Bangaranga eurivisiva
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Bangaranga eurivisiva
20 May 2026 02:09
El Festival Eurovision 2026 cierra tras varias jornadas de polémica y un
final
muy parecido al del pasado año. La carga política se había colado una vez más en la cita de 2025 por la participación de Israel. La cantante Yuval Raphael, quien estuvo a punto de ganar el trofeo pese a los evidentes esfuerzos para que eso no ocurriera, quedó en un discutible segundo lugar, en lo que tuvo que ver aparentemente una operación manipulada de las votaciones, tal como se transparenta en un párrafo del artículo “
El otro reto de Eurovisión relacionado con Israel: las nuevas reglas de votación
” publicado por Reuters el pasado 11 de mayo. Sobre lo ocurrido entonces el texto refiere lo siguiente: “...Israel —que afirma actuar conforme a las reglas— obtuvo el 83% de sus puntos del voto del público por su canción "
New Day Will Rise
" y quedó en segundo lugar en la clasificación general. La ganadora, "
Wasted Love
" de Austria, obtuvo apenas el 41% de sus votos del público, y tuvo que apoyarse en el respaldo de los jurados nacionales para impulsarse hasta el primer puesto.”
En la presente edición que acaba de concluir Israel volvió a ocupar el foco de los desacuerdos, que llevaron a algunos países a boicotear el programa y negarse a participar. Es lo que en definitiva hicieron Irlanda, Países Bajos, España e Islandia. No obstante, los organizadores del festival se mantuvieron firmes y la pretendida sanción contra Israel no prosperó. En definitiva su representante estuvo en la final con la canción “ Michelle ”, en cuya letra algunos entendidos encuentran una alusión a las relaciones complejas de amor, desamor y culpas que existen entre el estado judío y la vecina Europa. Una interpretación que puede calificarse de impecable, aunque no única, teniendo en cuenta las que llevaron los competidores de Albania , Italia , Finlandia, Lituania, Malta o Ucrania . Cualquiera de ellas pudo obtener el premio.
Pero siendo fieles a la deriva que desde hace años marca a un Festival que dejó de ser referencia de calidad musical, dando protagonismo a la politización ambiental y las tendencias abanderas por ciertos lobbies, los verdaderos secuestradores de este y otros certámenes, no es de extrañar que la situación del 2025 volviera a repetirse en el 2026 en una especie de deja vu, donde en el último minuto el cantante Noam Bettan, quien había logrado una gran puntuación del público de toda Europa, vio esfumarse en un segundo la posibilidad casi inminente de llevarse el triunfo, siendo superado en una vertiginosa subida de puntos favorable a la representante de Bulgaria con la canción Rangaranga , catalogada de “pegajosa” por los entendidos en materia eurovisiva, pero que de sustancia no tiene nada. Una verdadera barandaga sin sentido, sin arte, ni contenido, a la que se le distingue por ser un himno festivo a la emancipación. Es la clave que los jurados destacan de la ganadora, una pieza musical de club, como cita un artículo dedicado a realzar el paso triunfal de la intérprete búlgara.
Resulta notorio que semanas antes de efectuarse la justa musical, los organizadores anunciaran cambios importantes en el sistema de votos, con el fin de “impedir lo ocurrido en el 2025”. O sea, que las votaciones populares mediante tele voto reprodujeran un resultado adverso al que los jurados tradicionales esperan y que por el contrario se les presente una situación incómoda, como la que tuvo lugar con Yuval Raphael, que del puesto 16 escaló inesperadamente al primer lugar gracias al favoritismo de los votantes anónimos, contradiciendo la puntuación de jurados nacionales, como ocurrió entonces con el de España . Según la Unión Europea de Radiodifusión (UER), aquello fue posible por el llamamiento a un voto masivo y múltiple hecho desde Israel para asegurar el triunfo de su representante. Las reglas vigentes permitían votar 20 veces por un mismo artista. Y en este punto, de cierta manera, la misma declaración de la UER revela el funcionamiento de un mecanismo que lo mismo puede explicar premiaciones anteriores de ciertos arquetipos musicales cuyo sello, factura y mensaje, se adecuaban a la narrativa política en curso, haciendo que fueran candidatos fuertes para ascender al podio. Por citar algunos Conchita Wurs (salchicha), una especie de reproducción de la mujer barbuda del Circo Pubillones cuya canción seguro pocos recuerdan y menos tararean. O aquel grupo ucraniano (Kalush Orquestra) elegido a última hora para sustituir a la concursante Alina Pash, sancionada por las autoridades culturales de su propio país debido a razones políticas. Dos ejemplos manipulativos y ninguno tiene que ver con Israel.
