He estado pensando… (LXV)

Padre Alberto Reyes                                           He estado pensando… (LXV) 

                                                por Alberto Reyes Pías

                           He estado pensando en lo que no se improvisa

En el proceso necesario de “construir la vida”, tuve varios compañeros a los que les fascinaba el área militar. Soñaban con ser policías, o ingresar en el ejército… ser parte del entramado que regula el orden social.  Es una vocación importante, porque una sociedad necesita personas que garanticen el orden, que combatan la delincuencia, que hagan cumplir las leyes que protegen a los ciudadanos. 

Pero el sentido de una profesión no lo determina tanto lo que se elige como el “para qué” se elige.  La pregunta base de toda opción vital es: “¿Para qué?”. ¿Para qué quiero ser policía, agente de las FAR, militar, soldado… o lo que sea? Porque si la motivación última no es servir a la sociedad, ayudar a que el país vaya mejor, defender la justicia, proteger al inocente… entonces, entonces vamos mal.

Entiendo que ser militar en Cuba es complicado, porque estamos hablando de estar a las órdenes de un sistema totalitario, no democrático, que sólo admite la libertad de los ciudadanos dentro del marco estrecho de la fidelidad a su pensamiento único e incuestionable. Y la sociedad, por naturaleza, es todo lo contrario: es plural, es diversa, es creativa…

Aún así, un militar en Cuba puede hacer mucho bien. Puede combatir la delincuencia, puede proteger a la ciudadanía vulnerable, puede hacer cumplir las leyes justas, para que no haya abusos ni atropellos.  Sin embargo, un militar en Cuba puede verse en la difícil situación de recibir órdenes de combate contra sus propios compatriotas, puede ser enviado a reprimir no sólo lo que no está mal sino lo que es un derecho de la ciudadanía, como es la libre y pública expresión pacífica de sus demandas, de sus reclamos al gobierno, cuando siente que ese gobierno no responde a sus necesidades.

 Y es en estas circunstancias donde es necesario que se active el “¿para qué?”, y que la persona sea capaz de decirse a sí misma: “Yo no me hice militar para reprimir, para combatir la libertad, para amordazar la justicia”. Es aquí donde cada uno necesita acudir a lo que más valor le dé: a Dios, a la fidelidad a sí mismo, al poder mirar a los ojos a su familia, al espíritu de nuestros padres fundadores… a lo que sea, pero a aquello que le dé el coraje de decir: “No, no lo voy a hacer. No voy a reprimir, no voy a golpear, no voy a detener, no voy a torturar, no voy a pedir a otros que golpeen… No voy a alzar la mano contra mi hermano”.

Pero esto no se improvisa, porque la fidelidad al bien siempre tiene precios, y el miedo al castigo y a las consecuencias de un “no” firme, es parte de toda alma humana. Por eso, antes de vestir el uniforme, es necesario conversar con él, y escuchar su voz cuando dice: “Te revisto de una identidad, para que seas, en medio de tu pueblo, su defensor y protector, y no el verdugo que obedece ciegamente a aquellos que te piden que calles a golpes la verdad”.

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