
Existen dos puntos pregonados durante mucho tiempo por la sociedad civil cubana, esa que le tenemos que agregar un adjetivo redundante: sociedad civil independiente, por aquello de la necesidad de ponerle apellido para no confundir con las organizaciones políticas y de masa del gobierno.
Se trata de dos puntos que, recurrentemente, he tratado en otras columnas, pero que no dejan de ser relevantes y muy actuales, sobre todo en el momento histórico que vive Cuba. Incertidumbres, protagonismos y descalificaciones no pueden dejar a un lado estas dos cuestiones: 1. La diferenciación de roles; y 2. La inclusión.
La diferenciación de roles es para el cubano un punto flaco. Me doy cuenta que no es solo un fenómeno dentro del activismo y la sociedad civil, sino parte de la cotidianidad. ¿Por qué digo esto? Porque esa especie de “todología” que a veces nos caracteriza va en detrimento de la calidad de ciertos procesos y no debemos confundirla con la capacidad humana de adaptación. La adaptación, aunque es positiva, es otra cosa muy distinta a esta de hacer de todo, aún sin estar preparados.
La diferenciación es sinónimo de especialización y, obviamente, sobre un tema, para desarrollar una tarea o asumir una responsabilidad, un especialista podrá hacerlo mejor porque se ha preparado mejor en esa esfera. La repartición de tareas y responsabilidades conduce a la eficiencia. Todos no debemos hacer de todo, porque si bien podemos dominar varias áreas del conocimiento y desempeñarnos en algunas de ellas, debemos tener la suficiente humildad para discernir dónde somos mejores y aportar ahí donde somos más útiles. Creer que podemos opinar sobre todo, escribir de cualquier tema, participar en cualquier evento, sea de la índole que sea, desconoce el trabajo en equipo donde cada uno aporta y silencia la voz del otro, a quien no le damos la oportunidad de demostrar cuál es su punto fuerte.
Una de las causas que provoca esta pérdida de identidad podría ser, dentro de la Isla, la falta de reconocimiento de todos los actores de la sociedad civil en un registro de asociaciones donde cada grupo presente su identidad, sus propuestas, su nicho de trabajo, sus objetivos y sus actividades. Entonces, al no conocer que este o aquel grupo se especializa en esta o aquella función, los mismos que se conocen asumen el rol de todos, aún sin ser los más indicados. Es válido decir que, desgraciadamente, a veces ese desconocimiento es ex profeso, por conveniencia, por rencillas, por ansias de llegar primero, desconociendo que lo más importante en el arte de la política es servir, no protagonizar. Pero los cubanos hemos sufrido tantos años de autoritarismo y caudillismo que tal pareciera que lo replicamos desde los espacios que llamamos libres e independientes.
En la diáspora cubana quizá podamos ver con más claridad el fenómeno del que hablamos. Podría ser por la necesidad de amplificar el mensaje al estar fuera, por el acceso a redes de intercambio más seguras y con mayor alcance o por un concepto erróneo de que los de adentro necesitamos ser orientados. En cualquier caso, es más visible en el exterior que una persona haga muchas cosas, sea especialista en n-materias, a veces incluso con unas autodenominaciones poco modestas.
La diversidad es la principal fortaleza de la sociedad civil, y con esta tendencia de que una sola persona o un grupo reducido de personas, asuma tanto la representación como la gestión y ejecución de todo, se va convirtiendo la fortaleza en debilidad. Para lograr una diferenciación de roles efectiva en la sociedad civil cubana se requiere pasar de una cultura del activismo voluntario a una de gestión institucional verdaderamente profesional; que comprenda un diseño de organigramas más trabajados en equipo, un manual de funciones más plural sin falsos liderazgos ni exacerbación del líder, y una formación especializada a través de la capacitación.
El segundo punto, casi consecuencia de esa falta de diferenciación en cuanto a identidades y roles, es también la falta de inclusión que es notable en proyectos que pretenden alcanzar grandes objetivos. En Convivencia hemos usado en distintas ocasiones una frase que aplica perfectamente a la situación actual: “No importa por dónde comience a armarse el rompecabezas nacional, lo importante es que todas las piezas estén sobre la mesa”. Es obvio que el orden de las reformas sí tiene importancia. La frase se refiere al liderazgo en esa “armadura”, siempre y cuando se cuente con todos. Este elemento también se está viendo erosionado: la atomización de la que hablaba hace unos días y el vicio de asumir que nuestra voz es la voz de todos, excluye, ipso facto, la pluralidad, para erigir nuevos mesías.
En estos tiempos he escuchado mucho las preguntas ¿por qué hablan por mí? ¿Quién firmó por mí? O las quejas de: “conmigo no contaron”, “ese ha sido mi tema durante años y nadie me consulta”, “están olvidando todo el trabajo anterior”, entre otras. Ante todas estas actitudes, que responden a una consecución de hechos y un protagonismo de ciertos actores, vuelve a ser válido el llamado a la ética de la responsabilidad, que no es superfluo, ni baladí, ni poca cosa. Es esencial. Pero desgraciadamente la cuestión ética la hemos visto un tanto apartada de la política y de la sociedad civil. Algunas propuestas o enfoques, se centran más en el impacto mediático que en el contenido, más en el tráfico de influencias y el posicionamiento que en el esfuerzo, más en un interés personal que en la verdad y la libertad para todos.
No estamos en tiempos de improvisaciones ni de egos. Debemos aprender a decir “no”, a desterrar esa tendencia a aceptar cualquier tarea aunque no nos competa. La especialización requiere cultivar la disciplina de respetar la diversidad de roles. Hay que valorar más la calidad del resultado que la cantidad de tareas asumidas con mediocridad.
Ambos aspectos, diferenciación de roles e inclusión plural, hacen de la sociedad civil un entramado más fuerte, más eficiente y más resiliente. Se trata, en última instancia, de un ejercicio de humildad democrática: reconociendo que el éxito de la causa común, que es la verdadera libertad de Cuba, pasa por ceder espacio, confiar en el talento de todos y profesionalizar la esperanza.
Yoandy Izquierdo Toledo es Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España. Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II. Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río (1987-....).
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