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09/12/2022
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Faltan demócratas

¿Dónde están los defensores de la democracia, los países democráticos, más allá de los documentos y los reclamos en foros regionales e internacionales cada vez más inefectivos?

Editorial de la 6ta Edición de Encuentro Humanista:

La democracia no se mejora destruyendo los valores que le dieron nacimiento. Sin embargo, cada día aumenta el número de actores públicos que parecen desear hacerlo.

En América Latina -y en el mundo- nos estamos jugando la democracia. ¿Y por qué hablar de América Latina, y no simplemente de nuestro propio país? Porque -como destaca la historiadora y política, diputada del Partido Popular español, Cayetana Álvarez de Toledo, en la lucha por la libertad y sus instituciones «no hay fronteras morales».

El ataque a la democracia en América Latina es múltiple -en la variedad de los atacantes, en los diversos frentes abiertos, en la voluntad permanente de destrucción del entramado institucional republicano-. El ataque se expresa, por ejemplo, en una visión de poder -por cierto, nada novedosa, pero perniciosamente presente hoy- el populismo (que trae consigo la radicalización de la política, el rechazo al diálogo, el desprecio al contrario, la política como territorio donde predominan los sentimientos viscerales sobre los hechos y las razones), que no tiene límites geográficos; es una auténtica pandemia. Pero se manifiesta asimismo en grupos y asociaciones que desde siempre han deseado la destrucción de la democracia; grupos que creíamos vencidos luego de 1989, con la caída del Muro de Berlín; por ejemplo, el marxismo en sus diversas expresiones. Agrupados primero, en el Foro de Sao Paulo y hoy, en el Grupo de Puebla.

Lo más peligroso de tal ataque es que no proviene solo de los llamados movimientos revolucionarios: también la socialdemocracia ha caído bajo la perniciosa influencia de sus primos más radicales. Allí están las violencias durante años recientes en contra de la institucionalidad en Ecuador, en Chile, en Colombia. La socialdemocracia, ante la mencionada caída del Muro de Berlín, y de la propuesta económica planificadora e híper-estatista del marxismo, se quedó sin «narrativa», sin «relato» (palabrejas de moda). Y ha tratado de reinventarse desde la variante populista de la «idolatría de la identidad», el «tribalismo identitario», del llamado «wokismo», que llevan necesariamente a la destrucción de la ciudadanía -defendida por el pensamiento democrático en sus diversas expresiones -liberal, conservadora, demócrata-cristiana-.

Ante esta actitud equívoca de diversos partidos socialdemócratas -encabezados por el PSOE español bajo el liderazgo primero de José Luis Rodríguez Zapatero, y hoy de Pedro Sánchez- vale la pena recordar y poner al día una célebre frase del pensador liberal francés Raymond Aron («no basta con no ser comunista, hay que ser anti-comunista»), diciendo, sin ambages: No basta con no ser populista. Hay que ser antipopulista. Y estar dispuesto a dar la batalla cultural.

Otra influencia sumamente peligrosa -allí están los autoritarismos venezolano y nicaragüense como testigos inevitables- es la proveniente de La Habana. Y esa influencia ha tocado incluso a presidentes en sociedades pluralistas. ¿Cómo se explican los auxilios financieros de gobiernos de origen democrático al régimen castrista mediante el apoyo al programa de «médicos esclavos» que son simples productores de rentas para la tiranía cubana?

Tal influencia lleva además consigo el apoyo de autoritarismos de otras regiones del planeta: la Rusia putiniana, el comunismo chino bajo Xi Jinping, la fundamentalista teocracia iraní.

En su ataque antidemocrático no podían quedar fuera los medios de comunicación: según un informe reciente de Naciones Unidas, América Latina es la segunda región del planeta con más comunicadores sociales asesinados. Y con gobernantes como el presidente mexicano, en constante agresión a los periodistas y medios de su país.

Todos apostando al fracaso de la política, que es el fracaso de la democracia.

Mientras, ¿dónde están los defensores de la democracia, los países democráticos, más allá de los documentos y los reclamos en foros regionales e internacionales cada vez más inefectivos? ¿Dónde están nuestras organizaciones regionales e internacionales con el objetivo estratégico de defender la democracia? ¿Dónde está nuestro “Grupo de Puebla»?. Los demócratas están más desunidos que nunca.

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Igualmente, ¿dónde se encuentran los líderes políticos realmente demócratas? Allí subsiste, todavía dolorosamente vigente, la crisis de la oposición venezolana. Han sido notorias las ausencias de posiciones democráticas, por ejemplo, en las recientes elecciones en Perú, Colombia y Chile. Mientras, el centro político latinoamericano (atacado por derecha y por izquierda) tiende a desaparecer. Y eso es una auténtica tragedia.

