Soluciones

 

Dios hará lo mismo que hacía su Hijo por los caminos de Galilea: enjugar las lágrimas de nuestros ojos y llenar nuestro corazón de dicha plena. (J. Pagola)

Sor NadieskaMe parece importante aclarar que siempre que escribo, lo hago porque siento un grito que quema, y tengo la certeza de que la conciencia no puede ser callada; ella es el santuario de Dios en el ser humano.

Escribo porque no tengo, ni tenemos, la posibilidad de expresarnos en otras instancias. Escribo porque humildemente sé que muchos quisieran gritar, hablar y se sienten reflejados en mi expresión.

Escribo lo que siento, ejerciendo mi derecho de libre expresión garantizado, protegido constitucionalmente. No he pretendido, ni pretendo, incitar a nada; tampoco juzgar a personas concretas, sino reflejar hechos que veo y vivo, y que me duelen, y ese dolor no me permite ser indiferente. Siempre conservo la esperanza de que mi grito no caerá en vano ni en saco roto, pues sé que para Dios no hay imposibles.

 Hace dos días me detuve a ver y escuchar a uno de nuestros dirigentes decir que si ellos debaten los problemas, nosotros, el pueblo, les creeremos. Hoy, con el mismo respeto que quiero y debo mantener, me dirijo directamente a ese ministro, a los gobernadores de provincias, a todos los representantes, al señor Presidente y a todo su cuerpo de gobierno: No es hora de continuar debatiendo, es hora de dar soluciones. No es cuestión de credibilidad, lamentablemente ya la han perdido. Siempre habrá que sentarse y buscar juntos, teniendo la voluntad de dialogar, de escuchar a cada parte, de consensuar, no continuar en el círculo de “rectificación de errores” que no conduce a ninguna parte.

 Ha quedado demostrado que este sistema no responde a las necesidades del pueblo, este modo de gobernar que ha hecho sufrir a todo un pueblo por décadas, no funciona. Me apropio de las palabras del mismo Jesús cuando dijo a quienes lo criticaban o no estaban de acuerdo con Él: “Si no me creen a mí, crean a mis obras” (Jn 10, 38). Parafraseando esta cita evangélica les digo: si no me creen, si no nos creen, salgan a las calles, entren a las casas, escuchen a su pueblo que está agotado y angustiado por el hambre, por tantas horas sin electricidad, por no tener medicinas, imposibilitado de ir de un lugar a otro por la falta de transporte y las calles destruidas. Vean los rostros consumidos por la tristeza y la desesperanza. Escuchen a una niña gritar por los golpes de su madre que descarga en ella la frustración por no tener comida, por los apagones, la desesperación por no poder expresar con libertad lo que la tiene pasando tanto trabajo…

 

No, no debatan más, busquen soluciones ya. Escuchen sin miedo a su pueblo y nos implicaremos en la búsqueda del bien para todos.

 No nos intimiden más, dejen a esta nación emprender libremente y verán a un pueblo levantarse por sí mismo, porque la resiliencia es una de nuestras fortalezas más grandes.

Ustedes, que tienen la responsabilidad de sacar al pueblo del hueco en que nos han sumergido; ustedes, que hablan y hacen promesas de que vamos a mejorar; ustedes, tan humanos como nosotros, tienen que entender que todo en la vida tiene un límite: la paciencia, el cansancio, el aguante… El poder también tiene límite, y es para ejercerlo como servicio, no para perpetuarse en él, sino, termina aconteciendo esto que hoy sufrimos como nación.

 Hoy también rezo por ustedes, para que tengan la claridad y el valor de dar oportunidad a quienes desean aportar y apostar por un nuevo presente para nuestro país.

Si decidimos como nación qué y a quiénes queremos como líderes, veremos otras posibilidades que nos merecemos. Este pueblo no puede seguir cargando con tanto sufrimiento. Este pueblo no reclama, no porque no quiere, sino por miedo, por cansancio, porque sus fuerzas jóvenes están emigrando, porque hay muchos detrás de unas rejas injustamente encarcelados, porque el mecanismo de intimidación es grande.

En nombre de mi pueblo, me atrevo a decir: una retirada a tiempo es lo más sabio que pueden hacer. Háganlo y dejen a este pueblo levantarse desde sus cenizas y lograr la felicidad.

Como dijera nuestro José Martí: “Amamos a la libertad, porque en ella vemos la verdad. Moriremos por la libertad verdadera; no por la libertad que sirve de pretexto para mantener a unos hombres en el goce excesivo, y a otros en el dolor innecesario”. Nuestros padres y madres fundadores de la nación cubana que nos precedieron en el sueño de una Cuba libre, en paz y dignidad, iluminan los deseos y búsquedas de este pueblo.

Ahí estará como siempre ha estado el Maestro de Nazaret, el único que no nos ha fallado, el más fiel de todos los que han sabido convertir el poder en servicio. Él sigue y seguirá enseñándonos el modo, basta que se detengan a escucharlo y a hacer vida sus palabras. En manos de ese Dios en quien creo, quien me sostiene y quien se levanta con su providencia antes que el sol; en sus sagradas manos coloco a mi pueblo, sus ilusiones, sueños y esperanzas, especialmente la de la libertad que se asoma tímida en medio de la oscuridad.

S. Nadieska Almeida Miguel H.C

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