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24/10/2020
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Las razones de Pío XII

Por: Macky Arenas*

Un papa al que tocó conducir a la Iglesia en circunstancias imposibles, sin que muchos –aún católicos- comprendieran sus certeros motivos.

Siempre la historia ofrece sus luces y tarde o temprano alumbran los caminos del entendimiento. Cuántas veces los católicos no tuvimos –y tenemos- que lidiar con los sambenitos colgados a Pío XII cuando se hace referencia a la etapa nazi?  Se le ha señalado de “silencio cómplice” y de “pasividad timorata”. Los más conocedores del asunto hablan de protección activa del pontífice a los judíos perseguidos. De hecho, apenas se comenzó a tomar en serio la posibilidad de abrir los archivos de ese pontificado, comenzaron a escucharse testimonios de madres judías que se afirmaban en su agradecimiento a Pío XII por haber permitido el alumbramiento de muchos vientres judíos, protegidos en sus propios aposentos.

Proliferaron los relatos de historiadoras judías que hablaban de unas 40 madres cuyo parto sigiloso había sido atendido porPapa Pio XII el propio Santo Padre y sus religiosas de confianza, las únicas de las que podía obtener un poco de ayuda segura para llevar a buen término esas maternidades sin que los gruesos pero siempre penetrables muros vaticanos pudieran filtrar lo que allí ocurría y provocar allanamientos, detenciones y violaciones al recinto papal.

Esas narraciones retrataban a un papa, apersonado de su responsabilidad con la vida en aquellos oscuros tiempos, asistiendo él mismo a las religiosas parteras, remangada la sotana, en su incansable ir y venir, cargando en sus manos con las toallas y jarras de agua caliente.

Esa fue parte de la silenciosa pero eficaz tarea de Pío XII para recibir la vida que llegaba a pesar del cinturón de miedo y muerte que acechaba fuera de la Santa Sede. Hay que preguntarse qué motivó esa especie de leyenda negra edificada para poner en duda la conducta del papa durante el nazismo. Es como si se le reprochara por mantener prudencia y reserva en momentos en que lo contrario podría haber acarreado graves consecuencias para todos quienes se encontraban en peligro, católicos o no católicos. Como si quisieran que hubiera ignorado el totalitarismo para comportarse cual si la humanidad discurriera en un frondoso y plácido edén. Como si esperaran, por ventura, que el papa arremetiera cual elefante en cristalería sin reparar en consecuencias.

Una clandestinidad bien pensada

Mons Von Galen, el valiente obispo alemán enfrentado a Hitler sabía de lo que se trataba. Él mismo, en su biografía, daba cuenta del terror que invadía a sus feligreses cuando comenzaba a vociferar poderosa argumentación contra el régimen nacional socialista. Los judíos le llegaron a solicitar, casi de rodillas, que no los defendiera. Cada vez que se explayaba con una arenga anti nazi, un guetto era atacado y sus gentes detenidas. Él mismo apeló a Pío XII y le expuso esas circunstancias con las cuales no se resignaba a coexistir. Pero no le quedaba más remedio. Son las circunstancias que viven quienes luchan contra regímenes de fuerza, para los cuales el ser humano no vale nada. No hay manera de sobrevivir si no se concibe y desarrolla una resistencia de manera inteligente. Es mucho el que no comprende y exige que se actúe ignorando los peligros. Pero el que persevera, corrige estrategias y cede tácticamente aquí y allá, aún a riesgo de la incomprensión de sus propios contemporáneos, es el que, finalmente, logra los mayores beneficios para sus objetivos humanitarios.

