Los cubanos somos una tribu singular. En su célebre fábula satírica El Profeta habla de los cubanos, el profesor Luis Aguilar León escribió que «los cubanos intuyen las soluciones aún antes de conocer los problemas». En ese mismo texto concluyó: «reunir a los cubanos es fácil, unirlos imposible».
Mientras más tiempo pasa, más admiro el genio político de José Martí. ¿Cómo logró articular, alrededor de una causa común, a cubanos que, en lo esencial, eran tan diferentes entre sí como lo somos nosotros hoy? Su grandeza no consistió en borrar aquellas diferencias, sino en conseguir que el propósito común pesara más que ellas.
Creo que hoy enfrentamos un desafío semejante. La reflexión histórica es indispensable, pero, si se convierte en un mero inventario de fracasos, puede llevarnos al fatalismo y al desaliento. En un momento como este, lo fundamental es mantener la cabeza fría y las ideas claras.
El primer principio es que, ante la crisis extrema que vive Cuba, la unidad no puede quedar en la invocación de un bien abstracto ni en una aspiración sentimental: es un bien mayor y una urgente necesidad política.
Si aceptamos esta premisa y comprendemos a cabalidad su urgencia, el paso siguiente es precisar qué tipo de unidad no necesitamos.
No debemos, por tanto, buscar una unidad que dependa de una sola figura, por muy valiosa, carismática o reconocida que sea. El caudillismo ha sido una tentación recurrente de nuestra cultura política. No tendría sentido combatir un sistema fundado en la obediencia a un jefe para terminar reproduciendo esa misma lógica entre quienes aspiran a cambiarlo.
Tampoco necesitamos un nuevo mesianismo político ni otro «salvador» para Cuba. El caudillismo organiza el poder alrededor de una persona; el mesianismo deposita en ella las esperanzas nacionales. Sustituir un caudillo por otro no representa un verdadero cambio. La unidad debe descansar en propósitos, reglas e instituciones compartidas, no en la autoridad incuestionable de una persona.
Pero la pregunta más importante —cómo construir esa unidad— no se responde solo con el análisis histórico ni con el diagnóstico de nuestras divisiones.
El punto de partida es reconocer que Cuba es una sola nación, integrada por quienes viven en la Isla y quienes están en el exilio o la diáspora. En una Cuba democrática, la residencia no debe establecer categorías entre cubanos: todos los ciudadanos deben disfrutar de iguales derechos políticos y participar en las decisiones sobre el presente y el futuro del país.
Para construir esa unidad, necesitamos que los distintos liderazgos políticos, cívicos y sociales cubanos den pasos concretos hacia una concertación democrática de alcance nacional.
No se trata de que nadie renuncie a su identidad, a su organización ni a sus convicciones. Se trata de algo más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: sentarse juntos, reconocerse mutuamente, identificar un mínimo común y establecer mecanismos de coordinación.
El mínimo común tampoco tendría que redactarse desde cero: diversos acuerdos y propuestas ya coinciden en lo esencial: democracia, Estado de derecho, pluralismo, elecciones libres, liberación incondicional de los presos políticos, derechos humanos, libertades de expresión y asociación, separación de poderes, reconstrucción económica, justicia y una reconciliación fundada en la verdad.
En el plano organizativo tampoco partimos de cero: existen acuerdos, plataformas y espacios de concertación que reúnen a cubanos dentro y fuera de la Isla. El desafío no es crear otra estructura ni sustituir lo construido, sino conocer lo existente y explorar vías de coordinación. Sobre esa base, podrían considerarse tres pasos concretos, no como una fórmula cerrada, sino como una manera de propiciar una discusión impostergable.
Podríamos comenzar por algo tan simple como elaborar un registro comparativo: quiénes integran las iniciativas, cuáles son sus objetivos, mecanismos y resultados, y en qué coinciden o discrepan. Probablemente nos sorprendería comprobar cuántas desconocemos. No se trataría de establecer jerarquías ni de decidir quién representa a Cuba, sino de conocer lo existente antes de proponer algo nuevo.
Después podría convocarse un encuentro entre representantes de esas plataformas, facilitado por una persona o institución aceptable para las partes y sin aspiraciones de dirigir el proceso. Su finalidad no sería aprobar un programa total ni crear una organización superior, sino identificar uno o dos asuntos sobre los cuales trabajar juntos.
De ese encuentro podría surgir una acción conjunta, limitada y verificable: por ejemplo, una gestión coordinada ante la Administración estadounidense para reclamar una respuesta a la emergencia humanitaria y al vacío asistencial dejado por el Estado cubano, que golpean especialmente a ancianos, enfermos, niños y personas con discapacidad.
Coordinar esa acción sería un paso hacia la unidad. Fortalecería la capacidad de presentar posiciones comunes ante la comunidad internacional, particularmente ante el Gobierno de Estados Unidos, y permitiría que la pluralidad democrática cubana se expresara con mayor coherencia allí donde se adoptan decisiones que afectan al país.
El objetivo último de este esfuerzo de concertación debe ser favorecer la transición de Cuba hacia la democracia y lograr que su pluralidad democrática participe en ella con voz propia y peso político real. La unidad es la vía más eficaz para contribuir a sentar las bases de la Cuba futura: libertad, prosperidad, una política social sostenible y justicia. No exige pensar igual, sino actuar juntos en torno a esos propósitos.
Se trata de dar un paso más —un paso importante— para romper una inercia demasiado costosa cuando están en juego la vida de un pueblo y el futuro de una nación. Y sí: se necesitan personas capaces de liderar el desafío. Rechazar el caudillismo no significa prescindir del liderazgo. Quienes asuman esa responsabilidad deberán aceptar un alto costo personal y político; posiblemente, no recogerán los frutos de su esfuerzo. Pero alguien tendrá que estar dispuesto a ponerle el cascabel al gato.
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