Una de las condiciones naturales del hombre es su búsqueda de un Ser Supremo hacia Quien experimentamos espontáneamente una atracción íntima, necesaria, inherente... Así vemos cómo el niño muestra una característica tendencia espiritual que le inclina hacia su madre y que se inspira en su amor por ella. Conforme se van desarrollando sus facultades y carácter, esta cualidad natural aumenta en intensidad. Entonces, cabe preguntar: ¿Cuál es la naturaleza de esta atracción tan fuerte que el niño siente hacia su madre?
Esta atracción del niño desde que nace es la auténtica atracción que el Creador ha implantado en la naturaleza del hombre. Es un impulso interior que algunos calificarán de “instintivo”, ¡pero es mucho más! porque es la atracción natural que Dios ha implantado en el alma de toda persona: una atracción a la que llamamos AMOR. En otras palabras, es un reflejo de la atracción sobrenatural que sentimos hacia Dios, una atracción que es inherente en la naturaleza humana y que se ha manifestado en todos los seres humanos desde tiempos inmemoriales. Es un ansia de encontrar algo que echamos de menos, algo que nos falta y que nos llene el vacío de nuestra trascendencia cuando no vemos ni comprendemos cuál es el propósito de existir. ¿Por qué y para qué existimos en este Universo en el que prácticamente no somos nada en nuestra ínfima pequeñez?
En un mensaje reciente de SS León XIV al Congreso Teológico Pastoral sobre el acontecimiento Guadalupano, subraya el Papa que: «los procesos pastorales exigen una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas» y explica que es porque «el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi (semillas del Verbo) presentes en las culturas».
En el sentido de lo que nos dice el Papa, en todas las culturas, incluso en las muchas que fueron animistas y veían dioses y diosas gobernando los distintos aspectos de la naturaleza, de los astros, etc., tenemos que reconocer que siempre, en todas, vemos plantadas esas semillas, es decir, encontramos un auténtico reconocimiento de la existencia de un Ser Supremo. Civilizaciones más avanzadas, como los egipcios, los griegos o los romanos, tenían entre todos sus dioses a un Creador. Entre los romanos, por ejemplo, Júpiter (Zeus entre los griegos) gobernaba a los demás dioses, pero tenía un padre creador, Saturno (o Chronos entre los griegos), que regía el tiempo y, por tanto, que era el origen de todas las cosas.
Por supuesto que el concepto del Ser Supremo varía notablemente entre las diferentes creencias, cada una atribuyéndole características únicas y muchas veces antropromorfas. En el budismo, sirve como guía espiritual, mientras que el hinduismo lo ve como un creador inmaculado que mantiene el orden: Vishnú, la deidad última, que conciben originaria de todas las cosas. El jainismo, otra de las religiones de la India, reconoce también a un Ser Supremo (Ahimsa), que es, a su vez, superior a otras cuatro figuras clave en su jerarquía. Del mismo modo, en varias otras perspectivas filosóficas, el Ser Supremo encarna la esencia de toda la existencia, subrayando su significado a través de múltiples tradiciones espirituales y creencias. Lo encontramos en la filosofía del Yoga Integral que pretende alcanzar la realización de un Ser Supremo, al cual conciben y entienden como una Personalidad Divina, poseedora de un Conocimiento Infinito; de un Poder Infinito. Y lo encontramos incluso en tendencias tan dispares como la Nueva Era que concibe a un solo Dios, aunque lo conciben como una ilusión panteísta en forma de energía cósmica y conciencia universal. Y hasta el Satanismo, en su adoración al demonio, lo ve como un rebelde que se enfrenta al Dios creador.
Luego el fundamento último de toda existencia, la nuestra, la de la Naturaleza, la del Universo, para todas las culturas desde la prehistoria, es el Ser Supremo, quien se manifiesta en la conciencia del hombre como una realidad eterna que trasciende todas las limitaciones. Esa es la semilla de la que habla el Papa León XIV. Por tanto, su mensaje implica que Dios no ha querido revelarse como un ente abstracto ni como una verdad impuesta desde fuera, sino entrando progresivamente en la historia y dialogando con la libertad que ha otorgado a los seres humanos a través de las edades.
