| El Instituto para el Estudio de la Guerra informa que: «Irán está aprovechando el cese al fuego para reconstituir su capacidad misilística y de drones ante la posible reanudación del conflicto. Medios de comunicación occidentales informaron que Irán está intentando recuperar el acceso a armas y lanzadores de misiles ocultados bajo tierra o que quedaron sepultados bajo los escombros tras los ataques aéreos de Estados Unidos e Israel.» |
Por la estabilidad, la libertad y la seguridad global
La creciente confrontación armada en torno a Irán ha dejado de ser un episodio circunscrito a Medio Oriente para convertirse en un vector central de transformación del sistema internacional. Más que un conflicto regional, constituye una manifestación de una transición estructural: el desplazamiento progresivo desde un orden internacional predominantemente unipolar, consolidado tras la Guerra Fría bajo el liderazgo de Estados Unidos, hacia una configuración más compleja, competitiva y fragmentada.
En este contexto, la guerra en Irán debe entenderse como un punto de convergencia de múltiples dinámicas: rivalidades geopolíticas, seguridad energética, proliferación nuclear y nuevas formas de conflicto en la “zona gris”. A su vez, funciona como un laboratorio estratégico donde se redefinen los mecanismos de disuasión, el alcance del poder estatal y los límites de la influencia internacional.
Desde la perspectiva de los actores estatales directos, el conflicto refleja una interacción sofisticada entre contención, supervivencia y proyección de poder. Para Estados Unidos, Irán continúa representando un desafío significativo al equilibrio regional y al orden internacional basado en normas. La estrategia estadounidense ha privilegiado una combinación de presión económica, disuasión militar y canales diplomáticos, con el objetivo de limitar las capacidades desestabilizadoras de Teherán sin desencadenar una escalada de gran escala. En este sentido, más que una lógica de confrontación abierta, Washington ha buscado sostener un esquema de disuasión por negociación, limitando la capacidad de acción del adversario, complementado por elementos de castigo.
Para Israel, el desafío iraní se sitúa en el núcleo de su doctrina de seguridad. La posibilidad de que Irán alcance capacidades nucleares militares ha reforzado un enfoque basado en la prevención activa y la superioridad estratégica. Este modelo, que incorpora operaciones encubiertas y acciones selectivas, responde a una lógica de supervivencia en un entorno altamente volátil y ha contribuido a redefinir los parámetros contemporáneos de la disuasión.
Irán, por su parte, ha desarrollado una arquitectura de poder basada en la asimetría y la proyección indirecta. Ante la imposibilidad de competir convencionalmente con sus adversarios, ha optado por una estrategia de “profundidad estratégica” que combina redes de influencia regional, capacidades híbridas y presión escalonada. Esta aproximación le permite disuadir ataques directos, ampliar su margen de maniobra y sostener una narrativa interna de resistencia frente a Occidente. Sin embargo, también introduce elementos persistentes de inestabilidad regional.
En el plano de los actores indirectos, la guerra en Irán se convierte en un espacio de competencia estratégica sin confrontación directa. China adopta un enfoque eminentemente pragmático, centrado en la estabilidad energética y la expansión de su influencia geoeconómica. Su estrategia consiste en evitar involucramientos militares mientras capitaliza el desgaste relativo de Estados Unidos, posicionándose como un actor que combina neutralidad formal con ambición estructural. El liderazgo chino ha presionado a Teherán para que llegue a un acuerdo que permita la libre navegación y los flujos petroleros en el Estrecho de Ormuz. La economía china depende fuertemente de las importaciones de petróleo y gas licuado desde Irán.
Rusia, en contraste, utiliza el conflicto como un instrumento de disrupción geopolítica. Su cooperación con Irán, particularmente en ámbitos de seguridad y tecnología, refleja una convergencia táctica orientada a limitar la influencia occidental. Más que buscar un desenlace específico, Moscú se beneficia de escenarios prolongados de tensión que dispersan la atención estratégica de sus competidores. Su apoyo a Irán tiene límites pues a la vez busca no enemistarse demasiado con el presidente Trump, quién le puede ayudad a encontrar una salida negociada a su propia guerra con Ucrania.
Arabia Saudita ha avanzado hacia una recalibración estratégica que combina rivalidad estructural con pragmatismo diplomático. Si bien persisten diferencias profundas con Irán, el énfasis reciente en la estabilidad regional y el desarrollo económico refleja una transición hacia una lógica de coexistencia competitiva. Ha mejorado su relación tanto con Israel como con Irán.
En Europa, la respuesta al conflicto revela tanto convergencias como fracturas. Reino Unido, Francia, Alemania e Italia han mantenido, con distintos matices, un enfoque que combina respaldo a la seguridad de Israel con el apoyo a mecanismos diplomáticos orientados a contener la proliferación nuclear. Este posicionamiento refleja una continuidad en la lógica euroatlántica de seguridad y una valoración del papel estabilizador de Estados Unidos en el sistema internacional. Ninguna potencia europea quiso arriesgarse a participar directamente en la guerra de Irán.
