El regreso de María Corina Machado a Venezuela y las declaraciones de Marco Rubio merecen una reflexión que
trasciende las fronteras venezolanas.
Según Rubio, las conversaciones de reconciliación respaldadas por Estados Unidos han contribuido a crear condiciones para el retorno de exiliados y la liberación de presos políticos. El objetivo declarado es avanzar hacia elecciones libres y una democracia duradera.
¿Qué lecciones podemos extraer los cubanos de esta experiencia?
A quienes ejercen el poder. A quienes se oponen. A quienes permanecen en Cuba. A quienes viven en el exilio.
Las transformaciones políticas no siempre comienzan cuando desaparecen las diferencias. Pueden comenzar cuando actores enfrentados reconocen que existen problemas cuya solución exige conversar, negociar y alcanzar acuerdos verificables. Negociar no significa rendirse. Dialogar no significa legitimar automáticamente al interlocutor. Concertar no exige renunciar a los principios.
Quienes ejercen el poder disponen de capacidades institucionales que no pueden ignorarse. Quienes se oponen representan demandas y perspectivas que tampoco deben excluirse. Pero ninguno puede atribuirse por sí solo la representación de toda la sociedad.
La experiencia venezolana plantea una posibilidad, no una receta para Cuba: comenzar por acuerdos concretos sobre presos políticos, libertades individuales, retorno de exiliados, garantías de seguridad y participación ciudadana. Y avanzar hacia reglas que permitan a los ciudadanos decidir libremente su futuro.
La negociación puede abrir puertas. La concertación puede conectar capacidades. Pero la legitimidad democrática corresponde a los ciudadanos. La pregunta para todos los actores políticos cubanos es: ¿Podemos comenzar a construir acuerdos sobre el futuro sin exigirnos previamente estar de acuerdo sobre el pasado?
Con TODOS y para el bien de TODOS.