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TEMA: La Expulsión de Dios

La Expulsión de Dios 17 Jun 2019 22:40 #11006

En estos tiempos en nuestra sociedad, lamentablemente, se ha emprendido una lucha en contra de Dios. Esta insidiosa tarea pretende lograr que se borre el Nombre de Dios de nuestros documentos históricos y actualmente de cualquier contrato en el que esté involucrado Estados Unidos con escuelas, programas educativos en general, incluyendo discursos y legislaciones que tengan que ver con el ámbito político y gubernamental.

La primera enmienda constitucional, que encabeza la “Declaración de Derechos” y que fuera aprobada por el congreso el 18 de diciembre de 1791 establece que el gobierno no favorecerá en particular ningún tipo de religión, a la vez en que garantiza la libertad religiosa. Textualmente afirma que “el congreso no legislará respecto al establecimiento de una religión o a la prohibición del libre ejercicio de la misma”.

Fijémonos que en la Constitución no se habla de Dios, sino de religión. Los que pretendan mezclar ambos conceptos cometen un error interpretativo. Dios no es religión. Los cristianos, es cierto, adoramos a Dios; pero también lo hacen los musulmanes, los budistas, los mahometanos y todos quienes de una forma u otra integran una entidad religiosa; pero el dios que adoran no es el nuestro, revelado en Las Escrituras y venerado como Padre y Señor de los creyentes. Otro hecho de importancia es que en Estados Unidos no existe la más remota posibilidad de que el estado reconozca oficialmente, como propia, una determinada religión. Luchar, pues, por la expulsión del nombre de Dios no es tan solo un ataque al cristianismo, sino una frontal confrontación con cualquier entidad religiosa que proclame la existencia de un Dios que tenga que ver con los asuntos humanos. Se respeta la libertad de religión, pero se propugna la tendencia de evadir el uso del nombre de Dios. No podemos adivinar cuál es el objetivo de esta actitud, aunque suponemos que sea la de instaurar el materialismo, el ateísmo y la secularización de la sociedad con fines políticos ulteriores.

Recientemente la Corte Suprema de Estados Unidos se vio precisada a deliberar sobre el uso de la expresión “bajo Dios” en el juramento de fidelidad a la bandera. Es oportuno recordar que esa frase fue aprobada por el congreso como parte del juramento a la bandera en el año 1954. Hoy día personas de la raza negra han pretendido ignorar este sagrado juramento a título de protesta por la supuesta discriminación racial. Jóvenes y personas adversas al gobierno han seguido el mismo camino. El problema probablemente no se arraiga en la bandera en sí, sino en que es una alusión al uso sagrado del nombre de Dios.

El juramento de fidelidad a la bandera apareció publicado por primera vez el 8 de septiembre de 1892 en una revista titulada “El Compañero Juvenil”, y fue usada por las escuelas públicas como parte de la celebración nacional del descubrimiento de América. Por medio de una masiva distribución de la mencionada revista más de doce millones de estudiantes americanos pronunciaron el juramento de lealtad a la bandera de la nación, pero no fue hasta el 14 de junio de 1954 que el entonces presidente Dwight Eisenhower insertó como parte del juramento la expresión “bajo Dios”, hoy sometida a polémicas por grupos radicales de extrema izquierda.

Es increíble, pero las Cortes de Justicia han tenido que intervenir en demandas relacionadas con el nombre de Dios en el saludo a la bandera. Fue un precedente la demanda presentada por un ateo de California, llamado Michael Newton, quien expresara su oposición a que su hija de 9 años se viera obligada en su escuela pública de Sacramento a mencionar el nombre de Dios en la jura de la bandera.

La tradición americana ha sido la de mencionar siempre, no tan solo en las iglesias o lugares privados, sino también en público, el nombre de Dios con reverencia y patriotismo. El primer presidente de Estados Unidos, George Washington, fue un humilde estratega, militar y líder político, que no se avergonzaba ni se escondía al proclamar su fe en Dios. Recordamos una de sus inmortales expresiones: “La ayuda de Dios y la práctica de la virtud son pilares esenciales de la sociedad civil”. Otra frase del presidente Washington que hemos repetido en muchas ocasiones es ésta: “cuando hables de Dios y de sus atributos, hazlo con toda seriedad y reverencia”.

Otro hombre, excepcional en su inteligencia, valor y patriotismo fue Abraham Lincoln. No hemos encontrado datos que nos indiquen que era un profesante cristiano comprometido con una definida congregación religiosa; pero su fe en Dios era convicción que exhibía con dignidad y apasionamiento. En cierta ocasión, hablando de su devoción cristiana, dijo estas señeras palabras: “cuando hago el bien me siento bien, y cuando hago el mal, me siento mal. Esa es mi religión”. En otra oportunidad Lincoln hizo en público una fervorosa afirmación de su convicción cristiana: “el más alto honor y mayor privilegio siempre será servir al Señor”.

Es triste que haya personas en nuestra tierra de fe y libertad que renieguen del glorioso pasado de fe en Dios del que todos debiéramos sentirnos justificadamente orgullosos. Evidentemente el problema al que nos enfrentamos es el de reconocer la existencia de Dios. Ya ese sagrado Nombre ha sido desterrado de las escuelas públicas de la nación y se evita en todos los documentos que tengan el mínimo cariz de oficialidad. Nos falta ver que de las monedas y los billetes que usamos como dinero extraigan la lapidaria frase “En Dios Confiamos”.
No nos asombraría que en alguna fecha cercana se suspendan los servicios de capellanía en ambas Cámaras del Congreso con el argumento de que no se deben usar fondos públicos para tareas que tienen que ver con Dios. Y no nos extrañe que llegue la hora en que el presidente de Estados Unidos deje de jurar fidelidad a su pueblo y a su misión colocando su mano sobre una Biblia.

La extensión del secularismo y del materialismo ateo se hace evidente en las encuestas a las que estamos tan acostumbrados en nuestra nación. Pudiéramos citar algunos de los resultados de las investigaciones que se hacen a menudo de la opinión pública. Bástenos citar una de ellas en la que se afirma que el 16% de los consultados no profesa una fe en un Dios personal. Todavía hay un 54% de americanos que dicen creer en Dios, aunque no todos se hallen ubicados en un determinado culto religioso. ¿A dónde vamos en América?

Podemos echarles la culpa a los medios de comunicación materializados, a la falta de promoción religiosa en los centros de enseñanza, no tan solo en las escuelas de menores, sino de manera creciente en los niveles universitarios. La moda hoy día es decir cosas como éstas: “yo creo en mí y en más nadie”. Y nos falta extender el índice acusativo a los cristianos y a las iglesias de hoy. Casi todas son simplemente refugios parroquiales sin vinculación positiva con la sociedad secular. El cristiano promedio alberga una fe personal que no comparte y muchos supuestos seguidores de Jesús se acogen a las comunidades del bienestar y la seguridad económica sin pensar jamás en los pobres y desposeídos.

Nos duele, insulta y molesta que destierren el nombre de Dios de nuestra historia y de nuestra cultura; pero si no hacemos un esfuerzo multitudinario por evitar ese penoso desenlace seremos parte anónima y silenciosa de los que se olvidan de Dios.
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