Los Católicos ven los errores –algunos muy graves– que plagan todas esas creencias, iluminados por la doctrina del Salvador, Jesucristo, e inspirados por el Espíritu Santo a través de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Los Católicos dan un paso más allá: Proclaman que Dios no es un ser en el universo, Él ES. “Yo soy el que soy”, le dijo a Moises. Y eso es fácil de entender: Dios no tiene nombre porque no hay otro como Él y, por lo tanto, no necesita ser identificado con un nombre. Además, Dios no es solo bueno, Él es Bondad, y nada bueno puede existir sino por Él y a través de Él. Esa es la verdadera concepción de Dios que proclaman los Católicos. Pero reconocen, además, que Dios es Creador de todas las cosas, y por tanto, todos somos sus criaturas. Todos somos hijos de Dios, tanto Católicos, como Protestantes, Budistas, Paganos, etc. Todos somos hermanos. Y Jesús proclamó, como uno de los dos mandamientos principales: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y es ese amor al prójimo lo que nos obliga a respetar las creencias de los demás.
Dios creo al ser humano … y el hombre y la mujer, en el curso de la evolución humana que hemos repasado, llegaron a tener conciencia de un Creador y perdieron su inocencia y pecaron al entrar en conocimiento del bien y del mal. En otras palabras, Dios nos dio el “libre albedrío” para escoger entre esas dos opciones e ir en busca de la luz o caer en la oscuridad eterna. Fue así como el hombre se dispersó por toda la Tierra a través de la historia, desarrollando todo ese tipo de creencias y aberraciones que hemos estado señalando al principio, pero sin perder del todo, como ya vimos, esa íntima convicción de la existencia de un Ser Supremo, un Creador. Podemos afirmar que ha sido así porque el Espíritu Santo está siempre presente en la conciencia humana, aunque NO creamos en Él, aun cuando nos desviemos y estemos apartados del camino de la Verdad y de la Vida Eterna.
Y Dios escogió entonces a un pueblo que en la evolución humana se acercó más a la comprensión monoteísta de un Creador omnipotente. El pueblo judío. Y le dijo a ese pueblo: “Yo soy el que soy”. Y muchos, a los que llamamos “Profetas”, se hicieron eco de las palabras de Dios inspirados por el Espíritu Santo. Escucharon a su conciencia y abrieron el camino cuando anunciaron a través de los siglos la llegada
de un Mesías y Salvador. Uno que nos enseñaría que: “Todos somos hijos del Padre y amarás a tu hermano como a ti mismo”.
Ese es el fundamento esencial del Ecumenismo. En las bienaventuranzas, nos invitó Jesús a ser pobres de espíritu. Es decir, a no ser arrogantes; a no rechazar al prójimo, al hermano; a ser comprensivos y tolerantes. En otras palabras, a ser humildes y, por lo tanto, a respetar a nuestros semejantes, sean cuales fueren sus creencias o su personalidad.
Por consiguiente, el ecumenismo de los pobres en espíritu es una forma de comportamiento espiritual basado en la humildad, la conversión del corazón y la dependencia absoluta de Dios para fomentar la fraternidad humana, reconociendo nuestras propias deficiencias y carencias. Es un propósito de unidad cristiana, promoviendo la oración, la santidad y la hermandad humana por encima de las diferencias doctrinales y basado en la primera bienaventuranza: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo 5:3). Significa reconocer la necesidad de Dios y confiar y depender enteramente en él, en vez de pretender ser autosuficientes.
Así lo contempla la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que promueve una forma de unidad que puede entenderse como un "ecumenismo de los pobres de espíritu" o ecumenismo espiritual, centrado en la búsqueda de la unidad cristiana, mediante la cual enfatiza la solidaridad y la opción preferencial por los pobres, unificando a los cristianos en el compromiso de trabajar por el bien común y defender la dignidad humana.
Jesús es el mejor ejemplo de lo que significa ser "pobre de espíritu" porque renuncia a su poder divino para hacerse pequeño y vulnerable entre nosotros, rechazando las tentaciones de poder, vanidad y avaricia que nos enseña a resistir mediante la fe, la Palabra de Dios y la confianza en el plan divino. Nos enseña que el Reino de Dios es de los pobres de espíritu. Están aquellos que tienen el reino de este mundo: poseen bienes y tienen comodidades. Pero son reinos que pasan, se acaban, desaparecen. En este contexto, ser Cristiano y Católico significa conocerse a sí mismo y a Dios y su doctrina, con una profunda comprensión del mundo y sus deficiencias y maldades para poder rechazarlas consciente y coherentemente. Se trata de una postura de mano tendida, pero con una actitud de firmeza en los principios y en la fe.
