La sociedad civil cubana contra Hamas

Rene Gomez ManzanoEn días pasados fue dada a conocer la Declaración Conjunta de Iglesias Evangélicas Cubanas en torno al actual Conflicto Hamás-Israel. Calzada con las firmas de quince dirigentes destacados de diferentes denominaciones cristianas que tradicionalmente han sido englobadas bajo el nombre de “protestantes”, el documento, en diez puntos, deja en claro la posición de esos prestigiosos líderes religiosos ante ese importantísimo tema de actualidad.

El texto lamenta la “ola de sufrimiento” desatada y, en particular, “la pérdida de vidas valiosas en ambos lados del diferendo”. Agarra el toro por los cuernos al condenar “el ataque terrorista de Hamás el pasado 7 de octubre, que inició esta escalada de violencia en la región”; y reconoce que “al Estado de Israel le asiste el derecho de existir como nación y de defenderse ante los ataques de aquellos que se han juramentado para exterminarlo”.

La Declaración continúa lamentando los “cuantiosos daños colaterales” y de inmediato formula preguntas elocuentísimas: “¿Acaso Hamás esperaba que Israel iba responder de otra manera? ¿Será que la muerte de tantos inocentes propios les conviene para su agenda política y seguir manipulando la opinión internacional como han logrado con tanta efectividad? ¿Cómo es posible que exista en Gaza un sofisticado sistema de túneles para uso de ‘militantes’ de Hamás y no hayan construido refugios antiaéreos para proteger a la población vulnerable?”

Y de inmediato: “¿Por qué ubican centros militares, almacenes de armamento y estaciones de lanzamiento de misiles hacia Israel cerca y debajo de escuelas, hospitales y mezquitas? ¿Cómo pueden utilizar cobardemente a niños, ancianos, mujeres y civiles en general como escudos humanos, al mismo tiempo que los líderes de la organización se encuentran en lugares seguros, a miles de kilómetros del conflicto bélico, disfrutando de cuentas millonarias que supuestamente deberían beneficiar a la población palestina?”.

La Declaración recoge una gran verdad: “Israel posee el poderío militar necesario para arrasar completamente y de forma simultánea no solo a toda la población de Gaza, sino también a la de Cisjordania. No obstante, en su lucha contra Hamás están sacrificando a sus soldados en operaciones terrestres con el propósito de limitar las muertes indiscriminadas de civiles”.

Hay un solo punto del documento con el cual no estoy de acuerdo: es cuando formula, como vía para lograr el fin de las hostilidades, que los responsables de “la masacre del 7 de octubre” se entreguen “a Israel para ser juzgados”. Esa parece ser una petición irreal, máxime cuando ni siquiera se menciona la posible intervención de algún tribunal internacional.

Ya se sabe que “una golondrina no hace verano”. Pero conviene resaltar que no se trata del primer documento de esa naturaleza que se da a conocer en nuestro país. En otro trabajo periodístico de mi autoría publicado en este mismo diario digital el pasado 18 de octubre, yo planteaba: “Debo reconocer que el disminuido grupo de los judíos de la Isla se ha ganado la justa admiración de los que pertenecemos a otras denominaciones religiosas o tenemos orígenes étnicos diferentes”.

Esas palabras estaban motivadas por la declaración formulada sobre el mismo tema por la Federación de Comunidades Hebreas de Cuba. La conceptué como un “documento histórico”, pues se trataba —sigo creyendo— “de la primera ocasión en que, tras el establecimiento del totalitarismo en nuestra Patria, un rechazo claro y terminante al régimen y sus políticas proviene no de una organización opositora, sino de una que hasta el momento había sobrellevado las políticas gubernamentales”.

Esa Declaración reflejaba “la indignación de los dignos judíos cubanos (…) ante la grosera manipulación castrista de los hechos. Pero también nos ratifica que, felizmente, el régimen de La Habana se encuentra en su fase terminal”. Ahora, al documento emitido por la Federación de Comunidades Hebreas de Cuba, se une el de los pastores protestantes de la Isla. Lo cual es una importante novedad, porque los primeros son correligionarios de los israelíes, mientras que los segundos no.

La postura manipuladora adoptada por el régimen castrista ante el conflicto (que en realidad es con el grupo terrorista Hamás, pero que la propaganda comunista prefiere denominar palestino-israelí) no se menciona en ninguna de ambas declaraciones. No hace falta que lo hagan. Por una parte, ellas han sido emitidas por organizaciones religiosas, no opositoras; por la otra, cualquier persona que se mantenga informada y que lea alguna de las dos sabe que los planteamientos que se hacen en una y otra contradicen por completo el enfoque tendencioso que hace de ese conflicto el régimen de La Habana.

Ese enfoque se basa en un desconocimiento total del origen de esta fase del conflicto (el ataque terrorista perpetrado por Hamás el 7 de octubre). También en una manipulación descarada del contraataque israelí. Los medios de agitación castrocomunistas, que jamás han mencionado las salvajadas perpetradas en aquella fecha luctuosa por el grupo terrorista gazatí, se solazan en relatar los efectos de las acciones militares de los hebreos.

Y parece justo reconocer que, por primera vez en meses, la maquinaria dirigida por el tenebroso Departamento Ideológico en el Comité Central del único partido ha obtenido cierto éxito con su arremetida propagandística. No han faltado los cubanos de buena fe, aun anticastristas, que han sido influidos por esa agitación y se solidarizan con “los palestinos” (en realidad, con Hamás). Razón de más para que saludemos la valentía y la claridad de conceptos de los líderes judíos y evangélicos de nuestro país.

Con ese claro desenmascaramiento, lo que fue una rara singularidad empieza a convertirse en una realidad nada excepcional. Esperemos que, más temprano que tarde, tales posturas cívicas se conviertan en algo habitual. Como católico, creo que sería magnífico que también los líderes de nuestra Iglesia, con las armas irrebatibles de la verdad y la objetividad, esclarezcan la situación de manera análoga a como lo han hecho los que el lenguaje constructivo del Concilio Vaticano II denomina “hermanos mayores en la fe”, primero, y después, los “hermanos separados”.

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