El 27 de octubre se cumplirá un año de la publicación de la Carta Apostólica titulada Diseñar nuevos mapas de esperanza, y es oportuno darle un renovado repaso para subrayar la trascendencia de este conciso documento que expone la postura de la Iglesia Católica sobre cómo «ve» la educación hoy día. Quienes se interesen por la cultura y la educación encontrarán en ella valioso material de reflexión. Sus once secciones trazan una ruta cuidadosa a través de diversos temas de actualidad para la Iglesia y la sociedad, ofreciendo perspectivas que animan a los educadores a analizar detenidamente cómo la misión educativa de la Iglesia puede aplicarse provechosamente en distintos contextos.
Como parte de las celebraciones del Jubileo, el Papa León XIV expuso el año pasado esta visión de la educación católica y aprovechó entonces la ocasión para proclamar a San John Henry Newman como el 38º Doctor de la Iglesia y copatrón —junto con santo Tomás de Aquino– de la educación católica, ya que la visión educativa de Newman es profundamente católica, integral y centrada en la verdad y en Cristo, constituyendo una guía segura para los educadores católicos de todo el mundo.

Durante los actos dedicados a la educación, el Papa también se dirigió a los participantes del Jubileo y a los estudiantes, pronunció una homilía y publicó la mencionada Carta Apostólica. Abordó cuestiones tradicionales de la educación católica, pero incorporó también otros temas dignos de mención, en particular su profunda valoración de la obra de San Agustín.
En primer lugar, destacó la importancia de la «interioridad» agustiniana, citando al santo: «Aquellos a quienes el Espíritu no enseña interiormente, se marchan sin haber aprendido nada... No busques fuera, vuelve a tu interior, pues la verdad habita en ti». Los estudiantes necesitan cultivar una vida interior, algo que se ve obstaculizado por una existencia muy superficial y concentrada en las pantallas. El Papa les dice: «Decid en vuestro corazón: "Sueño con más, Señor; anhelo algo más grande; ¡inspírame!"». León XIV puso así el foco en la necesidad de que los educadores ayuden a los jóvenes de hoy a centrarse, a interiorizar y a volverse en silencio hacia el Espíritu Santo en su proceso educativo.
Por tanto, el tema papal relacionado —y ya reconocible— es el uso prudente de la tecnología. León anima a los estudiantes a «humanizar lo digital, construyéndolo como un espacio de fraternidad y creatividad: no como una jaula donde encerrarse, ni como una adicción o una vía de escape. ¡En lugar de ser turistas en la red, sed profetas en el mundo digital!».
En este documento de ocho páginas, el pontífice señala tres prioridades para la comunidad educativa: 1) el cultivo de la vida interior mediante espacios para el silencio, el discernimiento y el diálogo con la propia conciencia y con Dios; 2) la formación enfocada en la persona humana para utilizar la tecnología y la inteligencia artificial de un modo eficaz y discreto; y, 3) la educación en un lenguaje que construya la paz y la no violencia y que esté abierto a los demás. Asimismo, destaca la importancia de hacer que la educación católica sea económicamente accesible.
Dentro de ese contexto, aconseja a los educadores que «las tecnologías deben servir a la persona, no reemplazarla; deben enriquecer el proceso de aprendizaje, no empobrecer las relaciones ni las comunidades». La inteligencia artificial tendrá un impacto enorme en la educación y en el desarrollo humano, y hará falta la sabiduría profunda y humanizadora de la Iglesia para utilizarla adecuadamente.
La presentación de su Carta Apostólica coincidió expresamente con la fecha del 60º aniversario del documento del Concilio Vaticano II sobre la educación, titulado Gravissimum educationis, publicado el 28 de octubre de 1965 y, basándose en aquel enfoque, el Papa León nos recuerda que «la educación no es una actividad accesoria, sino que constituye el tejido mismo de la evangelización: es la forma concreta en que el Evangelio se convierte en gesto educativo, en relación, en cultura».
¿Qué significa esto?
En primer lugar, nos recuerda que la educación católica está —y debe estar siempre— arraigada en el mensaje del Evangelio. Esto sirve de punto de partida para que las instituciones educativas católicas desarrollen una cultura educativa que traduzca el Evangelio a un lenguaje pedagógico.
En segundo lugar, el Papa León destaca cómo la educación se convierte en «una relación». Este tema por sí solo podría dar lugar a varios seminarios, pero, en esencia, refleja una visión agustiniana del educador: aquel que orienta al alumno hacia una relación con Cristo, centro y meta de la educación.
Otro aspecto notable de la Carta Apostólica es la importancia que se otorga a la genealogía de la educación católica. La sección 2 enumera figuras históricas clave cuya obra e influencia es preciso redescubrir, como, por ejemplo, Juan Bautista de La Salle, Juan Bosco, Francisca Cabrini e Isabel Ana Seton. Estos y otros nombres nos recuerdan que «la pedagogía nunca es una teoría desencarnada, sino carne, pasión e historia».
Asimismo, subraya la importancia de una sólida «antropología» cristiana (es decir, una correcta comprensión de la persona humana) ante las confusiones generalizadas de la modernidad: «El fundamento sigue siendo el mismo... la persona, imagen de Dios (Gn 1, 26), capaz de verdad y de relación».
Claramente, debemos educar a la persona en su totalidad (mente, cuerpo y espíritu): «el deseo y el corazón no deben separarse del conocimiento; eso supondría escindir a la persona». Los educadores deben tener presente la primacía del desarrollo espiritual de los alumnos y el aprendizaje de virtudes que «no se pueden improvisar».
"La educación no es meramente la transmisión de contenidos, sino un aprendizaje de la virtud", afirmó el Papa León en esa notable Carta Apostólica. "Forma ciudadanos capaces de servir y creyentes capaces de dar testimonio: hombres y mujeres más libres, no más aislados".
El Papa también instó a las escuelas y universidades católicas a ser modelos de justicia social y "ambiental", promoviendo la sencillez y estilos de vida sostenibles, y ayudando a los estudiantes a reconocer su responsabilidad en el cuidado de la Tierra.
"Cada pequeño gesto —evitar el desperdicio, tomar decisiones responsables, defender el bien común— es un acto de alfabetización cultural y moral", escribió.
En estos tiempos de confusión cultural, León XIV ofrece un camino: educar desde la verdad, formar en la libertad, enseñar con caridad. Redibujar los mapas, sí, pero sin cambiar el norte: Cristo como maestro y esperanza del mundo.