Sin embargo, a pesar del cambiazo electoral que ahora lleva al límite de votar hasta 10 veces por el mismo cantante, la normativa del 2026 también posibilita que cada votante del público participante, identificado por su método de pago (interesante señalamiento que bien puede indicar que el anonimato del votante ahora quedaría excluido) además de dar 10 asentimientos a un mismo candidato, tiene la posibilidad de registrarse tres veces usando cada una de las tres formas de pago permitidas (en línea, por mensaje de texto y por llamada telefónica) terminando finalmente por otorgar 30 votos. Todo para prevenir el fraude. Imaginemos esta regla aplicada en una votación de tipo política. Tal vez, dado ciertos casos ocurridos en recientes eventos electorales europeos no es descartable que el modelo haya sido experimentado en esas justas. Al final “ningún sistema era perfecto y repartir los votos tenía también sus ventajas” según cita recogida en el mismo artículo de Reuters atribuida a Juan Moreno-Ternero, profesor de Economía de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. "Todas las reglas de votación, sean cuales sean, están sujetas a manipulación". Y no le falta razón al catedrático.
Que lo ocurrido en Gaza merece condena, igual que los actos terroristas del 7 de octubre, desencadenantes de ese horror y lo que ha seguido hasta el momento, no tiene discusión. Pero tomarla con artistas, deportistas, intelectuales o gente común, por el solo hecho de representar a su país -en este caso Israel- es un despropósito y una acción censurable que en nada ayuda a promover derechos y justicia. Por dar alguna idea, acaso sería mejor otra salida para poner en perspectivas la causa palestina, como puede ser la participación de concursantes de esa nacionalidad junto con hebreos. ¿O acaso los palestinos, palestinas y palestines no tienen artistas capaces de representarlos en un concurso? Si en definitiva Eurovisión admite países que están fuera de la esfera europea, bien pueden dar acogida a los de la zona en conflicto, de la que ya se admite desde hace muchas décadas a Israel. Lo hizo hace un tiempo (2009) la cantante israelí Noa haciendo dúo con Mira Awad (nacida en Israel hija de palestino) en una memorable interpretación sobre la paz.
Mientras tanto Eurovisión festeja este triunfo del burundanga bandanga, que en realidad describe en buena medida la imagen en la que se ha convertido el marco donde se produce esta celebración musical. Una Europa que se dirige por sus propios pasos hacia el precipicio que ella misma a escogido, en una situación semejante a la que el célebre escritor uruguayo Horacio Quiroga describiera en su cuento "El remate del Imperio romano", donde un cocinero termina pujando para comprar con su dinero los restos de aquella gloria imperial.
En la presente edición que acaba de concluir Israel volvió a ocupar el foco de los desacuerdos, que llevaron a algunos países a boicotear el programa y negarse a participar. Es lo que en definitiva hicieron Irlanda, Países Bajos, España e Islandia. No obstante, los organizadores del festival se mantuvieron firmes y la pretendida sanción contra Israel no prosperó. En definitiva su representante estuvo en la final con la canción “ Michelle ”, en cuya letra algunos entendidos encuentran una alusión a las relaciones complejas de amor, desamor y culpas que existen entre el estado judío y la vecina Europa. Una interpretación que puede calificarse de impecable, aunque no única, teniendo en cuenta las que llevaron los competidores de Albania , Italia , Finlandia, Lituania, Malta o Ucrania . Cualquiera de ellas pudo obtener el premio.
Pero siendo fieles a la deriva que desde hace años marca a un Festival que dejó de ser referencia de calidad musical, dando protagonismo a la politización ambiental y las tendencias abanderas por ciertos lobbies, los verdaderos secuestradores de este y otros certámenes, no es de extrañar que la situación del 2025 volviera a repetirse en el 2026 en una especie de deja vu, donde en el último minuto el cantante Noam Bettan, quien había logrado una gran puntuación del público de toda Europa, vio esfumarse en un segundo la posibilidad casi inminente de llevarse el triunfo, siendo superado en una vertiginosa subida de puntos favorable a la representante de Bulgaria con la canción Rangaranga , catalogada de “pegajosa” por los entendidos en materia eurovisiva, pero que de sustancia no tiene nada. Una verdadera barandaga sin sentido, sin arte, ni contenido, a la que se le distingue por ser un himno festivo a la emancipación. Es la clave que los jurados destacan de la ganadora, una pieza musical de club, como cita un artículo dedicado a realzar el paso triunfal de la intérprete búlgara.
