El Herrero de Budapest

Gerardo Martínez-SolanasHace apenas tres días, el 23 de octubre, fue un día para recordar con profunda admiración aquellos momentos, hace 70 años, en que comenzó el levantamiento popular y las protestas estudiantiles en Budapest exigiendo libertad e independencia. La rebelión logró el derrocamiento del régimen estalinista y abrió las puertas a un período de reformas democráticas.

No obstante la voluntad popular, el 24 de octubre cruzaron la frontera los primeros tanques del ejército soviético y sus “aliados” del bloque del Pacto de Varsovia. El 25 de octubre llegó un regimiento de tanques soviéticos a Budapest y se produjo una cruel matanza. El 27 de octubre, Imre Nagy asumió el poder como Primer Ministro y disolvió la temida policía secreta, liberó presos políticos, restableció partidos políticos y negoció un alto al fuego que provocó la retirada temporal de los tanques de Budapest.

Fue un breve y engañoso respiro y tuvo que enfrentar horas después la dura reacción soviética. Al enterarse de que nuevas tropas de la URSS volvían a cruzar la frontera, Imre Nagy declaró la salida de Hungría del Pacto de Varsovia y proclamó la neutralidad del país, solicitando el apoyo de la ONU. Entre el 4 y el 10 de noviembre se produjo la trágica invasión con más de 30,000 soldados soviéticos y más de un millar de tanques, que barrió con la resistencia húngara (a la que se había sumado el ejército húngaro), al costo de miles de vidas y destrucción. Imre Nagy fue ejecutado en la horca el 16 de junio de 1958 tras un juicio secreto.

Sobre ese trágico episodio de la historia del comunismo, hay un escrito olvidado, que quiero revivir a la memoria de los amantes de la paz y del progreso por su conmovedor y heroico contenido.

Vio la luz en la prensa de entonces y llegó a formar parte de una selección de “Cien artículos y ensayos cortos” del Padre José Rubinos, publicado en La Habana en 1957. El padre José Rubinos Ramos (1898–1963) fue un destacado sacerdote jesuita y educador del Colegio de Belén en La Habana, reconocido por su obra de poesía sacra y ensayos literarios.

El artículo/reportaje, titulado “El Herrero de Budapest”, dice así:

«Las grandes cuestiones de Europa —dijo Thiers—, se deciden en Viena». En estos momentos se están decidiendo en Budapest. Y no ya las grandes cuestiones de Europa, sino la gran cuestión del mundo. Viena y Budapest, grandes ciudades llenas de alma, van de la mano en la historia, y unidas por esa gran avenida que es el Danubio.

No importa que las veintidós divisiones soviéticas con sus miles de tanques, destrocen y atortujen materialmente a miles de heroicos húngaros. Ese herrero de Budapest que al oír el rechinar de los primeros tanques rusos, deja la forja y como no tiene otra arma que el martillo, les sale al paso, y con el martillo en alto, avanza imperturbable, y ante el asombro de los mismos tanquistas, da un martillazo en la frente del terrible T33, y cae deshecho por la metralla… Ese herrero húngaro ha dado el martillazo de gracia al monstruo soviético: crueldad bestial y muerte mecanizadas.

Hace días la gente se espesaba ante los periódicos habaneros que en el suelo de la acera de la esquina que mira al Capitolio, leía los grandes títulos: Los húngaros no se rinden… Era el martillazo del herrero húngaro que retemblaba en todo el mundo y en todo él, resonaba. Un muchacho que leía silencioso los grandes titulares, exclamó, como hablando con su alma “¡Tenemos que ayudarlos!” Era el mismo clamor que se oyó en la ONU de boca del representante cubanísimo Núñez Portuondo, y lo mismo que dijo la sangre de la Madre Patria cuando habló por Lequerica.

Recordé entonces que en otra gran ocasión —hace tres siglos— las gentes de nuestra estirpe habían ido a Budapest. Fue después de ciento cuarenta y cinco años de esclavitud turca de la heroica ciudad. A morir por los cristianos húngaros indomables, fueron grupos de las clases más altas y de las más humildes. Ante los muros de Budapest murieron el Duque de Béjar y la mitad de aquellos 60 humildes artesanos de Barcelona. Y no faltó un español del montón, un tal González, que inventó una forma de nueva artillería que hizo que una descarga diese en el mismo polvorín de los turcos, y el muro de la ciudad quedase roto en más de sesenta pasos, y hasta el Danubio, con la horrenda explosión, saliese de su margen. A poco, era liberada Budapest.

Y otra coincidencia providencial: fue el gran Papa Inocencio XI, que acaba de ser Beatificado, quien levantó a toda la Cristiandad para liberar a Budapest, y es otro gran Papa, Pío XII quien ha hecho el llamamiento más angustioso para salvar a Hungría.

Petof, el gran poeta nacional, le pedía a Dios una muerte digna de un húngaro.

Mucho me atormenta el pensar,
que al morir,
mi cabeza en blanda almohada
he de reclinar…
¡Dios, no me hagas morir así!

Y el gran poeta quiere sentir el galopar de los caballos sobre su cuerpo. Es el clamor de todos los húngaros en estas horas. Los feroces caballos de la muerte soviética, los tanques, pasan sobre los húngaros en las calles gloriosas de Budapest.

El mundo en su lucha contra el comunismo tiene ya su símbolo: ese herrero húngaro que con el martillo erizado y sus negros ojos encendidos en llamarada heroica, golpea la frente de la bestia soviética, mecánica e inhumana. Y la deja ya sin remedio rajada.

R.P. José Rubinos

¡Y rajada sigue en nuestros días! Pero dando todavía sus aletazos de furia y terror en Ucrania y mediante la penetración “progresista” de un socialismo reciclado que provoca el caos y la violencia en todos los países que intentan implantar un firme Estado de derecho.

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