He estado pensando… (LXII)

Padre Alberto Reyes                                  He estado pensando… (LXII) 

                                          por Alberto Reyes Pías

        He estado pensando en el entrenamiento de las nuevas generaciones  

Si nos detenemos un poco a pensarlo, en unos cuantos años, los que hoy son niños empezarán a llevar sobre sus hombros el peso de este mundo. De muchos de ellos dependerá la gestión de la salud, de la educación, de la economía, de la política… Y yo he estado pensando en cómo tendríamos que entrenar a aquellos que dentro de poco serán los protagonistas del entramado social.  

Me gustaría que fuera una generación honesta, con el valor suficiente para no mentir a los que dependan de ellos. La vida no siempre es como queremos, a veces las cosas salen bien, a veces no tanto, y toda persona tiene el derecho de saber qué puede esperar y qué no puede esperar de aquellos que los gobiernan. 

 Porque no hay derecho a mantener a un pueblo adormecido con promesas que nunca se van a cumplir. Es cruel ofrecer un discurso de esperanza a un pueblo necesitado cuando el que lo da sabe que está leyendo letra muerta y que sembrará en los oyentes una esperanza que nunca va a ver la luz. Yo quisiera una generación de líderes sin miedo a la vedad.  

Quisiera que el futuro sea regido por una generación buena, realmente interesada en resolver los problemas de la gente. Que les duela el dolor de los pobres, la limitación de los enfermos, la indefensión de los ancianos. Que promuevan la educación y no el adoctrinamiento. Que no solo defiendan la justicia sino la imparcialidad del sistema judicial, para que el ejercicio de la justicia responda a la verdad y no a los intereses políticos de una élite controladora e intocable. Una generación que busque garantizar no sólo la facilidad de lo básico, sino que ofrezca un espacio donde las personas puedan vivir con libertad y desde esa libertad lograr la realización de sus sueños.

 

Anhelo una generación amante del respeto, que no sólo no ignore las demandas y necesidades de aquellos a los que gobiernan, sino que, cuando necesiten explicar los problemas que aquejen a la sociedad a su cargo, no humillen la inteligencia del pueblo, inventando razones estúpidas que no sólo presuponen que los pueblos no piensan sino que muestran un total desprecio por aquellos a los que dicen servir. Y una generación que respete también el derecho a la diferencia de opinión, el derecho a disentir, a no estar de acuerdo, a proponer caminos alternativos, y a oponerse pacíficamente.  

Desearía una generación capaz, donde cada cargo se desarrolle desde la más estricta idoneidad profesional, y donde ser ministro sea sinónimo de sabiduría y competencia. Una generación que aborrezca el liderazgo definido por la ideología o por las fidelidades políticas.  

Sueño, espero, y trabajo por una generación así, y me regocijo cuando encuentro a padres y madres que, a pesar de los agobios, la desprotección y la desesperanza, hacen todo lo posible para que sus hijos crezcan no sólo como hombres y mujeres capaces, sino como personas honestas, respetuosas y buenas. Ojalá sean ellos los que un día rijan los destinos de nuestros pueblos.

Ojalá sean ellos los que un día guíen el destino de mi pueblo.

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