No obstante, España ha adoptado una posición que trasciende el mero énfasis normativo y se inscribe en una lógica política más definida. Bajo el argumento del derecho internacional y la contención, su postura ha derivado en una crítica sistemática a las acciones de Estados Unidos e Israel, acompañada de una reticencia a señalar con igual claridad el rol desestabilizador de Irán. Esta asimetría no puede entenderse únicamente como prudencia diplomática, sino que refleja una afinidad ideológica más amplia dentro de su actual liderazgo político, que tiende a interpretar el sistema internacional desde una lógica de cuestionamiento al poder occidental. En la práctica, este enfoque no solo debilita la cohesión estratégica euroatlántica, sino que contribuye indirectamente a normalizar la permanencia de un régimen iraní cuya conducta es precisamente el núcleo del conflicto.
Más allá del eje euroasiático, la guerra en Irán proyecta implicaciones directas sobre el hemisferio occidental. Aunque la región no constituye un teatro de conflicto militar, sí enfrenta riesgos derivados de la expansión de redes de influencia extrarregional, la volatilidad en los mercados energéticos y la posible penetración de actores que buscan capitalizar vacíos de gobernanza.
Para Estados Unidos, la estabilidad del hemisferio occidental sigue siendo un componente esencial de su arquitectura de seguridad. En este sentido, la competencia global se proyecta también en la región a través de instrumentos económicos, tecnológicos y diplomáticos. La presencia creciente de actores extrarregionales introduce desafíos adicionales que requieren una coordinación más estrecha con socios regionales.
En América Latina, las respuestas reflejan una combinación de alineamientos históricos y cálculos pragmáticos. Argentina mantiene una postura consistente con los principios de seguridad internacional y cooperación occidental, influenciada por su experiencia en materia de terrorismo internacional. Su gobierno se ha posicionado a favor de Israel y de los Estados Unidos.
Brasil, fundador y miembro de los BRICS, busca preservar una política exterior autónoma, equilibrando su inserción global con una posición no alineada, la cual le ubica más cerca de los BRICS y del mismo gobierno de Irán.
Colombia, tradicionalmente alineada con Estados Unidos en materia de seguridad, muestra un giro significativo en su posicionamiento internacional. Si bien mantiene ciertos canales de cooperación, su discurso oficial ha incorporado elementos que relativizan la responsabilidad de Irán y priorizan una crítica al accionar occidental. Este cambio no responde únicamente a una estrategia de autonomía, sino que revela una reconfiguración ideológica en su política exterior, donde la narrativa antihegemónica adquiere un peso creciente. Bajo el paraguas de la no intervención y la paz, esta postura introduce una ambigüedad que, en términos prácticos, reduce la presión internacional sobre Irán. Más que neutralidad, lo que emerge es una forma de alineamiento indirecto que, aun sin declararse abiertamente, termina favoreciendo la continuidad del statu quo en Teherán.
México, por su parte, ha sostenido formalmente su doctrina de no intervención, pero su aplicación en el contexto actual revela una reinterpretación funcional a dinámicas políticas internas. La insistencia en una neutralidad discursiva, centrada en llamados genéricos a la paz, contrasta con la ausencia de una condena clara a las acciones y proyecciones estratégicas de Irán. Esta selectividad sugiere que la política exterior no responde únicamente a principios históricos, sino también a una afinidad ideológica del actual liderazgo, que tiende a adoptar posiciones críticas frente a Occidente mientras evita confrontar a actores como Irán. En la práctica, esta equidistancia no es neutral: contribuye a diluir los esfuerzos de contención internacional y, de manera indirecta, favorece la persistencia de un régimen que se beneficia precisamente de la fragmentación de las respuestas globales.
En conjunto, la guerra en Irán evidencia una transformación profunda del sistema internacional. No se trata únicamente de un conflicto entre Estados, sino de una manifestación de una transición hacia un orden más competitivo, donde el poder se distribuye de manera más difusa y las reglas son objeto de creciente contestación.
Tres tendencias estructurales emergen con claridad. En primer lugar, la persistencia del liderazgo estadounidense como ancla de estabilidad, aun en un entorno de mayor competencia estratégica. En segundo lugar, el uso creciente de estrategias indirectas por parte de actores que buscan redefinir equilibrios sin recurrir a confrontaciones abiertas. En tercer lugar, la fragmentación del orden internacional, caracterizada por la coexistencia de múltiples centros de poder y visiones divergentes sobre la gobernanza global.
En este contexto, la guerra en Irán no debe interpretarse como un episodio coyuntural, sino como un indicador de cambio sistémico. La estabilidad internacional dependerá cada vez más de la capacidad de los Estados para articular respuestas coordinadas que combinen firmeza estratégica con prudencia diplomática.
Lejos de representar un desenlace, esta dinámica constituye un proceso en evolución que continuará moldeando las relaciones internacionales en las próximas décadas. En ese escenario, la defensa de un orden basado en normas, la cooperación entre aliados y la gestión responsable del poder seguirán siendo elementos centrales para preservar la estabilidad, la libertad y la seguridad global.

Oscar Álvarez Araya fue Embajador de Costa Rica en la República de China (Taiwán), y es un renombrado intelectual, escritor, politólogo, analista internacional y diplomático costarricense, Presidente y CEO de la Fundación Democrática del Pacífico (FUDP).
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