Es así como la doctrina de Jesús concibe una “Iglesia de los pobres”, es decir, de los pobres de espíritu, que sea un ejemplo de ecumenismo práctico, a menudo llamado "ecumenismo del pobre". Este enfoque proclama el respeto a los que tienen otras creencias para que unidos los Católicos a diversas confesiones cristianas en el servicio y la justicia, basándose en la presencia de Cristo en los marginados y la colaboración en acciones de caridad y dignidad humana, superando barreras doctrinales mediante la acción conjunta, colaboren por el bien de la humanidad. Ecumenismo de la misión: Así lo calificaba el Papa Francisco. quien destacaba que caminar juntos sirviendo a los más pobres es una forma de actuar unidos como hermanos, como hijos de Dios, lo cual es la esencia del ecumenismo. El Papa Francisco solía enfatizar una Iglesia "pobre y para los pobres", pero NO en recursos, sino en espíritu … y recalcaba que para Dios «nadie está excluido de su corazón, ya que, ante Él, todos somos pobres y necesitados».
Su sucesor, León XIV, nos habla en su Exhortación Apóstolica "Dilexi Te" de «la ilusión de una felicidad que deriva de una vida acomodada que mueve a muchas personas a tener una visión de la existencia basada en la acumulación de la riqueza y del éxito social a toda costa, que se ha de conseguir también en detrimento de los demás y beneficiándose de ideales sociales y sistemas políticos y económicos». Puntualiza también que Dios «se compadece ante la pobreza y la debilidad de toda la humanidad y, queriendo inaugurar un Reino de justicia, fraternidad y solidaridad, se preocupa particularmente de aquellos que son discriminados y oprimidos, pidiéndonos también a nosotros, su Iglesia, una opción firme y radical en favor de los más débiles.» y hace hincapié en todo su mensaje sobre nuestras obligaciones con los pobres.
Por consiguiente, cuando se habla de "Iglesia de los pobres" se está caracterizando a los fieles como "pobres de espíritu", es decir, personas que son ejemplo de humildad, desterrando el orgullo y admitiendo la necesidad de la Gracia y misericordia de Dios en lugar de abrigar una arrogante autosuficiencia y superioridad. Por tanto, la "Iglesia de los pobres" abarca a quienes sienten un auténtico amor al prójimo, revestido de compasión, tolerancia, comprensión, solidaridad y colaboración, así como una dosis generosa de caridad cristiana. Los misioneros, que muchas veces arriesgan sus vidas en lugares remotos, son un ejemplo palpable de esa caridad cristiana en su servicio a creyentes y no creyentes que es fruto de un auténtico amor al prójimo.
El Apóstol Santiago nos dice también en su segunda epístola: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, pero no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta».
En esa notable proclamación que conocemos como "El Sermón de la Montaña", Jesús afirmó: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.» Esto lo identificamos como la opción preferencial por los pobres que realizamos, no por sentido del deber, sino por un sentimiento de agradecimiento por el extraordinario don del amor de Dios. El Católico auténtico que hace suya esta prédica es "pobre de espíritu" porque reconoce que el vacío interior que provoca la vida mundana sólo puede llenarse abriendo el corazón a Dios, consciente de que no se trata de alentar la tristeza ni de renunciar a los recursos materiales sino de esa actitud de corazón abierto al Reino prometido por Jesús con total desapego por los bienes materiales .
Es así que la doctrina católica y, en particular, su doctrina social nos enseñan que "pobres de espíritu" señala, en pocas palabras, a quienes reconocen su miseria espiritual y la total insuficiencia de sus propias virtudes; a quienes son conscientes de su condición pecaminosa y vacía sin Dios y, por tanto, viven como un "mendigo" de Dios, necesitando su Gracia y perdón. Además, se refiere también a quienes no se apegan a las riquezas o la autosuficiencia terrenal, sino que buscan la riqueza espiritual porque se ven a sí mismos pequeños y necesitados de la misericordia de Dios.
Por consiguiente, esa doctrina nos enseña que tenemos un compromiso de caridad cristiana que demuestre un auténtico amor al prójimo y, en el Nuevo Testamento, vemos múltiples ejemplos de la interacción de Jesús con los más necesitados; pero vemos también que su gestión compasiva, tolerante y solidaria interactuaba en todos los casos, sin excepción, con quienes le suplicaban con humildad, o con los dolientes que se le acercaban con fe, o con los paganos y fariseos que lo consultaban con respeto, como Nicodemo, José de Arimatea o Cornelio. Incluso en la cruz, promete el Paraíso al ladrón arrepentido.
Es esta la enseñanza de todos los tiempos que debemos reconciliar con los problemas de hoy, conscientes de que no basta una indiferente tolerancia. No se trata tampoco de permisividad ni de tolerancia ante el pecado y la maldad, sino de brazos abiertos al prójimo. Brazos abiertos que no juzgan pero que proclaman con firmeza y convicción la virtud frente al pecado.
Un auténtico Ecumenismo de los pobres de espíritu que abra las puertas a un mundo donde reine la fraternidad humana.
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