Para colmo el modelo de gobierno imperante en toda América Latina -el presidencialismo- luce agotado, claramente en estado crítico, sin energías-. Asimismo, los modelos de decisión electoral muestran graves fallas.

Por otra parte, el sistema de partidos se hace cada vez más inestable; las tradicionales organizaciones están colapsadas o en vías de extinción (caso venezolano, colombiano, peruano, chileno, etc.) y están siendo sustituidas por movimientos personalistas sin acento ideológico claro. La revolución tecnológica y la implantación de la sociedad en red han dejado a los partidos atrás, con estructuras caducas.

Dos rasgos esenciales del hecho democrático también están siendo acosados: la división de poderes y la justicia independiente y despolitizada. Existe una clara tendencia de los ejecutivos a controlar a las otras ramas del poder, y a eternizarse: el auge del «reeleccionismo», o de la búsqueda de colocar en la presidencia a un «sustituto conveniente» (Honduras, El Salvador, Argentina, Venezuela).

Lo anterior se resume y concluye en la creciente falta de liderazgos democráticos; en su lugar, proyectos personalistas e individualistas, con líderes sin la «auctoritas», la experiencia, y el liderazgo indispensable. Liderazgos sin base valorativa firme. Confusión y/o desdén creciente frente al ataque a la religión, a las tradiciones, al pensamiento humanista. Ya no se enfrentan y contrastan programas, sino rostros. Hemos pasado de la «ética» a la «estética». En lugar de la ideología, la escenificación mediática.

Lo anterior trae consigo el abandono de los valores humanistas en aras de un «economicismo y un espíritu tecnocrático» alarmantes. No se puede olvidar la omnipresente corrupción. ¿El caso de Odebrecht y su presencia profundamente negativa en nuestros países, puede considerarse una «corrupción transnacional»? ¿Cómo no alarmarse ante la presencia del narcotráfico en la política? (casos muy visibles: Colombia y México). La «rendición de cuentas», clave de un gobierno democrático, es un hecho meramente enunciativo, no real.

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-¿Dejó la democracia de tener enemigos, como creían algunos? Pareciera lo contrario; y lo peor es que se acepta sin problemas su presencia en la institucionalidad democrática. Allí está el ejemplo alemán y su Ley Fundamental, donde claramente se proscriben los movimientos que sean enemigos de la democracia. Mientras tanto, en Chile, el partido comunista tiene una influencia esencial en el gobierno Boric.

¿Acaso lo que se ha agotado no es la política, sino una particular forma de entenderla y practicarla? La llamada «gobernabilidad» no es mera estabilidad, mucho menos simple sobrevivencia. ¿Dónde están los ideales del «buen gobierno»?

Lo cierto es que existe una imposibilidad real de «proyectos nacionales» a largo plazo. Ante la extrema dificultad de que en un periodo de gobierno se puedan lograr avances significativos en todos los órdenes ¿no será necesario y prudente seguir ejemplos como la «Concertación chilena», que duró varios gobiernos, y produjo avances concretos beneficiosos para la sociedad? Allí está también el ejemplo del «espíritu de Puntofijo», con el cual se iniciaron los cuarenta años más exitosos y democráticos de la historia venezolana. No hay avance posible sin claridad y acuerdo general en el país que queremos alcanzar.

–Ante tanta injusticia, violaciones a los derechos humanos, violencia extrema, y diseminación del odio al contrario, se hace presente el «dilema de la tolerancia». Debemos ser tolerantes, pero no todo es tolerable.

Por último, pero no un hecho menor: Hace falta más que nunca la educación moral. Porque cuidar el bien es fijar los criterios de la «humana medida» (Martha Nussbaum) que deben tener las cosas, y ocuparse de que esos criterios se conserven a través de la educación.

Como bien dice el padre Luis Ugalde, en una excelente entrevista que publicamos en este número de Encuentro Humanista: «Estamos viviendo el fin de una época, de una manera de hacer política. Debemos ir hacia una repolitización, lo que significa nueva conciencia ciudadana. (…) Volver a una política donde prevalezcan tres principios centrales de la Doctrina Social de la Iglesia: la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la solidaridad».

Ante todo ello insistamos: claramente faltan demócratas, dentro y fuera de la política, auténticos defensores de los valores de la ciudadanía. Pero no nos rindamos. La defensa hay que darla, siempre, reflexionando sobre nuestros anhelos y nuestro destino, uniéndonos con nuestros conciudadanos dispuestos a dar la lucha humanista, y hacerlo desde el optimismo de la libertad. -

Tomado de: Encuentro Humanista 6ta. Edición.

Enlace al artículo original: Encuentro Humanista