Resulta notorio que semanas antes de efectuarse la justa musical, los organizadores anunciaran cambios importantes en el sistema de votos, con el fin de “impedir lo ocurrido en el 2025”. O sea, que las votaciones populares mediante tele voto reprodujeran un resultado adverso al que los jurados tradicionales esperan y que por el contrario se les presente una situación incómoda, como la que tuvo lugar con Yuval Raphael, que del puesto 16 escaló inesperadamente al primer lugar gracias al favoritismo de los votantes anónimos, contradiciendo la puntuación de jurados nacionales, como ocurrió entonces con el de España . Según la Unión Europea de Radiodifusión (UER), aquello fue posible por el llamamiento a un voto masivo y múltiple hecho desde Israel para asegurar el triunfo de su representante. Las reglas vigentes permitían votar 20 veces por un mismo artista. Y en este punto, de cierta manera, la misma declaración de la UER revela el funcionamiento de un mecanismo que lo mismo puede explicar premiaciones anteriores de ciertos arquetipos musicales cuyo sello, factura y mensaje, se adecuaban a la narrativa política en curso, haciendo que fueran candidatos fuertes para ascender al podio. Por citar algunos Conchita Wurs (salchicha), una especie de reproducción de la mujer barbuda del Circo Pubillones cuya canción seguro pocos recuerdan y menos tararean. O aquel grupo ucraniano (Kalush Orquestra) elegido a última hora para sustituir a la concursante Alina Pash, sancionada por las autoridades culturales de su propio país debido a razones políticas. Dos ejemplos manipulativos y ninguno tiene que ver con Israel.
Sin embargo, a pesar del cambiazo electoral que ahora lleva al límite de votar hasta 10 veces por el mismo cantante, la normativa del 2026 también posibilita que cada votante del público participante, identificado por su método de pago (interesante señalamiento que bien puede indicar que el anonimato del votante ahora quedaría excluido) además de dar 10 asentimientos a un mismo candidato, tiene la posibilidad de registrarse tres veces usando cada una de las tres formas de pago permitidas (en línea, por mensaje de texto y por llamada telefónica) terminando finalmente por otorgar 30 votos. Todo para prevenir el fraude. Imaginemos esta regla aplicada en una votación de tipo política. Tal vez, dado ciertos casos ocurridos en recientes eventos electorales europeos no es descartable que el modelo haya sido experimentado en esas justas. Al final “ningún sistema era perfecto y repartir los votos tenía también sus ventajas” según cita recogida en el mismo artículo de Reuters atribuida a Juan Moreno-Ternero, profesor de Economía de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. "Todas las reglas de votación, sean cuales sean, están sujetas a manipulación". Y no le falta razón al catedrático.
Que lo ocurrido en Gaza merece condena, igual que los actos terroristas del 7 de octubre, desencadenantes de ese horror y lo que ha seguido hasta el momento, no tiene discusión. Pero tomarla con artistas, deportistas, intelectuales o gente común, por el solo hecho de representar a su país -en este caso Israel- es un despropósito y una acción censurable que en nada ayuda a promover derechos y justicia. Por dar alguna idea, acaso sería mejor otra salida para poner en perspectivas la causa palestina, como puede ser la participación de concursantes de esa nacionalidad junto con hebreos. ¿O acaso los palestinos, palestinas y palestines no tienen artistas capaces de representarlos en un concurso? Si en definitiva Eurovisión admite países que están fuera de la esfera europea, bien pueden dar acogida a los de la zona en conflicto, de la que ya se admite desde hace muchas décadas a Israel. Lo hizo hace un tiempo (2009) la cantante israelí Noa haciendo dúo con Mira Awad (nacida en Israel hija de palestino) en una memorable interpretación sobre la paz.
Mientras tanto Eurovisión festeja este triunfo del burundanga bandanga, que en realidad describe en buena medida la imagen en la que se ha convertido el marco donde se produce esta celebración musical. Una Europa que se dirige por sus propios pasos hacia el precipicio que ella misma a escogido, en una situación semejante a la que el célebre escritor uruguayo Horacio Quiroga describiera en su cuento "El remate del Imperio romano", donde un cocinero termina pujando para comprar con su dinero los restos de aquella gloria imperial.
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