente amada por Dios y que Dios ofrece su misericordia generosamente a todos.
San Juan Pablo II dijo una vez: “Es este amor el que debe inspirar hoy a la humanidad, si quiere afrontar la crisis del sentido de la vida, los desafíos de las más diversas necesidades y, especialmente, el deber de defender la dignidad de toda persona humana”.
¡Sacratísimo Corazón de Jesús, ten misericordia de nosotros!
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