Eso fue lo que promovió y protegió Pío XII. El film de los años 70, “Escarlata y Negro”, expone de manera dramática y gráfica los vaivenes desde El Vaticano para esconder, mantener a salvo y sacar por la frontera, básicamente a judíos pero a perseguidos en general. Todo el apasionante y ejemplarizante argumento descansaba en la firme y bien organizada clandestinidad dirigida por un obispo irlandés, Mons O Flagerty. Con una dosis de coraje y otra de firme amparo por parte de Pío XII, se dice que fueron unos 4 mil seres humanos los que consiguieron salvar sus vidas serpenteando de noche para ingresar al Vaticano a través de las gruesas columnatas de la Plaza San Pedro. Una saga que tiene poco de fantasía y mucho de historia real.

El peligro rojo

Hoy es bastante seguro que la gran factura que los soviéticos quisieron hacer pagar a Pío XII tiene que ver con la absoluta claridad que una mente de su categoría albergaba hacia lo que ellos representaban para el futuro inmediato y la seguridad de millones de seres humanos.

La Unión Soviética había formado parte de la lucha aliada que defenestró a Hitler y se habían repartido Alemania. Europa compartía el reconocimiento a los soviéticos por su respaldo a la lucha antinazi y no muchos tenían en mente la idea exacta de lo que el comunismo implicaba para esas sociedades y para el futuro de Occidente. El papa Pío XII sí.

Por qué lo sabía? No sólo se trata de las implicaciones del carácter ateo de esa ideología, sino que, siendo cada quien influido y marcado por sus circunstancias, a Eugenio Pacelli –futuro Pío XII- entonces nuncio en Munich, le tocó vivir episodios que lo llevaron a desarrollar una intuición, un olfato y reparos insalvables con los que entonces se llamaban “los rojos”.

Los vio actuar, él mismo se encontró en grave peligro en una ocasión que relata maravillosamente uno de sus biógrafos, el francés Robert Serrou, quien escribió un libro llamado Pío XII, El papa-rey, realmente fascinante.

En un apartado que llama “Los días locos de 1919” expone como milicianos armados penetraron el palacio arzobispal derribando las puertas, armados y dispuestos a matar al nuncio y a todo su entorno. Llegan hasta el despacho del diplomático y el jefe de la banda, un tal Bongratz, le gritó a Pacelli, revolver en mano: “Vas a morir, puerco cura. Veremos si tu Dios y tu papa pueden detener las balas!”.

Amenazaba con balear a todos allí si el nuncio no les entregaba su coche. Haciendo gala de una sangre fría poco común, el prelado pidió a la religiosa asistente que diera de comer a esos hombres porque tenían hambre. Fue algo que desconcertó al violento. Pero confesó que, parado allí, ante esa especie de turba enloquecida, apretando fuertemente entre sus manos su cruz pectoral y la imagen de Pio XI en la pared a sus espaldas, sintió verdadero terror. El terror rojo. Vio la muerte de cerca y temió por su gente. Hacia las 6 de la tarde se fueron y él aún tuvo la presencia de ánimo de levantar la mano para bendecirlos.

Concluye Serrou: “Este acontecimiento es capital en la vida del futuro papa. Explica algunos de sus comportamientos, algunas de sus decisiones cuando sea cabeza de la Iglesia. No olvidará jamás ese espectáculo de terror”.

Tuvo oportunidad Pacelli de calibrar el ADN de la furia roja. De golpe, pudo haber comprendido todo el rencor de que estaba hecha semejante ideología, cómo le cambiaba la sangre a la gente y lo que ello representaba convertida en un sistema de poder que dominaría millones de seres humanos. Enfilar igualmente contra los comunistas y el régimen soviético, desenmascarar sus pompas y obras, no era algo que le perdonarían fácilmente y toda la eficaz y potente batería propagandística que había desarrollado con fines de dominación se vino encima de un Pío XII dispuesto a hacerles frente. No pudiendo contra eso, los aparatos expansivos y divulgativos de la KGB se cebaron en el pontífice.

Y el papa-rey tenía razón. Para los que se interesan por los números, si los nazis liquidaron a 10 millones de personas, Stalin tiene a 70 millones entre pecho y espalda.-

(*) Macky Arenas es unadestacada periodista venezolana en  la prensa escrita y  TV.