He estado pensando… (LXIII)

Padre Alberto Reyes                                He estado pensando… (LXIII) 

                                    por Alberto Reyes Pías

          He estado pensando en pedir a Dios que las cosas empeoren

¿Qué hace falta para que se produzca un cambio en Cuba y termine esta pesadilla infernal?

¿Cómo salir de esta espiral de deterioro cada vez más profunda?

Sabemos que, sin un cambio de sistema, nada nos sacará de esta crisis, que la economía cubana no va a remontar y que ni el turismo, ni las remesas, ni ninguna otra “inyección” lograrán solucionar nuestras necesidades básicas. Pero esto parece que no es suficiente para movilizarnos.

Sabemos que nuestros dirigentes nos mienten, intentando con sus mentiras alargar lo más posible su permanencia en el poder, a costa del sufrimiento y de la muerte lenta de un pueblo que no les interesa y que más bien parecen odiar y despreciar. Pero esto no nos irrita lo suficiente como para decir: “¡Basta!”.

Somos conscientes de que la formación de nuestros hijos es cada vez más deficiente y precaria, nos damos cuenta que, si le dejamos al sistema educativo la formación de nuestros hijos, los estaremos sumergiendo en la ignorancia y la incapacidad. Pero eso no parece quitarnos el sueño.

Sabemos que el sistema de salud se cae a pedazos, y que nuestra supervivencia física está cada vez más en riesgo. Pero esto sólo hace que aumenten nuestras quejas cotidianas.

Vemos cómo la vida se bloquea hasta lo impensable, cómo la falta de electricidad nos paraliza, nos hunde y desespera: Pero seguimos aplaudiendo las migajas de corriente y agradeciendo incluso los días en que los apagones son “cortos”.

Sabemos que desde las estructuras del poder no existe un proyecto de nación, que ya no vamos a ninguna parte, que el único camino que tenemos delante es “resistir y morir”, excepto para aquellos que logren escapar de esta jaula, de esta finca de unos pocos. Pero ni siquiera eso parece ser capaz de  despertarnos de la hipnosis de una solución venida desde los que nos gobiernan como su propiedad particular.

 

¿Qué tiene que suceder para que este pueblo despierte?

¿Cuánta hambre necesitan seguir pasando nuestros hijos?

¿Cuántos medicamentos más deben faltar a nuestros enfermos?

¿Cuántas familias más  necesitan romperse con la emigración?

¿Cuántos muertos más necesitamos en los intentos de huida?

¿Cuántas voces de libertad necesitamos añadir a nuestras prisiones?

Si al menos tuviéramos el coraje de decir la verdad en todos los sitios posibles, si al menos dejáramos de hacer el juego, el más mínimo juego a los que apoyan nuestra esclavitud ciudadana, si al menos intentáramos plantarnos cuando se nos pide el apoyo sumiso, el aplauso cómplice, el asentimiento  falso.

Porque, de lo contrario, habrá que pedir a Dios que permita que todo el mal que ya se abate sobre este pueblo se profundice, que nos hundan el hambre, la enfermedad, la oscuridad y la desesperanza, para ver si así Cuba termina siendo un montón de cadáveres amontonados o un pueblo que se decida, por fin, a hacer algo por su libertad.

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