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Afganistán, ¿epílogo de una guerra eterna?

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 Washington DC, Abr. 18.– Corría el mes de mayo del año 2014, y el entonces presidente, Barack Obama, compareció en la rosaleda ante el Despacho Oval, el que se suele usar para anuncios realmente importantes, y con la solemnidad a la que era dado, anunció que «las misiones de combate americanas en Afganistán acabarán antes del final de año». Han pasado siete largos años y aquella vieja promesa, hecha por todos los presidentes desde George W. Bush, el primero que mandó tropas al país acertadamente apodado «cementerio de imperios», vuelve a estar sobre la mesa.

La presencia de dos miembros del Gobierno norteamericano en Bruselas es un hecho extraordinario. Que uno de ellos, el secretario de Estado, Antony Blinken, haya visitado la sede de la OTAN por segunda vez en menos de un mes es aún más sorprendente e ilustra además con rotundidad la trascendencia del anuncio formal hecho ayer de que la retirada de las últimas tropas de Agfanistán, después de dos décadas de presencia militar en aquel remoto país, se completará el 11 de septiembre, aniversario del atentado por el que esta operación comenzó hace dos décadas.

Tanto Blinken como su colega responsable del Departamento de Defensa, Lloyd Austin, como el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, comparecieron en una rueda de prensa, la primera en modo presencial desde que empezó la pandemia, para tratar de justificar esta decisión de la que ninguno ignoraba que tendrá consecuencias probablemente terribles para los propios afganos y quien sabe si para todo el conglomerado del terrorismo islámico mundial.

Lo único que ha quedado claro es que la decisión final ha sido tomada por el nuevo presidente norteamericano, Joe Biden, que alega a su vez los condicionantes heredados de la anterior Administración, y que los aliados la han aceptado de buena o mala manera, porque cualquier otra opción tenía consecuencias tal vez peores.

Sin solución militar

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